Durante lo que parecía una mañana como otra cualquiera, allá por abril de 2016, la vida de Javier de la Vega dio un vuelco inesperado. Detrás de aquel timbre que llamaba a su puerta estaba la Guardia Civil, dispuesta a dar el primer soplo de un torbellino que arrastraría a un anónimo abogado especialista en finanzas a portadas de periódicos, reportajes de televisión y hasta compartir celda con Mario Conde. Bienvenidos al show de la Audiencia Nacional.
A partir de entonces, De la Vega se convertiría en el supuesto “arquitecto” y “muñidor” de una trama que tenía como objetivo blanquear, ni más ni menos, el desaparecido dinero del caso Banesto. La bautizada como “operación Fénix” quedó a cargo del juez Santiago Pedraz desde la Audiencia Nacional, conocida ahora como la trituradora.
En Inocente (Editorial Almuzara, 2024), Javier de la Vega, pese a vivirlo en primera persona, narra con la objetiva frialdad de espectador un espectáculo con jueces estrella, sumarios no tan secretos, duelos entre espías y guardias civiles en las cloacas del Estado... y en la que la presunción de inocencia, pilar del sistema judicial, no llega siquiera a papel secundario.
Pese al terrible, por real, escenario que muestra en sus páginas, De la Vega deja un resquicio para la luz y traslada la importancia de perseverar y no rendirse jamás cuando uno tiene delante una injusticia.
Tres años después de aquella fatídica mañana, Pedraz archivaba la "operación Fénix". No encontró prueba alguna que justificara la comisión de los supuestos delitos por los que De la Vega llegó a ingresar en prisión.
Narra en este libro un período muy difícil tanto a nivel personal como laboral. ¿Qué le llevó a revivirlo cuando tomó la decisión de escribirlo?
Empecé a escribir el libro a los dos meses de llegar a prisión, porque la idea que nos trasladaban desde la Audiencia Nacional a los que estábamos implicados era que íbamos a estar dos años. El sistema está hecho para que tú pienses que esto va para muy largo. Fue un proceso complicado porque tras la cárcel luego fueron otros tres años de defensa. El libro lo que cuenta es todo ese período, desde ese primer día con la detención hasta el archivo del caso. Dos razones me motivaron a escribirlo. En primer lugar, yo tengo tres hijos y sufrí, como casi todo el que pasa por esto, un dolor ajeno. Pensar que podrían estar sufriendo ellos, que en ese momento eran menores de edad, su acoso social… Quise que contaran con un testimonio de uno de los episodios más horribles que una persona pueda pasar y que al final, con un cierto método y tesón, de todo esto se sale. Así pues, fue un poco dirigido a ellos. Y luego, en segundo lugar, pensé ¿por qué no hacerlo más público? Y ahí ya me transformé, me puse la gorra de espectador del sistema, y quise contar la historia dejando un poco de lado mi faceta de jurista. Creo que consigo que el libro parezca que esté escrito no por un jurista sino por un espectador, un ciudadano cualquiera. Llamo la atención y denuncio una serie de cosas que no funcionan: el sistema judicial, el sistema penitenciario, etcétera.
Capítulo a capítulo se asiste a una transformación suya en todos los sentidos. Desde una timidez inicial en sus primeros momentos en prisión a convertirse en una referencia en Valdemoro o de reconocer no haber tocado penal desde la carrera y acabar haciendo escritos y trazando estrategias en el caso. ¿Se va dando cuenta de estos cambios a medida que lo vive o es algo que se reconoce al mirar atrás con perspectiva?
Es un fenómeno del que no tenía la más remota idea que podías llegar a experimentar. Los primeros momentos en estas circunstancias son de auténtico terror. Estamos educados para pensar que la cárcel puede llegar a ser lo más parecido a un infierno. Así que al terror se le sumaba la incertidumbre y la angustia. Lo más curioso fue comprobar que en estas ocasiones el ser humano saca fuerzas de donde sea. Y al final aquello no deja de ser un pequeño micromundo, un ecosistema con sus reglas y su propia sociedad donde al final aprendes cuáles son los mecanismos y resortes que lo manejan. Con la expectativa que tenía de estar un largo período allí, debía buscarme un acomodo, una posición, un sitio. Te adaptas no sabes muy bien cómo. Tras releer el libro un montón de veces, hay cosas que todavía me sorprende cómo pude hacerlas. Creo que es un fenómeno que ocurre en otros presos. Se comportan allí con una fortaleza que luego en la vida diaria creen no tener.
