Simón el Mago, aquel samaritano, no conoció al Hijo de Dios en la Tierra aunque sí a sus colaboradores estelares, Pedro del Tiberiades y Pablo de Tarso, a los que tentó en balde para que le vendieran el secreto de la divinidad más prodigiosa. Isabel Steva 'Colita' (Barcelona,1940-2023) nació bajo una mágica col, única entre tantas, y con su propio ojo de los prodigios, un don divino cuyos frutos no serían para forjarse una gloria en ambición -generosísima ella-, sino para recrearnos, a los demás, los otros mundos que están en éste, paseándonos gratis por el lado más oculto y ritual de la vida que late en los márgenes; marginal no sólo por su excepcionalidad respecto a la norma, sino por su prodigiosidad respecto a lo vulgar.
Para la supervivencia de toda una raza de 'chuchos' camarógrafos tirados en las calles de la dura existencia, Colita llegó a crear su propia advocación a la que pedir ayuda elevando peculiares plegarias, la 'santa Iluminata Blacanguait', madre protectora de los fotógrafos contumaces, urbanívagos, hijos maltrechos de la noche, en un territorio donde reconoció, poco más o menos, no haber podido observar virgen alguna. No la disculpo; su sentido jocoso de la creatividad redime su irreverencia.
No son estas líneas una necrológica exhaustiva de Colita -me falta derecho-, sólo pretenden dejar testimonio de mi interés por su obra y mi admiración por ella. La fotógrafa acaba de fallecer, a su indebido tiempo, pues no es de recibo que la muerte le haya impedido concluir las labores de puesta en orden de su legado fotográfico; pero quién se muere en hora exacta...
Fue autora de una de las iconografías más espontáneas y sinceras del mundo del flamenco. Mi padre me regaló, en uno de mis cumpleaños, el mítico volumen de Caballero Bonald en su edición ilustrada por la genial catalana; Luces y sombras del flamenco, se llama; es por todos conocido.
Colita ganó un prestigio sin discusión, sostenido sobre pilares heterodoxos y extravagantes de la historia de Barcelona, desde la gauche divine, donde tuvo 'hermanos' y cómplices, como Terenci Moix, al cine (fotógrafa oficial de la Escuela de Cataluña), pasando por la Nova Cançó, amén de un pilar fundamental para el sostenimiento de su íntegro pórtico vital, un compromiso absoluto con el feminismo y las libertades humanas y sociopolíticas, ya desde las jornadas más adversas de la historia reciente de España.
Las fotos que Colita sacó de la intrahistoria del flamenco nos despiertan el deseo de haber vivido y conocido ese mundo -inabarcable en su vastedad sorprendente-, pero también nos cauterizan la ansiedad ¿A dónde iría Antonia 'la Singla', la malograda y genial 'sordita' del arte flamenco de los sesenta, en aquel biscúter que parece sacado de una novela de Marsé? De una verbena a otra... De Palomares a los bares del Paralelo... Todo se intuye.
Las fotos de Colita son casi novelas o películas (cuando menos, cortas). La Singla era una jovencita artista gitana a la que siguió, sin desmayo, por tabernas arrabaleras, fiestas iniciáticas y templos fundamentales del flamenco barcelonés. La chica la deslumbró, primero, y le rompió el alma, después, sin quererlo, cuando la complicidad de que gozaban les fue arrebata por el celoso padre de la muchacha que se dedicó a explotarla, maltratándola psíquicamente.
En algún lugar escribí acerca de la gravedad que revela su obra... Una fuerza, una energía que ella misma buscó con denuedo, casi trágicamente. Cuando menos, su fotografía utiliza magistralmente la ambientación dramática para plasmar una existencia que se siente y se sabe privilegiada, regalada con la carga de conocimiento y de soledad que un destino asumido conlleva. En esto siempre me remitió su trabajo a la atmósfera grave del mismísimo Diego Velázquez -no creo exagerar- al poner el ojo y la luz en un mundo cerrado a la mayoría y privilegiadamente vivido por sus protagonistas en secreto, en su caso el de la corte.
No hay más que ver los magníficos retratos que Colita hizo de la aristocracia del talento flamenco: Santiago Don-day -amarrado a su fragua en espera de los rayos divinos-, Carmen Amaya -reina gitana aérea de ida y vuelta-, Aurelio Sellé -Menipo de Cádiz marinado en el principado de Lampedusa-; o ese otro retrato tan distinto -reproducido al comienzo del libro-, llano, humilde, 'minuto' en el predicamento del personaje -como también los hizo Velázquez- de la anónima 'Gitana del muñeco', desabridamente inocente, con toda la agridulce memoria -la suya y la de su gente- pendiendo de sus ojos... De sus manos.
Toda la grandeza y la tragedia del destino humano en un blanco y negro de cal y ceniza. Descanse la hortaliza de tu espíritu -¡gran Colita!- en la paz del huerto en que naciste.