Gran expectación. El coso de La Candelaria se llenó hasta la bandera. Hemos presenciado un sentido homenaje a los guardias civiles asesinados en Barbate. Los Núñez de Cuvillo, una ganadería conocida como cómoda para los toreros, dio un juego más que mediocre, malo. Los que llamaron a los novillos de ayer descastados, a los de hoy poco les quedaba para entrar en la categoría de “ desechos de tienta” en la mayoría de las ganaderías menos comerciales. Muy vivos y saltarines al salir daban la falsa impresión de movilidad. Las cuadrillas fueron un pilar férreo para mantener el orden en el albero, al no tener a alguien que asume el papel del director de la lidia. Javier Ambel y Antonio Chacón lo bordaron con los palos en las manos y se desmonteraron. Todo acompañado por una buena brega durante toda la tarde. Las estocadas en los blandos, algunas más cercanas a los golletazos.
Alejandro Talavante hizo acto de presencia ante dos ejemplares pobres de cabeza y faltos de fuerza. Sus defectos aumentaron con la mala lidia del diestro. Asturiano (1º 1/20) provocó una gran silba en los tendidos. Un torete anovillado, corto de cuerna. El diestro desganado. Lo mejor de la faena de Ganador (4º 10/19) fue un lance afarolado. Bonito, pero ahí se quedó: el toro se fue, el diestro se quedó en su sitio. Le picaron a contraquerencia. Talavante interpuso el paño para aprovechar sus viajes, sin más.
Algo parecido le sucedió a Ginés Marín. Cosechó una ovación caritativa por sus bravuconadas con Madrilito (3º 10/19), un ejemplar mimado en el tercio de varas. El defecto de cabecear crecía sin encontrar la mano que mandara. Una sensación de no saber qué hacer impregnó también su segunda faena con Rescoldito (6º 10/19). Lentos paseos y parsimoniosas preparaciones marcaron los lances capoteros. Marín comenzó la faena de rodillas ajustándose a las embestidas del morlaco, pero sin lograr ni una serie en condiciones. De nuevo, se puso entre los pitones del torete agotado, y tiró de tremendismo.
Juan Ortega no lo esperaba. Ni se había atrevido a soñar con lo hecho en la plaza de Valdemorillo. Sus ejemplares no tenían nada de excepcionales, pero Ortega sobrecogió al respetable con su estilo, arte y temple. Barredor (2º 2/20), cornibrocho y cornigacho, poco tenía de bonito. Arrancó el capote por la esclavina, sin embargo, envuelto en la suavidad de los delantales se prestó a una faena con pases memorables. Ovación. Asustado (5º 12/19) quedó desorejado por su bondad y por la gracia de Juan Ortega. El público se olvidó de las faltas del toro, se olvidó de todos los defectos del espadazo que lo remató: se levantó como uno y pidió los trofeos para el toreo, todavía incrédulo de tal desenlace. La emoción como la carga eléctrica sacudió a miles de espectadores desde los primeros pases. Llevó al toro con la cabeza con los ayudados por alto, que esta vez adquirieron la categoría para llamarse celeste imperio. Series por ambas manos en un espacio mínimo, fluían absorbidos por el albero como el agua. La muñeca izquierda desenvolvía la flámula como un mantón de Manila que hipnotizaba al bicho. Inolvidables fueron los doblones, pases de firma y un molinete a lo Morante. Todo gracia y elegancia. Dos orejas y ovación al arrastre.