"Fue desolador como jurista comprobar que el sistema funcionaba de esa manera".
Este caso es uno más que se añade a una larga lista de condenados de antemano por el aparato mediático, dejando de lado la presunción de inocencia para llegar a "la sentencia inapelable del juez ciudadano” que usted nombra.
Ahí sí que noté la amargura por el hecho de ser jurista. Experimenté en primera persona un fenómeno que ocurre todos los días y en el que, sinceramente, casi todos participamos de manera activa o pasiva. Esta Justicia relatada como si de un programa de minuto y resultado se tratase. Todo lo que ocurre en un tribunal, supuestamente bajo secreto de sumario y con una confidencialidad absoluta, resulta que está viéndose en tiempo real a través de los medios. ¿Por qué ocurre esto? Muchas de estas causas no existirían si no tuvieran ese público inmediato. Y eso es algo que el aparato judicial de la Audiencia Nacional y todo lo que le rodea fomenta. Los casos se construyen gracias a que hay un público general que demanda y está ansioso de tener esa información. Por tanto, es un mecanismo que se retroalimenta. Se crean casos, a cuál más mediático, que se difunden con las famosas filtraciones -filtraciones que, como explico en el libro, por mi experiencia y por muchos testimonios de abogados de gran prestigio, no existen: son documentos difundidos desde los órganos judiciales-. Todo esto va creando un estado de opinión, la famosa alarma social, que es el combustible que necesita el caso para sostenerse. Por tanto, hay mucho de artificio en todo esto. En el caso en el que yo me vi involucrado, la parte más extrema fue que se inició por una mera concatenación de conjeturas a partir de las cuales había que construirlo. Un caso que se fue construyendo cuando ya había arrancado y que luego había que nutrir para darle consistencia. Fue desolador, desde el punto de vista como jurista, comprobar cómo el sistema funcionaba de esa manera.
En este sentido, remarca la especial situación de la Audiencia Nacional, conocida también como la trituradora: jueces estrella, funcionarios que buscan medrar sin importar cómo y el famoso triunfo por 5 a 1 (investigo, querello, detengo, encarcelo y juzgo contra absolución).
Remarco que el libro no es un ataque contra ninguna institución. Lo dice además muy bien Don Luis María Anson en el prólogo y, es más, creo que he tenido una actitud respetuosa con los distintos estamentos. Pero sí es cierto que en algunos de ellos hay manzanas podridas. Esa del 5 a 1 es una anécdota que ha circulado bastante. Es un poco consecuencia del fenómeno de los jueces estrella, que creo que es lo que ha distorsionado todo y que inicia Baltasar Garzón desde la Audiencia Nacional – insisto mucho en la A.N. porque creo que el problema está ahí-. Los jueces son unos señores de los que hasta hace unos 25 años no conocíamos ni sus nombres. Se decía el juzgado tal ha acordado esto, la Fiscalía ha acordado esto… y ahora tenemos los nombres, los apellidos, las ideologías, incluso las orientaciones sexuales de jueces y fiscales. Además, no es que lo veamos en publicaciones jurídicas, lo vemos hasta en la prensa del corazón. Se han convertido en estrellas mediáticas. A ver qué ego se resiste a esto. Hemos creado una Justicia de pasarela en la que es muy tentador para el juez, para el fiscal, incluso ya también para miembros de los cuerpos de seguridad del Estado prestarse a esto. El público lo demanda y ellos lo ofrecen.
"El fenómeno de los jueces estrella lo ha distorsionado todo".
En cuanto a esto que nombra del ego de los jueces, indica en el último tramo del libro que una manera de acelerar el proceso, cuando ya todas las partes tienen claro que no hay nada, es “buscar una salida digna a Pedraz”.
