Hace cincuenta años, el cantante británico Nick Drake se quitó la vida, sin excesiva conmoción para una escena musical en la que siempre tuvo la sensación de no haber encajado. Durante las décadas posteriores, su leyenda comenzó a crecer hasta adquirir el rango de mito que hoy ocupa entre esos héroes de la música o la poesía que decidieron irse, ante nuestros ojos, siempre antes de tiempo; la variopinta lista incluye a Georg Trakl, Kurt Cobain, Elliot Smith y Violeta Parra, además de muchos otros para quienes el tiempo, seguramente, se limitó a confirmar el sinsabor de la indiferencia con que dejaron este mundo. Miguel Ángel Oeste dedica su nueva novela, Perro negro, a abordar la figura del músico británico o, más bien, la de sus ecos fantasmales en quienes ‒reales o imaginados‒ le conocieron.
No esperemos encontrar en este libro, fruto de la reescritura de una novela anterior, Far Leys, una suerte de biografía novelada, aproximación para la que el lector interesado podrá encontrar más de alguna opción (véase, por ejemplo, la enjundiosa The Life, de Richard Morton Jack). En Perro negro, la elusiva figura de Nick Drake, siempre ausente, reverbera en las impresiones y marcas que dejó en los demás. Conocemos a Janet Stone, confidente de Drake en sus años de juventud, quien, treinta años después de la desaparición de su amigo, e incapaz, por otra parte, de superar la precoz muerte de su hermano, cumple una severa reclusión autoimpuesta en un piso de Nueva York.
Janet recibirá la visita de Richard, un actor secuestrado por sus demonios que, a raíz de una atormentada relación amorosa, se obsesiona con la figura de Drake y decide orientar sus quebradizos esfuerzos a filmar una película sobre él. Son dos almas rotas que, por circunstancias personales sombrías, confluyen en la voz de un artista que no se sabe hasta qué punto las salva de la oscuridad o sirve de imán para arrastrarlas al abismo de sus caras más ocultas. Esa voz cálida y algo ingenua, ¿ahuyenta al perro negro o es su encarnación?
La novela recuerda, en su tono y su estructura, a Los detectives salvajes, el manifiesto “infrarrealista” de Bolaño que conmocionó la narrativa hispanoamericana del cambio de siglo. Tal como la parte central de esta novela está dedicada a reunir testimonios variopintos sobre personas que quizás conocieron a otras personas al parecer al tanto del paradero de Belano y, acaso, de la mítica Cesárea Tinajero, en Perro negro, Richard se volverá un detective salvaje que intentará recabar atisbos en la memoria de quienes compartieron con Drake los vertiginosos años sesenta y setenta, como si entre la bruma del humo de los porros y las promesas de orgías que se pierden en la memoria pudiese emerger el perfil real de ese fantasma escurridizo. Pero su productor, Joe Boyd, diversos amigos ocasionales y, finalmente, la simpar Sophia (la Chica de Cristal), todos coincidirán en que ya no saben “si es verdad o mentira” el lejano recuerdo de ese hombre que “miraba con la inocencia de los ojos de un niño y con la angustia de los ojos de un anciano”.
¿Es el deterioro de la salud mental un costo necesario de la excelencia artística? ¿Fue gracias a, o más bien a pesar de su condición que Nick Drake pudo crear la música que le sobrevivió? Posiblemente esta sospechosa tensión entre locura y genio sea un falso dilema romántico que busca recubrir de sentido la ocurrencia bruta de las cosas. Son ilustrativos los fragmentos en que vemos a un chico ‒siempre inseguro y frágil‒ con genuinas aspiraciones de éxito, un chico que se frustra legítimamente porque, mal que mal, y contra las expectativas de quienes no dejan de creer en él, no acaba de confirmarse como el nuevo Leonard Cohen o el Bob Dylan británico.
El juego de voces de Perro negro consigue mostrar la belleza de una vida asaltada por la depresión sin caer en la romantización del suicidio o la enfermedad. Nick Drake murió, como otros murieron, sin que eso signifique que existe una relación necesaria entre su genio y su desgracia; en otras circunstancias, Nick Drake ocuparía escenarios, a sus setenta y tantos años, frente a audiencias que acaso no se inquietarían tanto por su temple sereno, la falta de excentricidad de su ropa o el tiempo que se toma en afinar la guitarra antes de regalarnos su voz. Pensaríamos que es una suerte tenerle, y poco más. Como bien sentencia ante Richard su amigo de instituto Paul Wheeler, “cuando hay gente que habla demasiado y va y dice aquello de que a Nick ya se le veía cómo iba a acabar, yo me cago en esos hipócritas. ¿Acaso adivinan el futuro?”.
Me resulta tentador, a medida que avanzo, leer Perro negro en diálogo con la novela anterior de Miguel Ángel Oeste, Vengo de ese miedo. No deja de haber cierto parecido de familia entre el ambiente saturado en el que Nick intenta bucear y mantenerse a flote y la atmósfera hiperviciada en la que se desenvuelve, o que más bien genera, el padre del narrador en la anterior entrega de Oeste. Imagino ese mundo ‒en un momento Nick pasa por el sur de España antes de zambullirse en un delirante viaje a Marruecos‒ poblado de tales padres, chulos que saben exprimir la fragilidad ajena y convertir la tentación del abismo en el cumplimiento de la infamia. Pero no es lo mismo ser un perro negro, llevar en las carnes la oscuridad y tener que lidiar con ella, y acaso exhibir la suficiente fuerza para convertir esa oscuridad en poesía, que ocultarse en la sombra para dar rienda suelta a una avidez que solo multiplica los impulsos triviales que pueblan las cabezas civilizadas aun en la vigilia. Al leer ambos libros bajo esta óptica resulta fácil advertir un vínculo natural y fraterno entre Oeste y la figura de Nick Drake. Afortunadamente, Miguel Ángel Oeste sigue aquí, con voz clara y firme.