Cuando conocí en persona a Jorge Castillo, a comienzos de este milenio, rondaba los setenta años. Prodigaba juventud; era un pintor joven -su obra de entonces lo atestigua- a punto de pasar bajo el arco de un venerable triunfo, el de mantener vivísima su vocación, esto es: su voluntad. Éxitos ha cosechado una infinidad a lo ancho del mundo, a lo largo de su laboriosa vida, pero él presume de aquilatarlos en una balanza humanista: para él lo que más pesa es su familia.
Llegó en animada conversación con César Galicia; juntos componían un redoblado canto a su tierra natal -la de Jorge-, por al apellido de César, y porque Castillo nació en Pontevedra, en 1933. Ambos, el pinturero galaico y el 'pinturicchio de Nueva York' -así me firmó César su catálogo de la Staempfli- vivieron y triunfaron en la ciudad que nunca duerme.
Con su media melenita blanca y sus pantalones de cuero negro, Jorge Castillo parecía el sexto Jethro Tull, la legendaria banda de rock progresivo; de hecho su pintura huele a flauta travesera sintetizada y a folk magnético, del mismo modo que la de César Galicia huele a benzina y linimento. El fruto de esta sinestesia lo lanzo por aquello que el pintor gallego escribió una vez sobre cuartillas sueltas: que era necesario recuperar el olor y el sabor de las cosas que pintamos... Unido al razonamiento que hizo Yolanda Quirós sobre el arte de Castillo: 'tiene un soporte rítmico que le asemeja a la composición musical'. No he leído muchos textos dedicados a un artista tan bellos como ése.
Pues bien, si Shostakóvich hacía un neoclasicismo con los nervios formales rotos, Castillo hizo desde muy pronto un manierismo estructuralmente chocante y espacialmente dinámico: algo también muy distinto... Muy desquiciado.
Virginia Woolf aseguraba que las artes guardan un estrecho diálogo. Con esta coartada y hablando de neoclasicismo, veo que Jorge Castillo, como el gran Molière -salvando todas las distancias-, se ha guardado de cualquier 'preciosismo ridículo', estético y sentimental: clasicismo sofisticado, vicio académico... ¡Qué envidia! Es un pintor sin estigmas. Otros vicios capitales, como el culto al autobombo, no le han rozado nunca; no en balde, dijo Castillo que el arte (tan solo) es un sucedáneo de la vida; al igual que Rilke, ha fomentado siempre el puro amor como mecanismo creativo... Así de sencillo.
Para él, el Cubismo fue una revolución que comenzó con Giotto di Bondone, allá por el Trecento; aseguran que con esto se proponía epatar críticamente, aunque yo creo que como buen gallego no lo necesitaba. Bien está que recordemos que para Francis Bacon la mirada moderna había comenzado con Cimabue, por la misma época de Giotto, y la contemporánea, con Picasso; pero Bacon era un picassiano doctrinal que no revolucionó la forma, aunque sí el espacio; y Castillo, tampoco tanto... Confesó -eso sí- haberse emocionado mucho cuando falleció el genio español.
Castillo es un descreído de las rebeliones formales, la llave maestra de las vanguardias históricas exceptuando al sector psicoanalítico de las mismas -Dada, surrealismo...-, tan caro al gallego. Según él, las dueñas absolutas del arte, la libertad y la emoción, no pueden vivir entre rejas reglamentarias: ¡fuera el tiempo lineal! ¡Fuera el debate forma-expresión! ¡Fuera el debate de la línea y el espacio! ¡Fuera el combate del alma y la geometría! La pintura es un fenómeno de la visión hecha memoria y de las emociones que el artista se cobra en la experiencia... Sentenció don Jorge bajo la bóveda franca de su yo intrínseco.
A mí me interesan mucho sus estructuras domésticas -mesas, espacios 'amueblados', plataformas, tarimas...-, no tan intra-atómicamente equilibradas como aquellas naturalezas muertas dalinianas del método paranoico-crítico, pues el equilibrio de Castillo no es tan racional como emocional. Realmente equilibrado parece estar su propio deseo, que sabe arquear su figura en vaivén para sostenerse en el alambre. La crítica ha visto inestabilidad en sus composiciones y Quirós aludió a las 'huidas del pintor', ' la desaparición del artista'... Viajes mentales a lugares desconocidos.
Pero yo veo que Castillo llega a su pintura precisamente por un afán de estabilidad, en medio de una normal anarquía; por voluntad de sobreponerse a una crisis, o a una serie de ellas. Este afán acaba siempre en un acto firme -decisión contundente-: el de pintar... Y en pinturas de gran firmeza.
