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TRIBUNA

Carta abierta a Luis María Anson

martes 24 de octubre de 2023, 20:19h

Querido Luis María -Stabat Mater-,

Cada imagen de una madre abrazando los despojos de su hijo me remite a Rosario Caldero, la madre de Rafael Heredia, aquel músico precoz, aquel inolvidable compañero del bachillerato -gran compañero-, aquel hermano... De Yoli y Jesús Heredia, del alma de sus amigos, Gloria Ruiz, Jesús Corriente, Rubén García o el que suscribe, entre otros tantos... Creo haberte hablado de Rosario.

Alguna vez escribí algo sobre la tragedia de mi abuela, Francisca Alfonsín Pereira; hasta donde me permitió la angustia. Enloqueció cuando apresaron a su hijo, Juan, amaneciendo la Guerra Civil. En el forcejeo, mi tío perdió un dedo y ella, la luz de su alma. 'De repente, la noche' -Salvatore Quasimodo- entenebreció el alma de tantísimas madres... Almas en canal... Carcasas descoyuntadas de Amor mayúsculo.

Rosario es, desde el 7 del 7 de 1987, una madre viuda de hijo, huérfana de hijo, muerta en vida por su hijo. Nació en Écija: es astigitana, pero pertenece a la constelación de las estrellas maternas mutiladas, a las que falta una o más puntas; astros que renquean sordamente en el azur. Me acuerdo de las estrellas exhaustas de Jörg Immendorff y me enrarezco.

Pienso en todas... Las madres que perdieron la guerra contra las enfermedades de sus hijos; las desgarradas por la violencia irracional, como aquella jovencita desnortada que tanto debió marcarte siendo tú corresponsal de guerra en Saigón; llevaba la pobre en las retinas a su bebé hecho rodajas.

Las madres del Mayo argentino... Las de Chile (de toda represión y terrorismo); las españolas de la Guerra Civil -toda guerra es el mismo contra-Dios-, abrazando las sombras agujereadas de sus hijos, cainitamente corneadas, casi todas ellas sin un cuerpo que arropar con lirios y avemarías.

Madres de ajusticiados por la droga, por el alcohol... Víctimas de accidentes... Madres sin pestañas, sin ojos mismos, por no querer mirar de frente a un mundo que las condena a ser sufrientes de primer grado; grandes quemadas por dentro; dolorosas desentrañadas... Las agallas, esparcidas... El esternón, traspasado... Las manos, heladas por el roce acerado de la muerte, esa dueña que ha venido a usurparles el tesoro de su corazón. Las madres 'amputadas' del mundo entero.

Cada madre dolorosa me recuerda a Rosario Caldero. Su hijo, Rafael, nos dejó siendo un muchacho; nos dejó a todos como una cohorte herida de muerte, como discípulos rotos por el dolor, doblados de dolor... En una composición deslavazada de orantes sin concierto.

Estaba la madre dolorosa llorando al pie de la cruz... Dice la secuencia litúrgica. Exangūe, cada madre se derrenga junto al madero, del que pende el cuerpo muerto del hijo. Nadie en la tierra puede calibrar la altura de su pena; es dolor de dolorosas... 'Lacrimosa', la madre teje un balbuciente rosario en el dobladillo del cielo mientras acuna al hijo de su carne. Su aliento le persiste; quiere creer que su hijo sólo está dormido sobre el vivo filo de pedernal de la ominosa recién llegada... La que nunca es futurible ni bienvenida ha consumado la amenaza latente en todo ser.

Cuando veo o escucho un Stabat Mater de los muchos tan grandes que se han creado, desde Giuseppe Ribera a Pergolesi, de Penderecki a Botero (Via Crucis), creo sentir el hondo diapasón de todas las madres roturadas por el mayor dolor y traspaso; rosarios dolorosos, calderos de pasión fundente... Aunque, ciertamente, las obras de arte tienen una belleza ritual con la que una madre nunca podrá revestir el colapso; su amorosa fe -de poseerla- no tiene hipotenusas estéticas... Es amor sin desbastar... Sin hojarasca de acanto ni volutas.

Madres con el corazón trinchado y los pies cosidos al calvario... No hallarán la paz hasta mesar el alma tierna y eterna -'eternecida'- de sus hijos. Madres sin consuelo posible que, quizá, por el paraíso del reencuentro, tan alta gloria esperen que mueren porque no mueren.

Aquí te dejo, Anson, este esbozo, muy difícil para mí, de un amor que nosotros, como hombres, sólo podemos imaginar; y muchos se empeñan en destruir.

Va dedicado a Rosario Caldero -con tu permiso-, amén de pertenecerte.

Adiós, Amigo del Alma.

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