“Cuando todos lo llamaban D. Manuel…” Así tituló uno de sus agudos ensayos la descollante periodista Josefina Carabias. El consagrado justamente a la gigantesca figura del madrileño alcalaíno D. Manuel Azaña (1890-1940). Las radicales polémicas y las encendidas controversias ideológicas que en tan gran medida contribuyeron en el primer tercio del siglo XX al estallido de la terebrante tragedia 1936, repercutieron de igual modo en la acerada disputa política e historiográfica que ha impedido hasta el más estricto presente la valoración mínimamente objetiva de la personalidad del que fuese, sin lugar a dudas, una de las figuras primaciales de la contemporaneidad nacional, escrita por su trayectoria individual varias de sus páginas más conocidas. A su vez, y por contera, las circunstancias que hicieran de su más reputado biógrafo, el no ha mucho fallecido ferrolano-sevillano Santos Juliá -antiguo y querido condicípulo del articulista en el muy prestigioso Instituto de E. M sevillano “San Isidoro- el intelectual por excelencia de un extenso sector de “Aquel PSOE” (el felipista), consolidó la veneración sentida por gran parte de la clase intelectual española por el gran facedor de la Segunda República española. Recientemente, volvió a revalidarlo una de las escasas incursiones por los “lugares de memoria” de nuestro pasado más cercano del actual Presidente de Gobierno D. Pedro Sánchez. Alumno él mismo del Real Colegio de María Cristina de El Escorial a todo lo largo de su carrera de abogado, le tributaría un emocionado recuerdo ante la tumba de otro célebre exiliado en el Sur de Francia: el autor de Las Soledades y Campos de Castilla, D. Antonio Machado (1875-1939).
Al adentrarse el III Milenio en el calendario español semeja ofrecerse un horizonte bien distinto al trazado líneas atrás para justipreciar en sus sobresalientes dimensiones a un hombre de Poder que conjugó, honda y consecuentemente, dicha faceta con la propia de un escritor y hombre letras en la más alquitarada de sus versiones: sensibilidad tremente, vocación apasionada, ática escritura, envidiable cultura, ingenio desbordante… Pocos críticos españoles del mayor relieve pueden regatearle su condición de uno de los autores clave para la correcta comprensión del ser más profundo de la identidad española, con cuyo destino se sintió siempre comprometido. Sus indelebles e impactantes palabras en el famoso discurso barcelonés de 18 de Julio de 1938 –“Paz, piedad, perdón” ante la gran Patria española- pudieran acertadamente adoptarse por los estamentos directores de nuestra sociedad como consigna a nivel singular y colectivo para lograr una convivencia auténticamente fecunda en paz y libertad verdaderas.