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LITERATURA

Reseña del Libro de buen amor, del Arcipreste de Hita

José Manuel López Marañón
sábado 03 de febrero de 2024, 10:12h
Actualizado el: 02/03/2024 10:17h
Reseña del Libro de buen amor, del Arcipreste de Hita
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El padre Eduardo Azpeitia, recordado profesor de literatura en el bilbaíno colegio de los jesuitas, aseguraba a sus pupilos que las obras cumbres en lengua castellana eran El Quijote, La Celestina… y el Libro de buen amor. "Traducido" de modélica manera por la experta bibliotecaria María Brey en su querida colección Odres Nuevos (donde, gracias a Castalia, las obras importantes de la literatura castellana medieval se vierten al lenguaje español moderno para ponerlas al alcance de todos), mi encuentro con el Libro de buen amor ha resultado dichoso… ¡Cuánta razón tenía aquel docto cura haciendo compartir podio de honor al Arcipreste con don Miguel y don Fernando!

Aparecida la primera edición del clásico que nos ocupa en 1330 (a la de Toledo sigue otra en Salamanca, ampliada, de 1343), no deja de sorprender cómo, en pleno siglo XIV y en un mismo texto, quepan sensibilidades tan diferentes como la mudéjar, la morisca, la judía, las procedentes de lecturas europeas y la emanada por la devoción a Cristo. Algo no tan chocante si por el excepcional prólogo de María Brey sabemos cómo, desde su arciprestazgo, Juan Ruiz –a quien en su conversación no puede negársele amplitud de miras– conoció y sintió a plenitud la cosmopolita atmósfera de aquella Castilla la Nueva, inmersa en un período en la que a la guerra de la Reconquista poco quedaba (el dominio musulmán estaba ya reducido al sur de Andalucía).

En primera persona para hacer simpático a ese narrador a quien casi todo sale mal pero sin ser autobiográfico del todo, el Libro de buen amor deseando moralizar compendia un malicioso arte de amar con el que Juan Ruiz, más o menos camuflado y en permanente sátira burlona, anda siempre a la par. El Arcipreste, en su introducción en prosa, da con ese punto medio entre salacidad y afanes ejemplarizantes que es seña de identidad en su obra:

"Así yo compuse este nuevo libro en que van escritas algunas maneras y maestrías y sutilezas engañosas del loco amor del mundo, usadas por algunos para pecar. Leyéndolas y oyéndolas, el hombre o la mujer de buen entendimiento que se quiera salvar, escogerá su conducta para el camino de la verdad".

El Arcipreste de Hita

Desde luego, que el Arcipreste de Hita no fue un triste santo queda claro tras asistir con no poco regocijo a sus impetuosas y varoniles correrías en busca de hembra. Cortejos hay no exentos de enseñanza:

431. Busca mujer hermosa, atractiva y lozana,

que no sea muy alta, pero tampoco enana;

si pudieres, no quieras amar mujer villana,

pues de amor nada sabe, palurda y chabacana.

Irradiada a lo largo del texto encontramos la alegría del espíritu. A una dama muy rezadora, recatada y virtuosa, Trotaconventos endilga el siguiente plan de vida:

1327. Más vale un buen arrimo, secreto y bien celado,

mejor es buen amigo que mal marido al lado;

hija, el que yo os daría, como pintiparado,

es lozano y cortés, para todo esmerado.

Por el contrario, sobre los también copiosos momentos sinceros y doloridos producidos durante, y aún más después, de tales requiebros de conquista –con hasta quince damas– se acuñan crudas admoniciones:

1422. Mujer que por un hombre ha sido escarnecida,

por él menospreciada y en muy poco tenida,

es por Dios castigada, del mundo aborrecida,

pierde toda su honra, su fama, hasta su vida.