Esa es quizás la parte más descorazonadora, pese a querer dejar una cierta sensación positiva y agradable al final de la historia. Que cuando uno cree y se esfuerza que está en posesión de la verdad y, contra viento y marea, lo consigue – con mucho factor de suerte también-. Ese pacto tácito con el juez, algo absolutamente deplorable, acaba dejando ese sentimiento descorazonador que comentaba. A nosotros la idea que nos trasladaban era que la salida digna tenía que ser para él. Te van llegando mensajes de unos, de otros… y te cuentan que esa es la única salida posible. Que no exijas responsabilidades personales por equivocaciones… puede pasar, al final todos podemos equivocarnos. Pero es que aquí hubo falseamiento de pruebas, muertos que firmaban, traducciones falsificadas, folios que aparecían y desaparecían… Un caso que se intentó construir y que en determinado momento se les fue de las manos. Nadie tuvo la valentía de decir “señores, nos hemos equivocado, cerremos”. Todo se acaba con esa fase de desgaste hasta que llega alguien y te dice “oye, está preocupado porque los investigados se pueden querellar contra él, vamos a ver si cerramos esto”. Es muy tremendo.
“Ante la falta de sociedad civil, el poder se crece”, escribe en el libro.
Soy de la opinión de que en España nos faltan muchas cosas para alcanzar un estatus de sociedad verdaderamente moderna. Siempre harán falta muchas cosas, porque es el motor para mejorar. Pero nos falta sociedad civil. No hay. Yo, como abogado, no tuve ningún apoyo. Tuve la más absoluta desidia y desprecio por parte de mi propio gremio. En petit comité había abogados que sí me hacían llegar su apoyo, aunque de manera indirecta porque había mucho miedo en quien se significara a mi favor. Por parte de las instituciones, el colegio de abogados, no tuve ninguno. Todo el mundo se puso de perfil.
"En España nos faltan muchas cosas para alcanzar un estatus de sociedad verdaderamente moderna".
¿Qué cree que motivó esta falta de apoyos públicos?
Esto merece una reflexión rápida sobre la Audiencia Nacional. A la gente se le olvida que fue un tribunal especializado que se creó en los tiempos duros de Eta y por ello tenía su razón de ser. La lucha antiterrorista requería de un cuerpo dotado de muchos medios, tanto económicos como de personal, y una estructura fuerte porque enfrente había un enemigo potente. Y ahí nace la Audiencia Nacional. Luego lo que ocurre es que no se gestionó bien esta cuestión. El terrorismo de Eta va decayendo y empiezan a tomar más cuerpo cuestiones contra la delincuencia económica. Un movimiento que se empieza a fomentar desde los distintos Gobiernos porque la AN es un instrumento bastante útil. El que no está en el Gobierno se incomoda un poco más porque puede tener en un momento determinado una Fiscalía y unos jueces en contra en el terreno ideológico, pero luego, en el turnismo que muchos piensan que vamos a estar, piensan “pues ya me tocará a mí”. Muchos utilizan la AN como una herramienta que es poderosísima, con recursos casi ilimitados y que además tiene muy buenas conexiones con los medios de comunicación. Maneja un entramado de poder muy fuerte, hasta el punto de que ellos son capaces de decir “vamos a por Fulano y luego le construimos el caso”. Yo no fui el único, ha habido muchos casos iguales, las famosas piezas de caza.
Una vez acaba la pesadilla, valora también el factor suerte de haber contado con recursos y amistades que le permitieron escapar de la trituradora tras comprobar durante su estancia en prisión que el sistema no es igual para todos.
