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TRIBUNA

Antoni Tàpies, los tapiales significantes

martes 12 de marzo de 2024, 20:11h

Un problema que ha acuciado a la filosofía, del racionalismo al romanticismo y más allá, fue el de elaborar un razonamiento de la naturaleza prescindiendo de las matemáticas, de las ciencias formales. Incluso las ciencias positivas no ofrecen sino resultados probables, no verdades absolutas. A las proposiciones científicas se les exige, en función y significado, una verificación empírica. Al arte, en sus proposiciones, sólo se le exige intervención, no acuse de verificación. Por eso el artista es más susceptible de corrupción en sus intenciones que la ciencia; y, también por esto, es más imprevisible.

Los artistas del Siglo XX consideraron la naturaleza una estructura experimental, un campo de experiencias intuitivas. Ellos mismos -motor generador- y sus entornos y circunstancias marcarían la pauta ontológica de una nueva naturaleza. El arte nuevo ensancharía las dimensiones del prisma natural preexistente, pues ya no consistiría en duplicar la imagen del mundo en lienzos y esculturas sino en engordarlo con nuevos objetos -obras de arte- tan naturales e inopinados como un arbusto con forma de bicicleta que hallásemos en una excursión. El arte estaría tan abierto al Ser como el propio hombre y actuaría como ser-en-el-mundo.

Un factor determinante de esta revolución sería el elemento inconformista del carácter creativo. Con las neuronas desatadas por tanta revolución y constreñidos por tanta involución bélica, los artistas del XX desnaturalizaron el carácter sagrado del arte -si el hombre no vale respeto, el valor sagrado del arte, menos- y decidieron que era hora de dar un puñetazo certero sobre la mesa del arte anterior, el mismo que hubiesen querido dar en la cara del poder. Y les gustó esa alternativa simbólica: la mesa descuajaringada del cubismo.

Los artistas del XX se permitieron los experimentos que no pudieron permitirse la ciencia positiva o el pensamiento cartesiano, demasiado comprometidos con la ortodoxia y el progreso. El arte es como el Monte Olimpo, un territorio precientífico donde desentrañar la naturaleza como sujeto mítico, y esto le ha otorgado la máxima libertad a priori, hasta el libertinaje.

El arte del XX, en su desarrollo, es un alambique lírico-estético, a veces lúdico, a veces trágico, a veces autista, siempre caprichoso, donde destilar una esencia, volátil, fragante, huidiza... Como un perfume que te embrida el cerebro y te abandona sin responsabilidad alguna. El arte del XX es una experiencia fantástica, automática, autónoma, arracional, arreverencial y asonante con toda conclusión lógica, y muy tiránica, en su voluntad, como los mismos seres que habitaron y, tal vez, habiten aún el Olimpo.

Antoni Tàpies vivió implicado en el problema de la naturaleza. No se arrodilló ante ella, sino sobre ella, en su cima. Estuvo más implicado que complicado, pues su intuición fue mucho más inductiva que deductiva, al no tener un compromiso externo con la realidad y sí un debate interno entre la razón profunda y el deseo.

Desde muy joven aprecié que la más recurrente crítica que se hacía a Tàpies -en la mismísima Cataluña- era la de su considerable ego. Se criticaba siempre el afán del pintor por 'imponernos' su discurso, su arte total, como algo indiscutible que debía ser reconocido sí o sí. Los tuvo bien puestos. Llevaba razón actuando así. Los artistas realistas no podrían hacer uso de este método reivindicativo, sin demostrar antes una capacidad reproductiva. Que nadie se lo tome a mal. El talento de los informalistas como Tàpies era el de saberse otros, el de imponer su propia naturaleza.

A mi parecer, Tàpies fue un genio también por esta capacidad. En el arte del siglo XX las personalidades no tenían tiempo -siglos por delante- que perder -que esperar- para ver materializado el milagro de su inclusión histórica. Si la historia se manejaba al antojo de los tiranos, y se reconducía a volantazo de portadas diarias, los artistas abrieron butrones en sus muros -los de la historia- para colarse dentro; fue su voluntad de vencer, algo parecido a un nuevo caballo de Troya.

ANTONI TÀPIES, EL TAPIAL Y LAS CRUCES

Antoni Tàpies es una tapia esgrafiada con las huellas del futuro. Sólo él conocía el futuro donde su obra encajaría; los signos y las huellas de la 'prehistoria' que vendría... Que aún vendrá. La historia está continuamente reiniciándose.

Su obra representa la enérgica superación de nuestro declive. Se ve a las claras, con esa férrea voluntad de imponerse al tiempo más oscuro de nuestra especie, reescribiéndolo. Sus obras son las pizarras vivas de nuestra reconciliciación con el hombre que fuimos.

Antoni Tàpies creó los muros que nos liberan del cinismo y en ellos rastreó las huellas imborrables del hombre eterno: antropología restregada de trascendencia y pensamiento gráfico-místico. Hay quien dijo Milenarismo... Yo mismo dije en 1999, en Barcelona, ante un auditorio repleto, que mis cruces eran anteriores a las suyas, un poco para epatar, pero también porque yo dibujaba cristos y más cristos con ocho años. Mis vecinas me los compraban.

El color en Tàpies es uno reabsorbido, resecado, absorto en su silencio... Y no por el envejecimiento sino por el desapego a la realidad exacta; marmolina y sanguina de lo leve sustancial; supuración cuajada de la ciencia cromática, como esas secreciones deshidratadas que insinúan al hombre; vestigios de una cópula, de un parto, de un crimen, de un ritual... Allí, antes -se sabe- estuvimos los hombres; la obra de Tàpies lo delata, reabsorbiendo en su poroso territorio -sus muros-, la tizne y los humores de la antropología sintáctica y la circulación filosófica.

Antoni Tàpies como idea es un museo inmaterial del pensamiento matérico; esto es, del pensamiento como antítesis de la forma y como sinónimo del no límite, del no cuerpo. El objeto se ratifica como objeto, como lo insignificante y el signo se magnifica en esta materia soñada que Tàpies expande más alla de los límites del lienzo.

Tàpies es la fundación de un arte otrísimo -Michel Tapié- y paupérrimo -povera- que los siglos entenderán mejor que el poder que le tocó en suerte, que hizo como que lo entendía. Su obra es, con sinceridad, la áspera contradicción material de un arte con sello aristocrático; la materia del calvario y la rúbrica de una transfiguración artística; esto es, un éxtasis que se eleva sobre los galones mundanos.

Antoni Tàpies es la transnaturalización del espíritu en materia, del color en territorio, del signo en esperanza. El amueblamiento trans-semántico del inmueble de nuestra psiquis. Y no olvidemos que se sospechó del informalismo: 'en no pocas ocasiones, se concebía como un auténtico fraude', como escribió Lourdes Cirlot.

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