María Blanchard nació -lo dicen siempre- el mismo año en que nació Picasso. Como él, fue artista, que es algo más metafísico que ser pintor, escultor o pianista; no superior sino inasequible a voluntad. A diferencia de él, nació físicamente limitada, mujer y cántabra de Santander. Aunque el malagueño tiraría al norte, como la cabra al monte; María, tambi
¡Pobres huesos los de María!... ¡Pobre esqueleto torcido de nacimiento, cargando con su alma a cada paso trastrabillado! Pero acarreándola no estaría solo una kiphoscoliosis grave; a Dios gracias, María contaba con una inteligencia sin fisuras. Su cerebro debía conocer su tragedia desde antes de nacer; ésta sobrevino por no haber sido su madre lo bastante avizora con su embarazo. El resentimiento se le iría acumulando y le reventaría, verdecido, entre las manos.
Ya todo le vendría a trasmano, y las guantadas sin mano del prójimo, una tras otra. Por su deformidad desde pronto le tiraron mofas a la cara... Perrerías. Pero ella fue valiente y artista, por encima de todo, que es una virtud que puede mutar de repente en condena; por una guerra, por ejemplo, o por una crisis, como dijo Virginia Woolf. Su infancia fue triste y agresiva. La violencia era otra cojera a exorcizar: la de los desalmados... La suya propia, rumiada, excrecida artísticamente, el escultor Lipchitz se abrumaría al sentirla.
Al pasar de los años, su suerte y su talento rozaron, aliados, con lo milagroso: la venturosa aventura y sus protagonistas particulares: Diego Rivera, Angelina Beloff, Juan Gris, Vicente Huidobro... ¿Quién hubiese dicho que sería la verónica de tal apostolado? Muchas veces, amenazándola tormentosamente el destino, hubo de lidiar con la soledad más desventurada... Se le revivirían los monstruos muertos de su malhecho armario corporal.
Fue María una de esas mujeres que aprovisionan de destino a los extraviados y de sentido a los listos. Ramón Gómez de la Serna, de vocación vanguardista 'unipersonal', alucinó con aquella talentosa chica a quien retrató como 'varonilmente maligna [...] maravillosamente maligna, quimérica y secreta'. Dicen que lo maravilloso es parte de la realidad, pero con otras reglas... También la malignidad... Cansinos Assens, otro aquilatador vanguardista, mostró su propia 'preocupación' por la masculinidad de Sonia Delaunay, enmascarada en el personaje de Modernuska en su obra El movimiento V.P. Y eran hombres de mundo...
En el siglo machista, clasista o, simplemente egoísta, la joven Blanchard medró cuanto pudo y supo en una selva artística de hombres.
En los primeros años del XX, Manuel Benedito le moldea en Madrid un ojo naturalista. De habérsela encontrado años después, le habría sembrado una inclinación 'cosmopolita y sofisticada' -Ana Arias De Cossío-, pues el río nunca es el mismo. Pero también María sería de mundo.
En París, Anglada-Camarasa y Kees Van Dongen le inculcan un amor cromático por la sensualidad femenina -esos ojazos de mujer...- y una especie de gracia; con los años, derivaría en gracia taciturna, entumecida, pero siempre gracia. No tenía la Blanchard en sus presupuestos temperamentales lo que Francesc Fontbona llama 'el ansia barroca' de Anglada por 'lo recargado' y, en pocos años, y sincretizando el modo de mirar, llegaría a hacer el mejor cubismo sintético del siglo XX. Llegaron a saberlo Apollinaire y los hermanos Duchamp... Y Rivera y Gris y Lipchitz... Y Gleizes y Lhote y Metzinger... Todo el Grupo de Puteaux.
Expondría en la sala dorada del cubismo del Salón de los Independientes, en París, en las décadas de 1910 y 1920. Dicen que el marchante Léonce Rosenberg sacó partido de su precaria situación cuando perdió la vía de su sustento. En los albores de la década de 1930, cuando el arte tomaba querencia al orden, se apagaba la vida de la gran artista española.
¿No es evidente que Blanchard deja en pañales a algunos de sus colegas masculinos en audacia compositiva? El tiempo que sintetiza María en su cubismo es plano y se mide espacialmente, no formuladamente, y de aquella forma es como ha de ser, lógicamente.También despliega una facultad colorista que es sabia y original; en estos terrenos es maestra y rebelde activista a la par.
Asombra cómo María Blanchard asimila a partir de 1912... 1916... el reto vanguardista. Es cierto que su curriculum biológico es en sí rupturista de la normalidad, quebrado desde la cuna; el desprecio que sufre como niña y adolescente le propicia casi una ideología radical personal, 'unipersonal', pues no abunda su caso particular. María vino con la rebeldía engastada en el esqueleto: ¡santa María Blanchard de la irreverente voluntad vanguardista! ...Invocando aquí el espíritu de Colita. Sorpresivamente, la síntesis cubista le ofrecerá a María una sedación armoniosa. Gertrude Stein decía que el Cubismo trajo diversión a Picasso.
