En estas líneas voy con la tal disquisición, para coger luego resuello, tras vomitar una primera pena, y poder contar en otra página algún que otro recuerdo navideño de mi lejana infancia, para revivir así entrañables gozos irrepetibles.
Soy llorón como otros son rufianes, de nacimiento mismo; no lo controlo, aunque lloro más por los demás que por mí, y no por no considerarme digno de lástima. A decir verdad, no me encuentro este año en sintonía navideña. No me encuentro siquiera en sintonía histórica; o me he quedado rezagado o ansío más madera... No sé. Pero ante la Navidad estoy des-pumillado y des-pesebrado y eso hace que no me conozca. Si fuese diseñador de comerciales para la campaña pertinente (parafernalia decorativa, turrones, juguetes...) habría perdido mi empleo hace meses. Cómo hallar inspiración en este clima de derramamiento de sangre inocente y tragedia máxima... Si al menos esta estación inminente fuese la de la subida al Monte Calvario, Via Dolorosa a trompicones, hasta enfilar el terrible Lugar de la Calavera... Si fuese ese entonces, tendríamos los cristianos el espíritu acorde para sufrir por Dios a fuer de sufrir por nuestros hermanos inocentes de cualquier confesión o incluso agnósticos. Pero de aquí a unos días, si no se remedia pronto, Dios nacerá en plena guerra y con el corazón hecho añicos.
No estoy este año para celebraciones jubilosas, Dios mismo comprenderá mi desánimo profundo. Dios no es alguien que parezca reírse mucho, de no ser con esos niños que el quiere que se le acerquen, aunque no antes de vivir sus vidas. No parece tener otros muchos motivos de peso para carcajearse. Los que más motivos parecemos tener en todo el reino natural somos los hombres, amén de algún perro que ha aprendido a hacer la mueca y el ralentí sonoro de la risa y parece que realmente ríe; lo ví en Ámsterdam, o tal vez fuera en La Haya, lo llevaba un mendigo tras de sí; el chucho te miraba y se reía y a uno se le helaba su risa propia. Ahora la Inteligencia Artificial empezará a reír por nosotros, logrando la mueca mucho mejor que nosotros, como el perro que vimos mi amigo Luis Manuel Carmona y yo a comienzos del milenio. Aquel cánido no hacía lo que había hecho el hombre primitivo, imitar el gesto de un sentimiento visto en otro hombre, que fue la forma que tuvieron los hombres de entenderse según nos dijo Nietzsche. Aquel animal, como ahora sucederá con la IA, no era un potencial humano sino una inteligencia paralela, cada una con su capacitación y función histórica, pues la inteligencia del perro, para el hombre, nunca fue moco de pavo.
Hasta la fecha, los que mejor hemos sabido reír somos nosotros, los seres humanos; reímos con y de muchas cosas, con muchos chascarrillos y necedades ingeniosos, pero también de muchos derechos y convenciones necesarios, pues son posibles y justos, y la intuición natural y la lógica nos lo aseguran. A pesar de todo, nos reímos de lo lindo, pues no nos cuesta ningún disgusto reír ni ningún sacrificio, si no fuese así, otro gallo reiría. Pero la risa se nos escapa sola, casi como la orina o el dinero, que parece que nos sobran.
Nos sobra la risa, sí. Somos una humanidad que ríe bien y se queda tan ancha, aunque los tiempos sean cada vez más estrechos. Yo he visto, hace un par de días, a unos tipos que hacían chiste hasta de la guerra, pero no en tiempos de paz o de posguerra, como hacía Gila, sino ante esta crónica terrible que vivimos al minuto, con muchísima metralla tristemente efectiva, detonaciones monstruosas y gritos y lamentos desgarradores que, con todo, no son ni el dos por ciento de la realidad que se estará viviendo. Algunos graciosillos televisivos, queriendo cumplimentar un papel de compromiso que no sienten con real empatía, han abordado el presente clima bélico -cosa terrible que atenaza al hombre como pocas- definiéndolo como un 'asunto de heridos y destrucción' -¡heridos!- casi con la misma frivolidad que se describe una melé de rugby en la que se han desgarrado tres o cuatro camisetas. Así de deshecha está la madera de la especie cuando las utopías concretas del futuro -lo dijo Jorge Semprún hablando de Europa- se sacan a subasta de ocasión.
Las gentes no están hechas para la guerra, como es lógico, ni para las suyas ni para las de los otros; quién no comprende esto... Me ha conmovido ver la solidaridad del Pueblo Vasco concentrándose en Guernica, pidiendo piedad con los inocentes asesinados en Oriente Próximo y pidiendo el fin de la masacre. Ellos padecieron el inmenso e injusto dolor en los huesos de sus antepasados. Quedaba bienvenidamente rara la susodicha muestra de empatía y solidaridad en medio de la ardentía hedonista de los españoles que detonaba los cimientos de la normalidad cotidiana en este pasado acueducto de los días 6 y 8, como siempre que se presenta ocasión para la feria transgresora de la consumición desbocada sobre los pilares de cualquier puente festivo, cada vez de forma más dislocada y agorafílica.
Estoy pensando cómo encajar con este trance colectivo de felicidad prenavideña las imágenes de gente huyendo hacia los últimos rincones de su propia tierra; gente enferma y hambrienta, herida y psicológicamente destrozada por las consecuencias de una guerra inasumible en una experiencia de pérdida brutal: de hijos e hijas, de nietas y nietos, de madres y padres, de abuelas y abuelos... De hogares, familias y vecindarios, que hasta ayer estaban aquí, en unos barrios que, aunque pobres y constreñidos, estaban en pie. No sé cómo me inspirarían esas imágenes que tengo grabadas en la mente a la hora de modelar la corona de acebo y muérdago alrededor de mi alma navideña, si acaso la tuviera que hacer este año; sería una corona de sombras fúnebres. Y el caso es que he deseado ya, a estas alturas, y aún desearé, feliz Navidad a mis amigos, con no mucha convicción festiva, en cualquier caso, aunque sí profundamente anhelada como milagro que opere Dios en nuestros corazones, que evite que perdamos completamente la fe en el hombre.