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TRIBUNA

Mecenas, I (Trece párrafos razonados y una certeza)

domingo 31 de marzo de 2024, 18:27h

Mecenas, I (Trece párrafos razonados y una certeza)

1- A los grandes mecenas se les presupone un espíritu sensible y noble pero, para Nietzsche -a punto de internarse en el desierto de su pensamiento- habrían pertenecido al grupo humano contrario, el de los innobles y 'poco viriles', atentos a bagatelas que distan del 'ser en sí del mundo'; interesados en pura 'apariencia' inconsistente. Así de afilada fue la cuchilla crítica del positivismo natural sobre la carne 'metafísica' del arte. Espero que mi uso de los clásicos no sea en vano y me ayude a trazar un perfil consistente, lo cual no garantiza que sea interesante.

2- ¿Cómo pensar en un verdadero mecenas sin un interés humanista? Un compromiso ético sería un ingrediente importante y mucha mundología otro, sin olvidar una dosis justa de idealismo. Hubo mecenas ciertamente rapiñeros, como fue el cardenal Farnesio con Tiziano, que fue muy bien tratado por Felipe II, mucho mejor que El Greco. Hugh Thomas, quien no considera que el monarca español fuese un gran hombre, por no haber conocido bien su mundo para poder haberlo cambiado oportunamente, sí lo estima hombre culto y gran mecenas. El propio Cervantes denostó la política internacional del monarca español. Con su hijo, Felipe III, le fue algo mejor al 'manco de Lepanto'. Sólo posibilitando -cuidando- la existencia de los artistas como factor necesario es posible gozar de su fruto y, con él, de la grandeza de una época. La grandeza artística del reinado de Felipe II la 'contorneó' Tiziano, a quien Miguel Ángel achacaba precisamente ser torpe de contorno. El mecenas posibilita, anticipándose, que algo SEA (visiblemente) algo que ya ES (verdaderamente). Se adivina en el mecenas una consideración de la felicidad como núcleo fundamental del progreso, mente adelantada en la línea del pensamiento lógico -¿pre-utilitarismo cultural?-, casi tanto como la ciencia lo sería para la descarnada Ilustración. Hablamos de un progreso lento, según nuestro concepto desquiciado del tiempo, y relativamente advertido más allá de las clases altas.

3- Para los racionalistas la creación artística no podía seguir viviendo de metafísicos telones de fondo ni divinas inspiraciones, cuestiones relativas al orden de lo meramente intuitivo. Según estos, el hombre se engañaba; todo era producto de su mente, sin más. Pero para ser mecenas se supone una firme voluntad que aun cuando no se incline hacia una idea de lo sublime a través de la fe, debería estar sublimada por una determinación moral o imbuida de una ensoñación espiritual. Todo ello acabaría plasmándose en las cortes europeas en alegorías imperiales y escenas de gloria terrena con vocación olímpica, como las que María de Médicis encargo a Rubens. La Iglesia sustituyó felicidad progresiva por fe eterna y en las tierras del Imperio español americano recreó el paraíso. En el XX, los muralistas mexicanos, con mecenazgo comunista, pintaron la 'gloria' productiva de los individuos para los individuos como individuos... Arte de la entelequia social de una calidad pasmosa. Desde la llegada del positivismo se trataría de echar por tierra toda trascendencia.

4- El mecenas altruista pertenece a una época precapitalista e idealista; el optimismo del poder estaba en alza y las minas de Nueva España y Perú lo costeaban: la riqueza como combustible flamígero ilusionante. El mecenas edifica sistemáticamente; el coleccionista atesora. Cada cual sabe lo que quiere y a quién lo dejará. Coleccionistas ha habido tan dispares como don Luis de Haro y Hermann Göring. El mecenas y el coleccionista pueden compartir un épico fanatismo, pero el primero es, indefectiblemente, un factotum altruista; al margen, puede ser alguien con una visión más o menos práctica. Un rasgo común de los mecenas es su carácter generoso, en consonancia con su espíritu altruista, por el cual no sólo no escatiman ni regatean sino que gratifican, al margen de valoraciones prefijadas (Felipe IV). Su magnanimidad está en consonancia con su locura, aunque podríamos pensar con Gracián, que también tuvo su mecenas, Lastanosa: 'Antes cuerdo con los demás que loco a solas'. El mecenas hace locuras para él y para los demás. Los envidiosos acechan... Cuánto hubiese dado Cervantes por entrar en la embajada napolitana del Conde de Lemos, su protector... Y cuánto ganó el mundo con la decisión del celoso Argensola de dejarlo en tierra... ¿Cervantes cortesano?

