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LETRAS, CEROS Y UNOS

Carta abierta al nuevo ministro de Cultura

sábado 02 de diciembre de 2023, 19:47h

Estimado ministro:

Iba a comenzar con la expresión tan recurrente de "me ha pillado el toro", pero sé que este inicio no le agradaría, dado que lo primero que leo sobre usted es que es antitaurino y ecologista. Me ha pillado desprevenido su nombramiento porque prefería redactar una carta sin conocer a qué persona me dirigía; en otras palabras, quería escribirle a un personaje ilustre y respetable, a todo un referente político con un cargo que cualquier abuela desearía para su nieto que estudia primero de derecho. A todo un Ministro, con la eme mayúscula. O Ministra, que las hubo admirables y referentes. Quizás sea un anticuado en la forma de pensar, y eso que no hace muchos años que peino canas, pero creo que los altos cargos políticos elegidos digitalmente hoy en día no son ya referentes para los jóvenes como en su tiempo fueron para mí Morán, Almunia o Lluch en aquellos tiempos del reloj de agujas antes del telediario. Ya ha llovido.

Estamos en 2023 y todavía hay que recordar persistentemente que la cultura es un arma, pero de cohesión. También que la cultura es también interculturalidad y pertenencia. Kundera decía que “es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad histórica, el modo de pensar y de vivir”.

El cargo de ministro o ministra de Cultura podría ir desde Ilenia de Gandía Shore hasta López Otín, que al menos tiene conocimientos en investigación y literatura y así de paso le hacíamos un poco de caso a Ramón y Cajal que afirmaba que al carro de la cultura española le falta la rueda de la ciencia. Del nuevo ministro sabemos alguna cosa: es de Sumar, economista diplomático y político. De sus conocimientos como gestor cultural poco sabemos, espero que nos sorprendan; pero sobre todo que sepan llevar estos tiempos raros de inteligencia artificial y guerra en el telediario. Estamos inmersos en la posmodernidad y el nihilismo aparente, ya sabe: todo es válido, especialmente en su ministerio, una especie de olla donde se puede verter de todo y, teóricamente, nada está de más; todo es administrable.

Con usted me gustaría comenzar hablando sobre el término "ecología cultural", que parece ser más medioambiental que cultural, pero no importa; al español promedio le preocupa más la lesión de Camavinga que filosofar sobre términos extraños, sobre todo si no hay una barra de bar de por medio. Digamos que coincide que usted es ecologista y lleva un ministerio como el de cultura. Después de todo, ¿quién no es ecologista hoy en día? ¿O quizás sea mejor preguntar quién se atreve a decir en nuestro tiempo y lugar que no lo es? La educación en nuestro país tiene sus aspectos negativos, pero creo que ya nadie tira un papel al suelo o daña a propósito su entorno natural sin saber en su interior que está haciendo algo mal. Que un ecologista como usted sea elegido para gestionar un sector tan vasto, contestatario y diverso como es cultura me lleva a pensar en una jerarquía de prioridades estatales en la cual, después de lograr que los europeos de a pie seamos ecologistas (o al menos lo aparentemos), ahora veremos qué se puede hacer en cultura de manera ecológica y sostenible. Tengo una gran curiosidad. Veremos.

De mano leo sobre su primera medida: seguir con el proyecto de Iceta de trocear el Museo del Prado “reorganizándolo en 281 instituciones por toda España”. Puedes llamarlo reorganizar, pero también desmantelar. Me gustaría escuchar la opinión de expertos en museos y conservadores sobre esta medida.

También creo que es una buena ocasión para citar a Eleanor Roosevelt y su frase "aprende de los errores ajenos, porque no vas a vivir lo suficiente como para cometerlos todos". Aquí entra en juego su predecesor, Iceta, un ministro dispuesto a repetir “de lo que sea”, un funcionario gris que ha permitido que las cosas sigan su curso y que, al menos, no ha metido la pata de una forma flagrante. Una especie de muñeco inerte hecho con el palo de una fregona, un cubo a modo de cabeza y una grabación sonora pegada al pecho, similar al personaje del capítulo 3 de la temporada 11 de Los Simpson que cantaba eso de "doy el callo por dinero" y luego ascendía por no hacer nada y tomárselo con alegría. Eso fue su predecesor. Lo colocaron en cultura como podría haber estado en consumo o en agricultura. Da igual uno que otro; la cuestión es estar, ser y parecer; lo de hacer ya se verá. Y mientras tanto, a vivir cantando, como Salomé.

Quizás en esta maraña de corrientes y modas extrañas vuelva el situacionismo. Yo, siempre lo he sido un poco. Ya sabe, Debord y hacer de lo cotidiano algo raro. Saludar al vecino enfrentado con un “buenos días” y una sonrisa solo hoy porque sí. Terrorismo con bombas fétidas en el autobús del colegio, en fin, hay que hacerlo diferente. En su momento, me ofrecí formalmente para el cargo de concejal de cultura en mi ciudad debido al vacío dejado por el titular, quien abandonó el puesto para convertirse en presidente del equipo de fútbol local. No obtuve respuesta y reconozco que la esperé un poco arrepentido del ofrecimiento.

Estuvimos varios meses sin vigía cultural municipal, pero la cultura no desapareció ni se desvió; de hecho, surgieron nuevas ideas e iniciativas que no necesitaron el respaldo del ayuntamiento para ganarse la aceptación del público. Hubo recitales poéticos en bares, se vendieron fanzines y surgieron iniciativas por parte de asociaciones, y nadie echó de menos al concejal o concejala de turno. Aquí tampoco parece que nadie haya extrañado al antiguo ministro, quizás porque la idea de que la cultura puede ser de coste cero ha calado, y solo así se puede protestar por algo. El resto se contenta con recibir subvenciones tras subvenciones, y si no, al mercado libre, donde hace mucho frío y la gente no sale de casa si no es gratis. Hay valientes que abren librerías, como los cuatro jinetes de las letras que han inaugurado Matadero Uno en Oviedo, pero a cincuenta metros de esta librería hay otra del tipo quiosco-librería-papelería, una de toda la vida que cierra. Y así nos va, conformándonos con que todo siga igual y que los gerifaltes culturales no fastidien y no se note que están. Ahí Iceta sí que lo hizo bien. A ver si tiene suerte y le dan algo para seguir así de bien sin hacer nada, sin estropear las cosas, vamos.

Sin más, señor ministro, solo quiero desearle suerte. Que en cuatro años no sepamos ni siquiera cómo se llamaba sería una excelente noticia. Aprenda del exministro de universidades que no hizo nada y del que nadie recuerda, a menos que sea por su vestimenta con camiseta y americana encima. Era catalán y llevaba gafas. Ahora dudo si también era uno de esos muñecos que dan el callo por dinero.

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