En el centenario de la muerte de Lenin (Uliánovsk, 1870-Gorki Leninskie, 1924), que falleció tal día como hoy en 1924, abundan las evocaciones de su figura. Quizás sea, no obstante, un buen momento para escribir unas palabras en recuerdo de sus víctimas. En efecto, el artífice de la Revolución Rusa abrió un camino de violencia y dolor que Stalin prosiguió marcando así el devenir del siglo XX, que fue, en palabras de Moshé Lewin, “el siglo soviético”. Sin duda, la experiencia del país de los soviets (las asambleas de trabajadores y campesinos), para quienes Lenin reclamó todo el poder, señaló el ejemplo revolucionario que seguiría el resto del mundo desde China hasta Cuba y Mozambique.
El 9 de agosto Lenin escribió un telegrama al presidente del comité ejecutivo del soviet de la ciudad. Unas pocas líneas condensan el horror del siglo pasado, a cuya sombra seguimos viviendo. «Es evidente que una sublevación de guardias bancos se está preparando en Nizhni-Novgorod», decía, «hay que formar inmediatamente una “troika” dictatorial (usted mismo, Markin y otro), implantar el terror de masas, fusilar o deportar a los centenares de prostitutas que hacen beber a los soldados, a todos los antiguos oficiales, etc. No hay un minuto que perder… Se trata de actuar con resolución: requisas masivas. Ejecución por llevar armas. Deportaciones masivas de los mencheviques y otros elementos sospechosos».
El terror revolucionario, aquel invento de los jacobinos, permitió a los bolcheviques lograr una victoria cuando parecían tenerlo todo en contra. El precio que pagaron el pueblo ruso y los restantes pueblos soviéticos fue espantoso. Telegrama de Lenin al día siguiente de ese que hemos leído: «¡Camaradas! La sublevación Kulak en vuestros cinco distritos debe ser aplastada sin piedad. Los intereses de la revolución lo exigen porque en todas partes se ha entablado la “lucha final” contra los kulaks. Es preciso dar un escarmiento. 1. Colgar (y digo colgar de manera que la gente lo vea) al menos a cien kulaks ricos y chupasangres conocidos. 2. Publicar sus nombres. 3. Apoderarse de su grano. 4. Identificar a los rehenes como hemos indicado en nuestro telegrama de ayer. Haced esto de manera que en centenares de leguas a la redonda la gente vea, tiemble, sepa y se diga matan y continuarán matando a los kulaks sedientos de sangre. Telegrafiad que habéis recibido y ejecutado estas instrucciones». El líder revolucionario añade una postdata: «Encontrad gente más dura».
Los dos telegramas los citan Stephane Courtois y su equipo en «El libro negro del comunismo. Crímenes. Terror. Represión» (Ediciones B, 2010). Hélenè Carrère d´Encausse subraya un rasgo del carácter de Lenin que arroja luz sobre su siniestra meticulosidad: «Desde el verano de 1918, los medios empleados contra los enemigos de clase en el campo -arrestos, ejecuciones sin proceso, tomas de rehenes organizadas a gran escala por un decreto de 4 de septiembre de 1918- han sido reforzados por la creación de campos de concentración, adonde se envía sin medidas legales a todos aquellos que el poder sospecha que le son hostiles, o incluso diversas categorías “condenadas” por adelantado: “sacerdotes, guardias, blancos, kulaks y demás elementos dudosos” domo los definiría Lenin siempre preocupado por la precisión».
Bastaba, pues, ser “sospechoso”, era suficiente ser un “elemento dudoso” para ir a parar a una fosa o a un campo. La revolución no condena a las personas por lo que hacen, sino por lo que son. No es necesario que digan nada. Basta que alguien lo diga de ellas. El sistema de delación y sospecha generalizadas hará el resto. Baste un ejemplo: doce años después de la muerte de Lenin, a los amigos Natalia Anufrieva y Daniil Zhukovski caen detenidos en Moscú en el verano de 1936 acusados de “actividades antisoviéticas”. Su delito es escribir versos y ser seguidores del poeta Maksimilián Voloshin, que ha encontrado similitudes entre el absolutismo y el bolchevismo. Su delator se ha esmerado en señalar cuán peligrosos son para el orden soviético. «Ella contestó hostilmente sobre la personalidad del camarada Stalin, el reedificador de Moscú». «Zhukovski guarda las poesías contrarrevolucionarias de Voloshin y las lee a sus conocidos, en particular aquellas más contundentes como “Nordeste”, “Bendición”, “Rusia”, etcétera». Me detengo aquí. Vitali Shentalinski cuenta el resto del caso de estos dos poetas en “Denuncia contra Sócrates. Nuevos descubrimientos en los archivos literarios del KGB” (Galaxia Gutenberg, 2006).
A cien años de su muerte, me resulta imposible pensar en Lenin sin que se alce a su lado, silencioso, el pueblo ruso, cuya cultura tanto admiro. Se dirá que fue un tiempo terrible y que requería de líderes capaces de tomar decisiones apocalípticas. Responderé que la pretendida revolución que los bolcheviques pretendían se estaba edificando sobre los cadáveres de millones de seres humanos muertos por hambre, frío y balas. El dolor y el sacrificio del pueblo ruso y de los demás pueblos de la Unión Soviética me son insoslayables. No puedo hacer abstracción de ellos a la hora de recordar a quien inauguró el siglo XX destruyendo el viejo mundo.