Nunca he querido que la historia fuera el desarrollo judicial, la propia experiencia en sí misma o, ni mucho menos, el enésimo caso de Mario Conde, porque no era eso. Me interesaba mucho más del libro dar una perspectiva como espectador y observador. Hablé con muchos presos, me involucré en mi pequeño mundo carcelario y vi cosas tremendas. El absoluto fracaso del sistema penitenciario. En el libro está contado a través de algunas anécdotas, que son casos absolutamente reales, cómo el sistema no funciona. Hay gente muy culpable, execrable y peligrosa y hay gente inocente. Y también una categoría intermedia, como ese chaval de 18 años que comete un error en su vida, saldrá con 29 y la sociedad no le va a dar una oportunidad de reinserción ni de nada. Se convertirá en un apestado. Estar en una rueda de constante espera y muchas veces con abogados de oficio. Sí, la suerte paradójicamente fue ser parte de un caso mediático y tener recursos, tanto humanos como económicos, para encontrarte en una posición de defenderte con los mejores penalistas de España. Es descorazonador pensar que la mayoría de presos no cuentan con esta posibilidad y pasan a lo mejor dos años en espera de juicio olvidados de todo el mundo.
"No existe la reinserción. Es un sistema anacrónico en el que hay gente que se ha destrozado la vida siendo perfectamente recuperable".
Usted no se cansaba de presentar escritos de quejas y denunciar malas prácticas en la Audiencia Nacional. Sin embargo, le trasladaban que sólo moverían algo si era Mario Conde el que mandara el papel. Daba la impresión de que les importaba poco su situación.
A mí me asignaron una participación absolutamente desproporcionada. Recuerdo en los primeros tiempos, viéndolos desde prisión, reportajes que hacía La Sexta con grandilocuencia donde confundían mi nombre y hasta usaban la foto de otra persona para referirse a mí. Había un absoluto desconocimiento sobre quién era yo. Pero volvemos a lo mismo, se estaba construyendo un caso en el que se me otorgaba un personaje de “muñidor” y “arquitecto” de la trama. Calificativos que salían de la Fiscalía y acababan en la prensa. Uno de los mensajes que quiero transmitir con el libro, más que un ataque, es una denuncia. Denunciaría la absoluta indignidad del sistema penitenciario. No tiene sentido que se esté debatiendo de inteligencia artificial cuando al mismo tiempo usamos un sistema punitivo medieval. A este señor lo entierro, lo aparto de la sociedad y ahí se queda para que purgue sus penas. Y una vez arrepentido, ¿cómo hacemos para que salga? No hay reinserción. Fue muy triste para mí comprobar que no existe más allá de cumplir unos estándares muy básicos con tal de decir que se hace algo por esta persona. Pero realmente no existe. Es un sistema anacrónico en el que hay gente que se ha destrozado la vida siendo perfectamente recuperable. He conocido a gente con habilidades para las artes, gente culta, autodidacta en muchos casos, y el sistema no hace nada por recuperarlos. Me gustaría que este fuera uno de los mensajes que queden.
En esos mensajes que quiere transmitir, especialmente a sus hijos, se refiere en una conversación con ellos a “la importancia de no rendirse jamás”.
Bueno, teniendo en cuenta que de mis tres hijos dos han acabado estudiando Derecho, no sé si estoy satisfecho con el resultado. Lo que les he querido legar es que, en primer lugar, pongan en discusión cualquier cosa, venga de donde venga. No como una mera rebeldía gratuita sino con criterio: analizar si es justo o no y, si no lo es, indagar por qué. Y cuando tengas la certeza de que algo es injusto, desde luego no hay fuerza que te pare. No te garantiza el éxito pero creo que es el deber de cada uno.
¿Fue doloroso afrontar este tipo de conversaciones?
En un muestreo rápido, de diez personas a las que les comenté que iba a escribir un libro, nueve me decían que no lo hiciera: “pasa página”, “para qué te vas a meter en líos”, “esta gente es muy vengativa, a ver si ahora que has pasado todo esto te vas a meter en nuevas historias”… No hubiese sido capaz de enterrar deliberadamente esta historia, hacer como si no hubiera pasado nada. Sí, una tertulia de bar la podemos hacer todos y se critica a este o al otro, al sistema… Pero cuando nos toca directamente y no somos capaces de alzar una mínima bandera para decir que no se está de acuerdo con x y lo voy a demostrar… ese paso es más duro.
¿Represalias? No lo sé. Me lo planteé durante largo tiempo, lo medité y volví al punto de partida: con miedo no se puede vivir.
¿No teme que pueda sufrir esas repercusiones de las que le hablan?