5- Podría representar el mecenas un perfil humano extraño, escaso o erróneo desde el punto de vista de la lógica rentabilista, pues sus intereses se circunscriben al terreno metafísico de una voluntad filantrópica, que en épocas pretéritas era algo por descubrir, cuando no pragmáticamente 'innecesario' y, más tarde, casi siempre conlleva unto político. Los poderosos y los parias no se conocían los unos a los otros 'psicológicamente' hablando; se trataba de grupos excluyentes: los primeros no sabían lo mal que vivían los segundos y éstos pensaban que los primeros eran malos sistemáticamente. La guerra sí que fue siempre necesariamente asumida por el poder y soportada por los parias... ¿Fueron recompesadas la lealtad y valentía del soldado Miguel de Cervantes?

6- Pero no es cierto que el mecenas maneje conscientemente factores tan contingentes, pues la historia parece avanzar con voluntad lógica -mucho antes de nacer Frege que es quien permite demostrarlo-, y tanto en el Renacimiento como en el Barroco el arte demostraba cierta validez práctica: política, diplomática, divulgativa o cínicamente propagandística. Sería oportuno recordar un sólo ejemplo: el retrato que George Gower pintó de Isabel I de Inglaterra, por encargo de la soberana, hundió en la miseria el orgullo español al refregarle por los morros la debacle de la Armada Invencible. Tuvo su efecto estratégico.

7- De los mecenas podría decirse que amaban y aman de alguna forma la verdad, si no la del ser, la del narrar. Los que giraban en torno al mundo clásico en expansión -pongamos de nuevo a Felipe II- consideraban el arte una representación aparentemente necesaria de la verdad, aun más verdadera a través del arte como espejo, capacitado para 'reflejar' (reflexionar). Ciertamente, se reflejaba más de lo que había, o menos, como ocurre ya en El matrimonio Arnolfini, de Van Eyck, con el Renacimiento a tiro de piedra; también a través de la narración escrita, del lenguaje, la vida y la historia eran 'verdaderamente' sublimadas, hasta que la filología comparativa comenzó a depurar la confusión añadida a los textos ancestrales: el efecto purificador del conocimiento que halagó el positivismo y ya apuntó el pasado: 'Más valen quintaesencias que fárragos' (Gracián, siglo XVII)

8- Ha habido mecenas modernos y contemporáneos substraídos a la realidad aparente que me llaman orgullosamente la atención por su indubitada apuesta abstracta. Aman la verdad de la creación como 'cosa en sí', desconocida su significación en abierto, exceptuando al autor, y presentida e intuida por nosotros una vez hemos experimentado la asunción de la obra artística: cosa dotada de un rango intelectual latiente, pero cosa al fin. Siguiendo en la onda empirista, Wittgenstein -cuyo padre fue mecenas de Egon Schiele- decía que la verdad deberíamos amarla siempre, pero que suelen amarse otras cosas.

9- Para cualquier espíritu elevado el arte es algo más que una apariencia. Aun cuando muchos compran arte porque les divierte, lo normal es experimentar frente al arte un sentimiento, una emoción o la mecha de una idea que esponje en pensamiento; eso de mirarlo sin más, como dijo Baselitz, es otra opción. Algún arte ha pretendido impactar en el sistema nervioso; otros, ambientar sin más. Cada arte arrostra sus opciones legítimas, pero hay que descubrir una verdad libre cuando no se recibe de golpe. Klimt, quien, por cierto, tuvo grandes mecenas (mayoritariamente judíos), enunció: 'A cada tiempo su arte, a cada arte su libertad'.