La belleza y originalidad en la poesía del Arcipreste está en el aderezo de las historias, en el gracejo de la palabra. A Juan Ruiz lo define por igual tanto su formación intelectual cultivada como su espíritu juglaresco, inclinado hacia lo popular. Siguiendo la cuaderna vía (estrofas de cuatro versos alejandrinos –sus catorce sílabas pasan a dieciséis en pasajes más extensos– con rima consonante) el Libro de buen amor consta de 1.728 estrofas.

El continuado uso de la tercería amorosa para acceder a un encuentro con la mujer requerida convierte al Libro del buen amor, también, en un cumplido tratado sobre la alcahuetería, casi segura en manos femeninas expertas. La célebre doña Urraca, alias "Trotaconventos" (un precedente de la Celestina menos sinuoso y mezquino, más directo y generoso en intención) suele coronar sus arreglos con éxito.

Ejemplos señeros en eficacia, por su popularidad, son los amores de don Melón de la Huerta con doña Endrina, los cuales llegan a buen puerto tras unas entrevistas entre ambos candidatos a amantes y su mensajera; entrevistas que terminan en boda por la maleada habilidad de la vieja. O ese otro de la monja Garoza (perseguida por el Arcipreste), por fin seducida gracias a mañosos tejemanejes durante un encuentro concertado a la salida de misa. Tras un raro fallo en la medianía (con esa mora que, sin permitirle siquiera hablar, la despacha) Trotaconventos fallece. Y el narrador se queja amargamente:

1574. La mujer alta o baja, encerrada, escondida,

ninguna le fallaba cuando iba de batida;

el hombre y la mujer, por la vieja perdida,

sufrirán gran tristeza y pesar sin medida.

Sustituir a doña Urraca por otro recadero resulta descalabrante. La impericia de don Hurón a la hora de arrancar favores (a la decimoquinta y última dama de la nómina) es ilustrada por el Arcipreste dejándonos un retrato demoledor, antípoda de la profesionalidad mostrada por aquella su sobria antecesora:

1620. Mentiroso, beodo, ladrón y chismorrero,

tahúr, peleador, goloso, pendenciero,

reñidor, zahorí, asqueroso, agorero,

imbécil, perezoso; tal era mi escudero.

Narración inolvidable del Libro de buen amor es la contienda entre don Carnal y doña Cuaresma (estrofas 1067-1313), cuyos ejércitos cárnicos y marítimos pelean con tal fiereza que las opciones de victoria se suceden. El triunfo de doña Cuaresma provoca la huida y peregrinaje de don Carnal. Pero este no tarda en recuperarse, y, con el apoyo de don Amor, desafiar de nuevo a Doña Cuaresma…

1075. De mí, doña Cuaresma, justicia de la mar,

alguacil de las almas que se habrán de salvar,

a ti, Carnal goloso, que nunca te has de hartar,

el Ayuno en mi nombre, te va a desafiar.

Severos repasos a los pecados capitales; fábulas; listados de condiciones como ese que una mujer debe tener en cuenta para ser bella, o aquel otro, aún de directa aplicación en nuestros tiempos, que asesora al varón para mejor cortejar a las señoras...; todo esto, –y muchísimo más–, convierten la interesantísima lectura del Libro de buen amor en inagotable fuente de placer estético y sabiduría práctica. Una obra esencial. A modo de resumen, cierro mi reseña con estas certeras palabras de la traductora y prologuista María Brey:

"El Libro de buen amor es una obra escrita con ánimo de moralizar y divertir, de manera que los locos amadores escarmienten en cabeza ajena. Para ello, adoptando el recurso de hablar en primera persona, el Arcipreste nos cuenta una serie de aventuras amorosas enlazadas por los comentarios y digresiones del propio autor que prestan la suficiente cohesión para mantener la unidad del relato, pero que, por otra parte, dan cierta independencia a cada historia, lo que permitía a los juglares de la época llevar en su repertorio trozos del Libro del buen amor y recitar o cantar uno u otro aisladamente".

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