Blanchard flanquea los años cubistas parisinos con años figurativos... Casi los entrelaza. Si la cubista es sintética, la figurativa es tétrica y frenética, con perdón. Pero en ningún momento destruye del todo el ideal como principio, no lo vuela por los aires; sólo voltea la realidad, la desjarreta, la deslavaza como un títere manteado, para poder enjaretarla en planos. Le saca un jugo de sabiduría ideal al cubismo que resulta amargo en la figuración. Es una vanguardista ilustrada, inteligente... Poliédrica... Se ha afrancesado sin saberlo y en Francia morirá, como Goya y Picasso. España la ignorará todo un siglo.
La pulsión destructiva, que es principio constructivista, es necesaria para el vanguardista. El preclaro G. K. Chesterton estableció un paralelismo entre el artista y el anarquista, en los años entre el advenimiento del Cubismo y del Futurismo, recién estrenado el Siglo XX. Pero Blanchard conserva intacta su media alma figurativa y anatemiza la ideología... Su independencia, al menos, tiene buenas hechuras.
El ideal clásico como principio de orden y equilibrio sobrevive en su mente: 'Lo bello es esplendor de lo verdadero' es una sentencia platónica. Esplendor geométrico; forma pura... La frente de María sería un jardín interior con setos y albercas ideales.
Cuando María re-monta las formas que Picasso y Braque habían des-montado y 'confundido', en una sala de espejos resquebrajados (Cubismo analítico), lo que busca es rehacerlas idealmente en un espacio nuevo, inédito, intuido por ella; por eso mismo eligió la síntesis al análisis, por un ideal de representación no científico y por un insobornable buen gusto propio. Lo que ella intuye en el Cubismo existe en algún lugar del cosmos y no lo intuyeron los otros, no exactamente igual; ni siquiera Juan Gris. Es intransferible.
Se trata de la apuesta más poética de toda la vanguardia, sin las fórmulas experimentales que alumbraron el prólogo analítico y sin los rudimentos mercantiles que facilitarían las secuelas contemporáneas; Ambroise Vollard reconoció lo mucho que costó vender el Cubismo (incluido Picasso); la misma Blanchard sufrió lo suyo cuando perdió a su mecenas.
En el Cubismo sintético solo existe conciencia ideal, planimetría y color... No hay crítica ni psicología. No hay discurso narrativo ni afán científico, y la objetividad está espacializada. Tal vez por ello no fue tan popular como el Surrealismo; no llegó al cine... No llegó al pueblo.
La pintora española supo batirse el cobre en un terreno descampado en un tiempo desabrido. El Cubismo sintético fue una 'alma mater' para ella, una institución -aventura- de conocimiento más que un método pictórico; re-escribe sus reglas a cada paso que agota, y cada paso es cada obra. Fue una vanguardia para artistas, y sigue siéndolo.
Geométrica también en su estructura composicional, su figuración no retrata la vida en su tedioso 'tal cual', sino en sus consistencias y dolencias dramáticas, afines con su aventura personal y su capacidad intelectual. Blanchard acuñó una figuración medio gótica, medio mágica, que pudo influir incluso allende el Atlántico -me bullen en la memoria los casos-, pues, según Ambroise Vollard, los cuadros iban y venían, revendidos sin parar.
Son inmanencias representativas tradicionales imbuidas de una trascendencia y una luminiscencia contemporáneas. Su figuración es víctima de una latente deshumanización, por el empobrecimiento espiritual sufrido, y no solo por la pintora. Aquello que inflama lo puramente material y representa una cualidad dramática intelectual es algo a lo que se refirió Antonín Artaud allá por la década de 1930.
El drama era consustancial a Blanchard. Sus figuras viven apresadas en ambientes paranormales, más espiritistas que espirituales. En sus retratos dobles y en sus maternidades fluye la energía fluorescente y melancólica de una objetividad nueva y lúgubre. Su flúor agraz no se ha disipado ni ha escapado por los resquicios de su obra durante todo este tiempo a caballo entre dos siglos existencialistas; sigue ahí, activo, actual, concordante con nuestra asfixiante realidad, un siglo después. Se presume que a su iluminación no habrá que cambiarle nunca el cebador, a tenor de la desesperanza.
Cuando María Blanchard fallece, en 1932, no hace mucho que ha muerto su mejor amigo y sustento, y acaba de irse, también, Juan Gris, quien tanto creyó en ella; estaba a punto de caer la República de Weimar y llegaba lo peor...