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TRIBUNA

David Pérez Carracedo y Miguel Ángel González Gómez, dos Guardias civiles, dos héroes, dos de los nuestros

sábado 17 de febrero de 2024, 19:00h
Actualizado el: 17/02/2024 19:28h

Miguel Ángel y David suenan a página heroica y genial del Renacimiento, pero aquí son ya nombres sin dueños, abatidos estos en una batalla oscura y a las claras desigual contra la ilegalidad.

Héroes, estos guardias civiles lo eran a diario, con pasmosa naturalidad, con inconsciencia segura diríamos, como tantos hombres y mujeres anónimos gracias a los cuales este mundo se mantiene a flote. Cómo este mundo no se ha hundido ya... Nos preguntamos cada día conociendo la convulsa realidad que nos rodea. O, tal vez, nos lo planteemos por no saber hasta qué punto están desengranadas las tripas del mundo. Ya saben ustedes, el misterio es muchas veces ignorancia, como ocurre con el azar, cuyas razones mecánicas desconocemos, de ahí nuestra prevención.

Mucho de funesta carambola parece haber en estos hechos terribles acaecidos en Barbate para que en ellos perdiesen la vida David y Miguel Ángel, miembros especialistas de nuestra Guardia Civil, el cuerpo que no descansa velando por el orden de una sociedad que nadie dijo fuese perfecta ni consciente siquiera, del todo, de la importancia que este orden tiene. Pero al margen de coincidencias naturales, como la tormenta Karlotta o su secuela, está la incidencia determinada de la transgresión criminal y el desorden total que implican la inmoralidad y la ilegalidad.

A muchos el orden suena a mundo felizmente aburrido. A demasiados atrae incluso el desorden, tendencia que el propio sistema tolera, cuando no fabrica, con algún ancho de manga democráticamente justificado y que habrá de tener una arquitectura necesaria, no lo dudo... Pero cómo justificar -entender- lo que le pasa al mundo con la droga, ese affaire decimonónico de 'los paraísos artificiales' (1), de salón de espejos simbolista, con plena vigencia en este futuro volcado con la inteligencia poshumana. La macroindustria creada en torno a la droga es una trampa para el mismo paraíso artificial que buscan los hombres.

Me discutía ayer un joven que el penar moral de estas acciones mortales sufridas en la guerra al narcotráfico deba recaer en el factor de la gigantesca demanda de sustancias estupefacientes que existe, despotricando como andaba yo al conocer la noticia. Que aquélla que la solicita -alegaba el joven- es una población digna de compasión, que está atrapada en un vicio que casi siempre tiene unas raíces desesperadas, derivadas de una tragedia que no logra salvar semánticamente el caos de la vida real, mérito que arrogaba Nietzsche a la tragedia griega... Un 'Deus ex machina' cada día más arrumbado frente a los 'mercados de espejismos' (2).

Y está también la tragedia de luchar contra la realidad delincuencial hecha industria, sistema tangencial que invierte sin límites en sus capacidades de acción y fuga de la ley. Un goliat que es, además, el perfecto antiprójimo fantasmagórico; gigante encapuchado que sólo mira por sus beneficios, arrasando vidas -adictas o heroicas- sin inmutarse, transgrediendo toda realidad ordenada.

¡Qué Dios bendiga a los héroes en la Tierra y en el Cielo!

(1) Charles Baudelaire
(2) Felipe Benítez Reyes

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