Cuando Austria fue anexionada por Alemania y las tropas nazis desfilaron victoriosas por las calles del centro de Viena, el doctor Adler comenzó a estar muy preocupado. Aunque su familia llevaba seis generaciones viviendo allí, eran judíos, y el cerco empezaba a estrecharse hasta la angustia. Los peores pronósticos se hicieron realidad. “Rudolf Adler no regresaría nunca más a su hogar y no volvería a ver a Rachel ni a su hijo Samuel. La noche entre el 9 y 10 de noviembre de 1938, la Noche de los Cristales Rotos, no oscureció”.
Sorprende el punto de partida de la última novela de Isabel Allende: Europa, casi a punto de estallar la IIª Guerra Mundial. De la escritora chilena se esperan otros escenarios y, aunque se echa en falta un poco más de profundidad al narrar algunas situaciones, los terrores de la Viena nazi sirven para dar cobijo a un recuerdo imborrable, a uno de esos que marcan el vértice que describe un arco de vida completo, un punto de inicio en la línea del tiempo, una marca indeleble del desamparo que puede empapar por siempre una biografía, porque la imagen “que habría de permanecer intacta en la memoria de Samuel Adler hasta la ancianidad, fue ese último abrazo desesperado y su madre, bañada en llanto, sostenida por el brazo firme del viejo coronel Volker, agitando un pañuelo en la estación, mientras el tren se alejaba”.
Y ahí está el asunto, eso es de lo que Isabel Allende (Perú, 1942) nos quiere hablar. Con más de ochenta años, con todos los premios recibidos y todas las obras de éxito ya escritas, la novelista vuelve a idear una trama que logra emocionarnos cuando pone de protagonista a la infancia masacrada, al niño separado de sus padres, al niño solo, niño de ausencias, de hambre y de frío, que lo mismo es evacuado en tren rumbo a Inglaterra que ingresa como un “menor no acompañado” más en los barracones al límite de la inmigración que llamamos ilegal, o tirita de miedo en los albergues mientras espera a ser acogido por el calor de una familia, cuando sus verdaderos padres no aparecen más.
Entre los seis años de Samuel, que llegó solo a Londres en 1938, con un violín y una medalla antigua como único equipaje, y los seis años de Anita Díaz, que fue interceptada en la frontera mexicana de EEUU y cruelmente separada de su madre, en virtud de las políticas migratorias ordenadas por Donald Trump en 2018, hay miles de kilómetros y ocho décadas de historia. Unir las dos biografías no resulta fácil y El viento conoce mi nombre adolece un poco, a veces, de falta de ligadura, porque las trayectorias vitales pasan por muchos sitios y se dibujan con el rostro de muchos personajes imprescindibles para comprender la trama. Pero al final está ahí, en el nexo común del sentimiento de completo desamparo y en el compromiso por ofrecer un futuro mejor a los niños acunados por la desgracia.
Isabel Allende, autora de Violeta, Largo pétalo de mar y El amante japonés, entre otros muchos títulos, ha escrito una nueva novela. Ya no tiene que demostrar nada a nadie, pero desde la atalaya de su dilatada vida de éxitos, quiere reivindicar los territorios donde algunos niños han sido capaces de inventar un refugio, un lugar al que se puede ir cuando se necesita escapar de este mundo. “Es el reino misterioso de la imaginación y solo se puede ver bien con el corazón”. Anita Díaz lo llama Azabahar y la literatura también forma parte de ese reino.