A mí me parece que en los últimos tiempos el arte ha perdido mucha capacidad progresiva -no digo progresista-, y ha mostrado una creciente inferioridad revulsiva, que no violencia en expresividad formal. La progresión y la revulsión son inherentes al arte como factores de dignidad presencial y supervivencia; cuando se habla de arte se habla sólo de arte, no de material impostado. Sólo el tiempo es juez capaz.
La revulsión del arte es ajena a ideologías y convicciones políticas. Aunque el arte se implique o sea utilizado, contra lo que se rebela el arte es contra sí mismo... Contra su anquilosamiento, redundancia, mimetismo o formulación excesiva, esos abismos en que caemos los artistas; no son simples baches. La progresión es voluntad de futuro y actualización. Que el arte actúe progresivamente es que sepa segregarse de toda acomodación histórica; no que traicione a la historia. Cuando se comporta revulsivamente es que se arranca en sus propias raíces para trasplantarse y regenerarse. Se rebela contra su estado involutivo. A veces, la evolución se manifiesta sutilmente. Pero son factores necesarios.
Ahora el arte ha sido vigilantemente reconducido, pastoreado, por el sistema, que lo ha derivado a prados de adecuación y atontamiento. Pronto se hablará de retaguardias históricas, lo mismo que a comienzos del XX se habló de vanguardias. Se necesitan mecenas, o más mecenas ; al menos más que adjudicadores y bruñidores.
A mi modo de entender, el mecenas se pone, por voluntad propia -'ojo vivo', objetivo amor al arte-, al servicio del artista con una intención no del todo desinteresada, aunque su ilusión carece de efectiva o pronta apuesta material, pues precisamente cree -sabe- que el arte es especie con una vocación objetiva y eterna (sub specie aeternitatis). Alguien terminará recogiendo unos beneficios de distinto tipo del que al mecenas interesa; esto le vincula con la sociedad y con la historia salvándolo como 'ninot indultado' en una sociedad que se desentiende del arte a pasos agigantados y se inmola en hogueras verdaderamente banales.
Suele ser compromiso del mecenazgo, más allá de suministrar fondos al artista, actuar como agente que posibilite las acciones necesarias que echen a rodar o logren encaminar lo mejor posible una carrera. Esa cierta Téchnē -Heidegger- posibilita que las cosas ocultas de la voluntad humana se desvelen -sean posibles en saliendo a la luz- por un principio de necesidad humana que resulta lógico para determinadas -pocas- mentes y termina por serlo para el sistema cuando logra hallarle una rentabilidad. Pero el derecho al desvelamiento no debería de encontrar en principio tantas obstaculizaciones. De esto me hablaban mucho dos mujeres: la artista -excelsa dibujante- Ana Sánchez Triano y Carmen Picón Moreno, hermana de Francisco. Y, sin embargo, la ocultación es el arma mortífera del sistema.
El asunto es si el sistema actual piensa acaso -como mínimo- en la rentabilidad futura del arte presente, que es toda la metafísica que podríamos esperar de él, pues desecha a los artistas como desecha a la gente que le estorba (pueblos enteros); a los artistas que han sido elegidos para ser desechados. Ciertamente, daría hasta rabia importar a un sistema que no salvaguarda a los niños como debiera, los cuales deberían estar más protegidos que los museos.
Respecto a la voluntad de dar a conocer lo todavía oculto -lo mío oculto- la encontré ya en la adolescencia en personas que me ofrecieron soporte físico e intelectual; de alguna u otra forma, vinieron a afianzar mi vocación con una voluntad firme, la de materializar un ideal abstracto que sentían como algo suyo y de todos; así lo percibí. Siempre hablaban de futuro, pues el presente es rédito de la voluntad del pasado; y el arte, voluntad para el mañana, cuando los obstáculos hayan desaparecido. Sus nombres están repartidos por mis textos. Las instituciones, las menos.
Hoy voy a recordar a un dominico, de Tomelloso, Pepe Berlanga, quien, sabiendo del incendio que habíamos padecido en 1995, movió cielo y tierra por decisión propia para que mi obra se reactivase después de haber entrado en un bucle abismado y me animase yo con verla expuesta en mi entorno inmediato, empezando por Jerez de la Frontera. El jerezano Rafael Gómez Bermúdez posibilitó, con el altruismo de sus conocimientos técnicos, que se editara mi libro Las manos manantiales con unos costos tolerables para las instituciones y empresas patrocinadoras.
Gracias a esto eché a rodar de nuevo. Esta segunda etapa de mi recorrido profesional se cerró en 2015, después de veinte años, con el prematuro fallecimiento del spezzino inolvidable, Alberto Rolla, el mismo día de Navidad. Aunque yo ya dibujaba y pintaba de niño, como mi amigo Roberto González Casarrubio. Y volveré a exponer de mayor, cuando los cielos decidan... Luis María Anson me advirtió pronto de que la pintura es una larga paciencia.
Para terminar me apetece contar un par de anécdotas felices sobre uno de mis mecenas. Corría el año 2001 cuando recibí la llamada de Rafael Román, entonces presidente de la Diputación de Cádiz; la institución poseía un cuadro mío que Rosa y yo habíamos donado en 1992. Me comunicaba que yo había sido elegido para realizar el cartel que venía conmemorando anualmente el aniversario de la Constitución de 1812; el mío glosaría, en 2002, el 190 aniversario de la misma. Me advertía, con franqueza, que aunque le tocaba a él comunicármelo, la propuesta había sido elevada por el vicepresidente, Francisco González Cabañas.
Pues bien, al llamar yo a éste último para agradecerle tan inopinado gesto, pues no nos conocíamos, me refirió que la mecha del encargo que se me estaba haciendo la había encendido el empresario belga y coleccionista Bernard Devos, el cual ya poseía varias obras mías y le había dado excelentes referencias de mi trabajo. 'Siempre está hablando de tu obra, se lo debes a él', me dijo González Cabañas. Meses después, cuando desembalamos el cuadro, Rafael Román se subió a una mesa y, marcándose un simpático zapateado, exclamó: ¡Olé, esto es lo que esperábamos! Pero yo no había dicho ni pío de cómo era el cuadro hasta ese momento... Los medios se volcaron; Luis María Anson le dedicó, en Madrid, un generoso eco a la presentación del cartel, como ha hecho con mis cosas en tantas otras oportunidades.
Justo un año después, Bernard Devos se hizo cargo económico del cartel anunciador de la XII Fiesta de la Independencia de Benalup (Casas Viejas), de mi autoría, cuyo original al óleo adquirió. En aquellos años, colaboró económicamente en la edición de varias de mis publicaciones, entre ellas 'Couple', el catálogo de mi exposición en Gante. 'Tus cuadros me dan mucha felicidad' me repetía incansablemente. Un día me llamó entusiasmado: "Tienes que saber algo que me ha dicho Alfredo Pérez Rubalcaba: 'Diego es mi pintor preferido'". Pepe Cavero me refirió lo mismo más tarde, en su casa de Somosaguas. Yo nunca supe qué hacer con eso...
Bernard Devos no fue el único que me honró con su mecenazgo durante años. Que conste mi gratitud.