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ENTREVISTA

Marc Collel: "Nunca comprendí que alguien despreciara la diferencia cuando para mí es lo más interesante"

José Manuel López Marañón
viernes 22 de diciembre de 2023, 09:01h
El escritor Marc Collel.
El escritor Marc Collel.

Tras la reseña de Reino vegetal publicada por EL IMPARCIAL el pasado 15 de diciembre entrevisto a Marc Colell, autor catalán que vive en L’Escala. Junto a Javier Aparicio ha publicado la colección de aforismos calderonianos Jardín Paremiológico (Edhasa), la biografía Calderón en tres jornadas (Itsmo) y La estética de Dámaso Alonso, Amado Alonso y Carlos Bousoño (Universitat de Girona). Desde 2023 colabora en Zenda-Edhasa.

Reino vegetal engorda un ciclo con tradición en nuestro idioma: las novelas desarrolladas en comunidades residenciales cerradas. Las urbanizaciones de lujo parecen llevarse aquí la palma, desde aquella donde se desarrollaba la lejana Tormenta de verano (Juan Hortelano, Seix Barral, 1962), pasando por el complejo residencial de lujo «Alto de la cascada» de Las viudas de los jueves (Claudia Piñeiro, Alfaguara, 2005) y hasta llegar a las de dos escritores actuales y también catalanes como usted. Me refiero a la de Castellverd donde Toni Hill ubica El oscuro adiós de Teresa Lanza (Grijalbo, 2021) y a esa otra, esta vez una urbanización a medio acabar y en medio de la nada, en la que Rosa Ribas sitúa Lejos (Tusquets, 2022).

En las cuatro obras citadas se produce, por lo menos, un crimen que debe ser investigado. Ello las engloba asimismo dentro del género policíaco, género con tanto tentáculo que resulta ya casi imposible soslayar sus entintados dominios. Para Reino vegetal decide, muy valientemente algo que le agradezco como lector e infinitamente más como reseñador desmarcarse de esa obligada tendencia evitando que lo criminal vertebre su primera novela publicada.

¿Desde un principio tuvo claro que para Reino vegetal quedaría fuera la investigación criminal o fue algo que se dio mientras la escribía?

Sí, desde el primer momento. De hecho, jamás valoré esa posibilidad. Agradezco mucho que me relaciones con esa nómina de autores, pero Reino vegetal nació desde la necesidad de un personaje, de Carlota, que reclamaba de algún modo su existencia. Lo que yo pretendo, cuando escribo, es destacar una vida, la subjetividad de un personaje, aislarlo del mundo –o de mi propia imaginación–. Supongo que podría decirse lo mismo de esos libros que mencionas, con personajes muy bien elaborados, con tramas contenidas en esos espacios, en esas comunidades, pero yo suelo alejarme –como autor– de los argumentos policiales. La peripecia que yo busco, digamos, tiene más que ver con lo lingüístico, con el descubrimiento de una intimidad, de una voz... La aventura, por así decirlo, empieza y termina en el intento –logrado o no– de mostrar –o descubrir– la verdad de un ser humano. Ese es el ámbito literario en el que me gusta moverme y que pretendo cultivar. Creo, de hecho, que cualquier vida es susceptible de ser novelada, que cualquier existencia, por sencilla que parezca, esconde la mayor complejidad.

¿Es consciente de cómo a su editor le hubiera hecho mucho más feliz, dado el éxito de ventas que el género negro goza en España, incluyendo un crimen (mejor, una serie) en su novela?

He tenido dos editores, para esta novela. Pablo Mazo, que coordina la colección de narrativa, y Marcos Almendros, editor de Ya lo dijo Casimiro Parker. Ocurre algo curioso, en mis libros. A pesar de esa distancia del argumento –como eje vertebrador–, pasan muchas «cosas». Así lo valoran, en general, mis lectores. El sustento, como decía, es lingüístico, las mismas palabras son las que empujan el texto más allá, las que lo hacen progresar –como si se impulsara sobre sí mismo–, pero las escenas son nítidas, también, y mantienen un apego con lo reconocible, con lo real. Los espacios –la casa de la propia Carlota, el pueblo costero o la urbanización– aparecen como un marco necesario para su mirada, para la mirada de esa niña, pero adquieren también una importancia decisiva en el relato. De hecho, creo que una de las cosas que más me interesan –a la hora de mantener la atención del lector– es crear atmósferas verdaderas, casi palpables. Me interesa mucho el tratamiento de la luz, por ejemplo. Señalo esto porque los lectores suelen destacar esa «verdad» de las escenas y muchos de ellos han recalcado también esa mirada «cinematográfica». Uno de ellos llegó a dibujar un croquis de la urbanización, con las piscinas, el bar, el estanque, la riera, el frontón, la caseta del guarda…

Para el agudísimo retrato familiar que hace usted en esa urbanización de la Costa Dorada encuentra no poco apoyo en las aficiones desarrolladas durante tanto tiempo libre. Gente de toda edad, desde niños a abuelos, viendo los eternos concursos de aquella televisión ochentera con solo tres canales; bañándose en las dos piscinas; bebiendo y comiendo de menú en el bar de la urbanización; compitiendo en el frontón, o, como en el caso de Carlota, la desesperanzada protagonista de Reino vegetal, atenta al vuelo de los vencejos o contando los largos que cada día nada un ex cantante calvo.

