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OBITUARIO

Agustín Ibarrola, in memoriam

sábado 18 de noviembre de 2023, 19:06h

Qué puede decirse del gran Agustín Ibarrola que no se haya dicho ya; que añada un ápice de originalidad o sorpresa al prisma crítico de su obra. No es éste el caso, pero resulta muy difícil separar el trabajo del obrero del arte que fue de su ejercicio amoroso en la pragmática ciencia del compañerismo humano; pragmática, que no materialista... Arriesgada carrera de nulas ganancias y muchos sinsabores.

Dijo el gran Paco Nieva que lo maravilloso del arte es que, como 'sólida arquitectura mental', anima al espectador al sentimiento, al pensamiento y al goce, 'en recogimiento contemplativo'. Es palmario en el caso del no menos grande Ibarrola, cuya arquitectura mental artística, siendo más fluida que sólida, más orgánica que inerte, más activa que contemplativa, nos hace, evidentemente, sentir, pensar y gozar juntos, sobre estampado mantel de ágape -picnic- fraterno; nos resetea en nuestra alienación cotidiana más grisácea, devolviéndonos las propiedades jugosas, encendidas, de un humanismo desgastado por el uso y mal uso de tantos fierros normativos y antinormativos que arrastramos, amén de por las malas leches corrompidas que nos agrian el alma.

Y cuanto más único fue en su lucha humanista y política -intervención pública o natural-, tanto más terco y redundante fue en mantener sus principios éticos y su compromiso artístico. Su empecinada resistencia contra los odiadores de la libertad fue todo un símbolo. Su afán de reconstrucción de dicho símbolo, el bosque de Oma (Vizcaya) -una y otra vez arrasado por sus enemigos-, fue paradigma de amor por la paz y la libertad como reductos del ser humano; una paz más policromada que blanca, más vegetal que testimonial, incluso; esto es, más natural aun que emblemática. Sabemos que don Agustín, para simbolizar la paz, habría elegido un pino mejor que una paloma.

Sus bellas ansias de libertad latían en la corteza toda del bosque, a la que iluminaba -nunca mejor dicho- la cara y el torso, y aún las manos verdecidas. Bosque de Ibarrola... Parque artístico de la Democracia, que el creador había plantado en su pecho, mucho antes, en las cárceles del franquismo, cuando los cuadros que paría dentro se vendían fuera, haciendo compañerismo de dividendos, nunca mejor llamados.

Cuántas veces ¡Basta ya!... Cuántos 'Héroes a su pesar' -José María Calleja 'in memoriam'-; cuánta resistencia... Y en plena democracia, lejana ya la dictadura, cuando la tierra que debería haber sido libre sendero, era aún un patio carcelario, como le dijo al artista el dirigente sindicalista, Fidalgo, sorprendido por las inopinadas -impropias- gratitudes recibidas por el que debería haber sido, a esas alturas, connatural compañerismo en un país libre. A esas alturas, Agustín Ibarrola se había acostumbrado a llevar una mano llena de sangre y la otra llena de pintura fresca.

Del héroe Ibarrola dijo Calleja que era casi el único dispuesto a darle un sesgo de compromiso a su arte: 'Hay gentes que todavía guardan en el cajón de sus sentimientos un cierto nivel de comprensión hacia las víctimas'; lo escribió el valiente periodista leonés del gran y no menos valiente artista vasco. Lo demás es fácil de encontrar en la red de redes, donde la pesca es casi milagrosa. Descanse, Agustín, el hombre, que la tierra de Oma sabrá guardar las semillas del corazón universal de Ibarrola.

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