Aunque cueste creerlo, pasé por toda esta historia a lo largo de tres años sin tener muy claro por qué estaba yo ahí. Las menciones que había sobre mí en los documentos de la acusación eran mínimas. Se me utilizó, siendo la parte más anónima, como palanca, como cuña, para hacer saltar a alguno de los doce investigados. Yo había sido el abogado de la mujer de Mario Conde y de sus hijos, nunca lo fui de él. La sorpresa fue que al final todo el mundo, sin que hubiera una coordinación premeditada, fue contando lo que sabía y se vio enseguida que el caso no tenía consistencia alguna. ¿Represalias? No lo sé. Me lo planteé durante largo tiempo, lo medité y volví al punto de partida: con miedo no se puede vivir. No me he inventado nada, lo que cuento es absolutamente cierto. Si yo voy y lo cuento, quien debería tener el problema es quien lo hizo, no yo.
¿Su despacho se ha logrado recuperar a nivel laboral?
La situación fue complicada. Yo me dedico al mundo internacional y financiero, donde si algo produce miedo son estas cosas que dañan la reputación. El impacto mediático que tuvo este caso para una persona que nunca había aparecido en los medios, como era mi caso, fue absolutamente desproporcionado. Tuvimos unos años duros que nos llevaron a hacer una labor individual, cliente por cliente, uno a uno, contando cómo se había cerrado el caso y qué había detrás de todo esto. Hubo gente que lo entendió y volvió a su nivel de confianza habitual y hubo gente que no y se fue. El problema es que hoy en día, en el mundo de internet, se dice que ocurren tantas cosas a diario que una cosa tapa a la otra. Pero internet no olvida. De esto han pasado ya ocho años, pero vas a un buscador y te aparecen todas las noticias. El derecho al olvido no funciona. A nivel reputacional arrastras una condena de por vida. Te lleva a la situación de tener que dar siempre explicaciones.
Vivimos en un mundo donde cada uno, si se equivoca, tiene una responsabilidad. Sin embargo, nos hemos acostumbrado a que si los jueces se equivocan, aquí no paga nadie.
¿Cómo se encuentra la situación en cuanto a las reclamaciones e indemnizaciones?
Después de tres años, sigue sin pronunciamientos todavía. La reclamación por mi parte se basaba en que sí, ustedes llevan una investigación y yo estoy obligado a aguantarla. Bien. Pero lo que yo no estoy obligado a soportar es que si una investigación es secreta, un juez suba a Twitter un auto que yo como investigado no podía conocer. Y resulta que ya lo conocía toda España. A partir de ahí, insisto en la difusión absolutamente dañina del caso. De unas actuaciones que, remarco, el propio juez había declarado secretas. Si lo es para los perjudicados, no puede ir él y sacarlo en redes sociales. La mejor manera que tenía de enterarme de cómo iba mi caso era sintonizar a las ocho de la mañana cualquiera de los programas de radio. Sabían más que yo, disponían de información que yo no podía tener. El Consejo General del Poder Judicial emitió un informe, que es preceptivo en estos casos, diciendo que no está demostrado que esto fuese así. Estoy esperando sentencia, aunque no tengo ninguna expectativa positiva al respecto. Pero es lo que tenía que hacer. Vivimos en un mundo donde cada uno, si se equivoca, tiene una responsabilidad. Si es en el trabajo, tienes una amonestación de tu jefe o un despido si es muy grave; si das un golpe a una farola, pues la tendrás que pagar. Sin embargo, nos hemos acostumbrado a que si los jueces se equivocan, aquí no paga nadie. Va a un cajón de la Justicia y esta después de muchos años te dice “esto es lo que hay, es su deber soportarlo”. Y esto no puede ser así.
Inocente
"No se arrepentirá el lector que se adentre en este libro escrito con ánimo testimonial, al poner negro sobre blanco, experiencias vitales, desoladoras y descorazonadoras". Luis María Anson, de la Real Academia Española.
Sello: Editorial Almuzara
PVP: 19,00 €
ISBN: 978-84-10520-40-0
Páginas: 248
Tamaño: 15 x 23 cm
Encuadernación: rústica con solapas
Publicación: 01/03/2024