Díganos, ¿no se planteó incluir dentro de los veraneantes, uniformes en su sandez, a alguien diferente; no sé, a un lector de hamaca es un ejemplo con un libro (aunque fuese de Larry Collins)?... Ese toque intelectual, ¿no hubiera aportado heterogeneidad al conjunto?

No. No me siento atraído, en general, por los personajes lectores, escritores. Existe una tendencia muy clara hoy en día a incorporar personajes de ese tipo, que luchan con sus propios textos en la novela: lectores, traductores, plagiadores, escritores en ciernes, frustrados, exitosos, bloqueados… Es un ejercicio tentador, seguramente, y que ha dado –y sigue dando– grandes frutos, pero que no me seduce demasiado. Entiendo el juego de espejos, la intertextualidad o la metaficción, pero creo que la superabundancia de esos personajes resta –o puede restar– «verdad» a las novelas, a los personajes. La gente, en general, no lleva un cuaderno con citas de Woolf, Atwood o Joyce en el bolsillo. Y hay demasiados personajes que sí. No necesito hablar de literatura en mis libros, sino practicarla.

La fiesta de la urbanización supone en Reino vegetal una ruptura de la monotonía. Con esas gincanas, el torneo de frontón, las carreras de natación pero, sobre todo, con la irrupción de los impagables payasos Avaro y Conmigo, el tedio parece subvertirse (la cocaína también colabora a ello) temporalmente.

¿Qué importancia cree que el humor negro, en este caso tiene a la hora de soportar rutinas tan anquilosadas y desesperantes como se dan en urbanizaciones como la por usted analizada? En su vida profesional y cotidiana, ¿se muestra partidario de no perder de vista el sentido del humor?

El humor, el chiste, se revela para mí como una parte esencial de la vida –también de la vida narrativa o ficcional–. En la novela no predomina el humor, aunque aparece en varios momentos. Es algo que no puedo –ni quiero– evitar. Siempre he valorado mucho la irrupción del humor en los libros. En una novela como ésta, con un personaje central que atraviesa un momento decisivo, de descubrimiento, y que busca una salida, el humor puede servir como una especie de salvoconducto. Creo, en general, que no nos entendemos, que aparentamos la comunicación, la convivencia, pero que vivimos en un constante malentendido, y que el humor –ya sea a través de una escena, de un pasaje particular, o del propio lenguaje– no hace más que revelar ese absurdo al que nos vemos abocados.

La familia Montesa, españolista y de derechas, formada por el padre (Álvaro), el hijo (Alvarito) y la madre (Isabelita) tiene milimétrico contrapunto en la familia Pompeu, cuyo padre (Jordi) dirige una escuela privada en Manresa y es ayudado por su mujer (Meritxell). Los Pompeu sienten aversión por la bandera española y ella sueña despierta con que los Montesa se despeñen con su coche por un acantilado.

En Reino vegetal usted apunta ya el extremismo al que en la Cataluña actual llegaron dos comunidades de sólidos cimientos nacionalistas. A aquella CIU de moderado e integrador catalanismo ningún partido independentista amenazaba el poder. Y lo cierto es que los partidarios del centralismo carecían todavía de presencia relevante en las instituciones de allí…

Sí, es una realidad que vivimos en Catalunya desde hace ya bastantes décadas. Cuando era pequeño la observaba ya con desagrado. Yo veraneaba en una urbanización similar, y tenía vecinos en ambos «lados», los que se reían de los «charnegos» y los que se empañaban en menospreciar –o negar– la cultura o la lengua catalana. Me parecían ridículos entonces y me lo siguen pareciendo ahora. Antes hablábamos del humor, de la necesidad del humor, y esos encontronazos, esos odios vecinales por cuestiones «nacionales», me parecen, precisamente, lo contrario: la negación de ese malentendido y la exhibición de una monosemia folclórica y recalcitrante. Entiendo el humor como la ruptura de la certeza, del pensamiento maquinal, y el nacionalismo –cuando se parece al fanatismo, que es casi siempre– resulta del empeño contrario: insistir en las certezas, en las identificaciones masivas, en la homogeneidad… Nunca comprendí que alguien despreciara la diferencia cuando a mí me parecía –y me sigue pareciendo– lo más interesante y atractivo. La endogamia es otro de los aspectos que trato en la novela. Carlota vive en una familia en la que nada cambia y en la que cada cual mantiene –con mayor o menor sufrimiento– un papel, una función. Ella busca la salvación, precisamente, en la llegada de sus nuevos vecinos, en la novedad, en los de «afuera»…