10- Ha debido haber incontables perfiles de aficionado, pero todos compartirían la adopción consistente de un rango afín con las obras de arte de su elección; muchos, una mímesis sensible; otros, hasta una asunción de lo físico proyectada como poder metafísico, superior respecto a los órdenes naturales del ser. Así se puede sentir el arte, aunque para Nietzsche se trataba simplemente de un autoengaño: 'El hombre moral no está más cerca del mundo inteligible que el hombre físico'. Se asesinaba con ello el concepto Kantiano.

11- Cuando el espíritu se cansa del arte, la presencia de éste se materializa por completo, pierde su significación 'elevada'. También por exigencias materiales apremiantes o por haber pasado el arte a manos de herederos, personas a las que les viene un 'tesoro' que no han elegido. En esos momentos se debe recordar que el arte, aun careciendo de prestigio e interés para quien lo hereda, no es un sofá, aunque haya sofás primorosos. El arte encierra una potencia inteligente y debe tener una consideración digna, pues es materia intelectual nacida de una voluntad poética no reprimida, por cuanto se ha manifestado, lo mismo si evidencia ingenuidad.

12- El mecenazgo que se hace a fondo perdido es el auténtico, pero no halla razones necesarias que justifiquen la inversión cuando es de índole privada, sólo caprichosas o peregrinas. En principio puede ser tan injustificable para terceros (perjudicados) como un acto criminal. No habría para estos justificaciones racionales para emprender ese acto, sino puro instinto; sí coartadas morales en el caso del mecenas, además de la justificación en conciencia -la suya- de una acción -¿hábito?- que identifica como aporte beneficioso, cosa que él ya ha experimentado. Pero alguien emparentado ganancialmente con él, que conociese sus intenciones 'derrochadoras' reaccionaría exclamando: ¡criminal, ha dilapidado nuestro capital en algo innecesario!

13- A decir verdad, los recursos financieros son apostados por el mecenas con objeto de una 'edificación del mundo', así lo considera éste en un puro gesto metafísico -espíritu del mundo-, asumiéndolo como una ganancia de índole edificante -virtud- y vinculante -comunión-; hemos dicho que el mecenas se mueve por una voluntad social o política, consciente de contribuir a un valor a disfrutar por el conjunto de la sociedad o, al menos, por un amplio grupo social; añadamos una voluntad espiritual o religiosa en todo el apoteósico mecenazgo ejercido por la Iglesia. Esta inversión 'injustificada' y 'malgastada', a tenor racionalista, terminará dando frutos materiales en la cuenta de resultados del Estado (social), tan cuestionado moralmente, por otra parte, por los ilustrados en garantías de libertad. En el caso de la Iglesia, como mecenas, el valor del patrimonio artístico no sólo es físicamente inconmensurable sino espiritualmente rentable para la eternidad (Spinoza: sub specie aeternitatis). Resulta que los mecenas casi siempre fueron visionarios. Estos parágrafos contienen razonamientos particulares, con algunas citas y alusiones históricas.

Quiero terminar con una certeza: La libertad de juicio del hombre respecto al mundo y los fenómenos garantiza nuestra libre determinación respecto al arte. Estamos liberados, como individuos -no así el sistema- de todo compromiso -esclavitud- de tener que sublimar o menospreciar el arte sistemáticamente. El sistema se venga de esto manipulando la pequeña historia presente, inmediata; la Historia grande, holística, es más difícil de falsear. La libertad permite a cada hombre considerar el arte como a él le plazca, por encima de imposiciones del sistema y del mercado, personales o sociales, y le permite declarar su parecer sin miedo ni vergüenza a ser considerado indigno o ignorante. En este sentido el hombre es más libre que el sistema, que actúa -acción pública- más allá del ámbito de la opinión y la reflexión. El sistema tiene una obligación ética con el arte.

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