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Relatos

Yoko Ogawa: Venganza

martes 02 de enero de 2024, 14:09h
Yoko Ogawa: Venganza

En estas fechas navideñas, Los Lunes de El Imparcial recuperan algunas críticas más leídas de libros destacados. ¡Feliz 2024! ¡Felices lecturas!

Traducción de Juan Francisco González Sánchez. Tusquets. Barcelona, 2023. 288 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por José Pazó Espinosa

Cadáveres silenciosos, funerales indignos es el título en japonés de un libro que en otras lenguas se ha traducido como Venganza. Recoge once cuentos escritos por Yoko Ogawa, la autora de la sincopada novela titulada La policía de la memoria que ya reseñamos aquí y por la que fue finalista del Booker Prize el año 2020. Antes de eso había tenido un enorme éxito con La forma preferida del profesor, y había coautorado un libro sobre la belleza de los números, junto con el matemático Masahiko Fujiwara. Sus obras suelen tener unas aristas y facetas, como piedras pulidas caprichosa y meticulosamente. Ha sido ensalzada por Kenzaburo Oe y comparada con Ann Frank, Haruki Murakami o David Lynch. El libro que nos ocupa hoy le ha valido nuevas relaciones, Poe o Borges. Se puede, por tanto, decir que Yoko Ogawa es ya un peso medio de la literatura nipona, aspirante a convertirse en peso pesado. Aunque seguro que esta afirmación ella misma la puliría, tallaría y, en última instancia, la convertiría en algo muy diferente.

En La policía de la memoria las cosas, los objetos, las ideas, iban despareciendo del mundo, y este se iba convirtiendo en una prisión vacía y opresiva. Desaparecía poco a poco el sentido. Ocurría por un agente externo, la policía de la memoria, que iba cuidando de que no sólo los objetos desaparecieran, sino también su recuerdo y su huella. Esa policía era un extraño grupo que cercaba la realidad y la llevaba a su disolución en el vacío. En Venganza, lo que desaparecen son las personas, pero en este caso lo hacen porque son asesinadas, y sí dejan rastro, cuerpos fragmentados y silenciosos. Y un gran y profundo recuerdo confuso, que se mezcla con el pasado y el futuro, y también con la fisicidad de las cosas en general.

Los crímenes de los cuentos de Ogawa tienen en casi todos los casos la venganza como motivo, y alternan con accidentes sangrientos y accidentales, y suicidios recurrentes. Los que matan lo hacen desde el fetichismo, y suelen guardar algún trozo del cuerpo al que han quitado la vida. Cuando ocultan los cuerpos, lo hacen abonando huertos y jardines, de forma que esos cuerpos crean ahora objetos vegetales comestibles, frutas y verduras, y olores densos y dulzones. Los asesinos son casi siempre mujeres celosas, oprimidas, secretas. Viejecitas aparentemente inocentes, jóvenes escritoras frágiles, esposas o amantes despechadas que han acumulado detrás de su aparente impavidez un humor negro y denso, cuya bebida lleva a la acción más radical e inesperada.

Hay algún hombre también, un artesano tranquilo, que recibe el encargo de manufacturar el bolso de cuero que recogerá y protegerá el corazón de una cantante con una malformación congénita, la pentalogía de Cantrell, que hace que aquel esté fuera de la caja torácica. El fabricante de la funda se obsesionará con ese corazón tibio y palpitante cuyo solo contacto lo lleva al trance, hasta el punto de no poder vivir sin él. Hay en este cuento ecos inevitablemente cercanos a Poe, pero sobre todo por la culpa. De alguna forma, los crímenes de Venganza dibujan una enorme culpa que el lector sólo entrevé, y que se adivina mezclada con la propia existencia, como si los cuentos compusieran un tapiz vital oscuro, no de la autora sino del ser humano en general.

Eso nos lleva a la cualidad vegetal de muchas de las historias. No sólo porque las zanahorias, los kakis o los tomates sean objetos recurrentes en ellas, sino porque los propios relatos forman una red que tiene mucho de vegetal, al modo de las raíces de un bosque de bambú, en el que todas y cada una de las cañas que vemos está relacionada con las otras por subterráneos hilos y recias raíces, más duras que el propio tallo.

La literatura de Ogawa tiene a menudo una peculiar característica, la de reflejar fragmentos de pensamiento profundo, de cartografiar algo que no se sabe bien si es consciente o subconsciente. Quizá por eso se encuentran en ella ecos de Haruki Murakami o David Lynch. Alguien ha dicho que la lectura de estos cuentos condena al lector a su relectura, por el deseo de desentrañar esas relaciones semiocultas entre las historias. Pero también lo condena a residir temporalmente en la fina arista que divide el cálculo del sinsentido
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