Cierto es que su 'realidad' tiene apariencia de escenificación 'milagrosa', o de espejismo, donde la tramoya de actuación queda invisible a nuestros ojos. Como si todo fuese resultado de un truco -especie de prestidigitación-, o como un prodigio que reclamase nuestra estupefacción, al margen de la voluntad del pintor. Pero esto debe ser cosa de su alma maga, de inopinados recursos surreales y manieristas.
Como hacedor de imágenes Castillo no muestra intención proselitista; es independiente; no utiliza racionales recursos de atracción... Es mentalmente informal... Anárquico, a priori; hemos dicho que sólo el acto de pintar le salva. Pensar en el proceso nos fascina; tal vez, incluso él mismo quede sorprendido, inocentemente, con la alquimia de su pintura. Como artista noble y auténtico, resulta siempre inopinado. No busca meternos en su chistera o entre las cartas de su baraja, ni revolvernos con su objetualidad espectral, trémula, incorpórea, barajada sin lógica... Pero ahí nos vemos.
Cachivaches inertes se alzan sobre cosificados conceptos o asuntos vitales que sólo él sabe y estos, a su vez, sobre frutos de una naturaleza casi mental... Los unos sobre los otros, sin escrúpulos de forma o importancia -sin responsabilidad-, en una escenificación prodigiosa que no se desploma aunque parezca estar a punto... Agotada, a veces, de mantenerse en equilibrio; otras, en un reposo intermedio.
'Junglas de objetos y de fantasmas' son sus bodegones, según Kosme de Barañano.
Me apasiona su mirada a Nueva York -años ochenta del XX-, skyline de una aventura por venir y por pasar, tal y como sólo puede ser sentida por un sabio errante oriundo del otro lado del charco; de ida y vuelta de la vida... Del hombre. Nueva York enroscada, reflejada en sí misma; gris plomo, gris ceniza... Concisa, recortada, enclaustrada, herida... ¡Nunca finiquitada!, aunque también Manhattan es un Finis-terre a su manera.
Castillo aborda las sombras de los rascacielos como geometría luminosa; lo consabido está muerto. ¡Fíjense...! Salía de su estudio en Broadway sólo para aprehender la vida de las calles... Nueva York como un prisma de líneas rectas que se refractan lentamente al atardecer (la curva es para él un tren de rectas consecutivas). El pintor nos legó los indicios de su arquitectura, los principios lineales que conducen al espacio, el suyo propio, abatido como un cuaderno de estampas, de interior japonés: 'scrapbook' de emociones y vivencias imaginarias... Dicen que poéticas o musicales.
Sus lugares son material subjetivo, ideal... Extrasensorial. Apenas estructura física, la justa para extenderle -untarle- toda humanidad transparente, bucólica, deshuesada... Paisajes de alma leve en una pintura desmaterializada... Una pintura como la idea de una pintura, como la idea de un espacio... Prodigioso volumen mental en una sola dimensión definitiva... Realidad reabsorbida en el lienzo como fibra propia... Amor solarizado. Dicen que como Matisse y como Utamaro... Sin duda como Castillo mismo en su hábito (solitario) y en su totalidad (contradictoria)...
'El castillo', 'El proceso', 'América'... Leitmotiv kafkiano el suyo -todo artista termina siendo juzgado; todo artista huye-, goyesco según Hiekish-Picard. Se va forjando 'Jorge Fortaleza' a fuerza de fortalecerse su soledad, su independencia, su individualismo, su 'sordera' frente a lo establecido... Jorge se fue haciendo más y más castillo ante la banalidad.
En su caja de herramientas y entre su hojarasca conceptual encontramos, antes que nada, las premisas fundamentales de su conciencia para toda conclusión final:
1- La línea debe impedir ser eclipsada por la luz que irradian los objetos y ser absorbida por la plenitud del espacio.
2- La línea nos conduce y nos introduce en el espacio pictórico.
3- Sin conocimiento, sin infierno, somos ángeles ciegos.
4- (Conviene repetirlo): el amor es el motor del arte y éste, un sucedáneo de la vida.
5- (Sin embargo): La contradicción y el caos son instrumentos poderosos en manos del artista... Todos, conceptos suyos.
Ha vivido y trabajado en Buenos Aires, Madrid, Roma, París, Berlín, Barcelona, Nueva York, Ibiza... Y en su Galicia natal. Los mejores 'connoisseurs' han valorado su arte y lo han incluido entre sus tesoros. Es uno de mis pintores preferidos: ¡salud y amor, Jorge Castillo!