La minuciosa caracterización de esas familias pertenecientes a la burguesía acomodada de Cataluña encierra, en sí misma, una feroz crítica a esta clase social. Pero el contraste del acomodado grupo humano con el camarero del bar de la urbanización (Jacinto, único miembro de una familia de delincuentes que se gana la vida honradamente), con esos apurados y patéticos payasos, con la orquesta de medio pelo de cantante asiática, y con el vigilante Enrique (que solo trata con perros), tal contraste, decimos, resalta todavía más la nula conciencia de esa burguesía ociosa con quienes lo están pasando mal.

¿Hasta qué punto su disección de los despreocupados modos de vida, de la distinción de clase e inexistente empatía social mostrada por esas familias, singulariza una novela como Reino vegetal?

Quería mostrar esa comunidad como un Reino cerrado, sí. El título tiene que ver con eso, con una estructura, con un sistema estanco, que vegeta… Pero para mantener ese Reino, para garantizar todo eso, el ocio, la seguridad o el placer, otras personas tienen que entrar, ingresar en el sistema… Es lo que ocurre ahora, a mayor escala, en ciudades o regiones turísticas en las que el propio alojamiento de los trabajadores se ha convertido en un problema… O en las sociedades en general con la llegada de migrantes. En la urbanización, como dices, penetran otras personas («no propietarias»): el camarero, el vigilante, los payasos de la fiesta infantil... Son personas que deben adaptarse al maltrato, a las burlas, y que luchan por mantener su dignidad. Reino vegetal no es una novela de tesis, sin embargo. No pretende «denunciar». De hecho, cuando el camarero encuentra la oportunidad, maltrata también a sus subordinados, abusa desde su pequeña parcela de poder. Pretendo mostrar las relaciones, nada más, y a menudo lo hago de manera inconsciente, sin plantearme un objetivo moral…

A la hora de recordar a su amigo Ferrán, prematuramente fallecido, las vivencias de Carlota mezclan pasado y presente, no con el objetivo de resolver un misterio que no existe, sino por mera observación de lo que, para ella, a pesar de su juventud, se ha convertido en un total y absoluto final de fiesta.

Novalis: «Los sueños nos protegen contra la monotonía y la vulgaridad de la existencia. En ellos descansa y se recrea nuestra encadenada fantasía, mezclando sin orden ni concierto todas las imágenes de la vida e interrumpiendo, con su alegre juego infantil, la continua seriedad del hombre adulto. Sin nuestros sueños, envejeceríamos antes. Habremos, pues, de ver en ellos, ya que no un don directo de los cielos, una encantadora facultad y una amable compañía en nuestra peregrinación hasta el sepulcro».

Carlota, a pesar de su radical escepticismo, es una niña y cuesta creer que no recupere la ilusión. Para su creador, Marc Colell, ¿cuáles pueden ser los nuevos sueños que hagan que esa vida aliente de nuevo?

Quería mezclar los dos tiempos y las dos voces narrativas –la principal, en segunda persona, interpelando directamente a Carlota, y otra voz, la de la propia Carlota en el futuro– para dotar al texto de una mayor riqueza. El desafío narrativo consistió en alternar esas dos voces sin que dificultaran la comprensión o la lectura. Quise crear un contrapunto que permitiera las reflexiones futuras de esa niña, pero evitando en todo momento una voz reveladora, que hablara desde la sabiduría o aportara ninguna solución. La alternancia de las voces me permitió airear un poco el texto, escapar momentáneamente de esa mirada infantil. Lo que espero, con el libro ya terminado, es que las transiciones no parezcan artificiosas, oxidadas, y que sean recibidas como modulaciones de una misma voz.

En cuanto a los sueños… No sé si Carlota sueña, en realidad. Lo que hace –sin saber cómo– es mantener la esperanza, buscar, a tientas, una forma de comprensión. Esa edad –los trece años– suele resultar –en mayor o menor medida– una especie de encrucijada, de bisagra entre la infancia y lo que se supone que llega después –y que nombramos con distintos términos: juventud, adolescencia–… Es una edad que me interesa especialmente, que parece llena de confusión, de dudas, pero también es enigmática, maravillosa. Otro de los aspectos que me interesó tratar en la novela, más allá de los sueños, es la ternura. Una ternura que Carlota se reserva para sí misma –como un último recaudo– y que reclama, finalmente, en los demás.

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