A pesar de los avances en materia científica, cada vez más veloces y numerosos, el universo y la existencia continúan siendo un auténtico espacio en penumbra, pleno de incertidumbres. La naturaleza humana siente constante inquietud por lo que es y lo que le rodea, y esos sentimientos, tantas veces inexpresables, encuentran acomodo en el ámbito poético. En él, lo lírico va ligado a lo filosófico por cuanto lo que se menciona apela a lo trascendente. Si no hay verdadera preocupación no hay escritura y el individuo siempre necesita comprenderse y comprender, ahonda en ello. Deberá siempre existir lo desconocido, pues es lo que da sentido a la creación y a la vida. Lo mistérico, aquello por lo que vale la pena preguntarse.
Con La ingravidez que somos, el poeta Antonio Ríos (Málaga, 1987) responde a estos interrogantes formulando nuevas preguntas. Algo que sin duda estimula al lector, cómplice de temas tan fundamentales. Ganador del XI Premio Internacional de poesía Covibar-Ciudad de Rivas, el poemario ha sido publicado por el sello Vitrubio y se presenta como un auténtico regalo para los amantes de esta poética filosófica referida.
El propio título ya es toda una declaración de intenciones: lo ingrávido o fútil de nuestra existencia como paradoja frente a la materia de la que estamos conformados, de la trascendencia buscada por nuestra racionalidad e incluso espiritualidad. El autor quita “gravedad” a nuestra existencia mediante un existencialismo alejado de la carga intelectual de la escuela cristiana, agnóstica o atea, y que tanta fama le dio.
En la inicial “nota flotante a modo de introducción” titulada Teoría del todo, el autor explica el sentido de su obra de una forma clara y contundente. Por encima de lo determinado por los alquimistas medievales —“el fuego, la tierra, el agua y el aire” con los que explicar “los designios y patrones de la naturaleza”— o por la Física actual para ”decodificar los comportamientos que rigen y gobiernan la materia y el espacio-tiempo”, existe una “quintaesencia: el éter o energía oscura”. El poeta deja dentro de esta incógnita el verdadero sentido de la vida: “Existir acaso sea flotar, ingrávidos, como náufragos solitarios a los que mecen y guían dichos elementos, tales interacciones, los vientos del caos, la esperanza, el amor, la conciencia y la fe, hacia las orillas vírgenes de nuestros propios destinos”. Ellos serán los elementos que nos muevan y conduzcan, como parte del engranaje cósmico. Acciones y sentimientos impredecibles e inesperados, en buena parte.
Ese naufragio simbólico se encadena al que se enuncia posteriormente a modo de cita, obra de Dámaso Alonso. Un poema también sobrecogedor por cuanto conlleva de miedo humano hacia la soledad e incertidumbre: “Dime, si que me buscas. / Tengo miedo de ser náufrago solitario, / miedo de que me ignores / como al náufrago ignoran los vientos que le baten, / las nebulosas últimas, que, sin ver, le contemplan”.
La ingravidez que somos se divide en cinco partes, todas ellas con un subtítulo que remite a un verso fundamental de uno de los poemas que contiene cada apartado. Además posee un previo Momento cero o el peso con que cargamos. Éste se inicia en Sin título con un verso poderoso: “Lanza el destino sus dados”. Una alusión a Mallarmé —“Un golpe de dados nunca suprimirá el azar”— y a Einstein —“Dios no juega a los dados con el universo”—, dando a entender esta imbricación entre lo poético y lo científico como forma de comprender mejor las cosas. En una atmósfera enigmática, aparece todo un paisaje de elementos previos al desarrollo del mundo que conocemos.
Después, Primera interacción fundamental o geografías de escarcha nos presenta distintas historias con claro aire tenebrista, destacando como idea la crisis que asola el mundo, provocada por el individuo. En Y supimos del fuego, se plantea el descubrimiento inicial del fuego por el ser humano como el inicio de una “herida” en su historia que no supo “cerrar”. La naturaleza vendrá a cerrar el problema, pues el fin del universo vendrá amparado por sus manifestaciones: “tras nuestra huella, / el viento observa / paciente y mudo. Pero una tarde cualquiera […] será el gorjeo de una alondra / la última canción del mundo”. Con el título de Génesis, 3:24 se nos da una idea de la atmósfera del poema, pues en este pasaje sagrado se expulsa a Adán y Eva del Paraíso. El personaje del poema es un mensajero de la palabra de Dios que se siente desamparado ante la hostilidad de lo que siente y le rodea. Hasta éste parece abandonado por el ser supremo en el mundo. Algunos versos simbolizan esta soledad: “Al caer la tarde / el predicador se desliza desnudo / entre los fríos glaciares que abarcan / su copa de melancolía”. Siguiendo con las referencias bíblicas, en La vergüenza aflora un espíritu cainita aún más cruel, pues la voz protagonista remite a un personaje para el que prepara “formas más honestas / y elegantes” de “matarle”: “sin que hayas de morir”. El paisaje continúa siendo desolador (“ya viste el cielo de negro / en este infierno, llueven / las bombas. Fuego. / Vergüenza. // Ya reza Dios en silencio”). Hasta el creador parece orar por la especie humana, que ha llevado a ese vergonzoso apocalipsis que da nombre al título. En Incendio de azules se emplea el oxímoron de un mar incendiado donde, a su vez, parece contenido el universo: “Un eco insomne de estrellas / serpentea en el espejo / de sus aguas, […] un desfile / de galaxias primigenias”. De nuevo se apela al individuo frente al escenario, “capitán” que “entierra en olvidos / su timón”, pues “todo cuanto ha pretendido / surcar no es más que la huella / de sus sueños”. En este sentido, parece formarse un nuevo y peculiar oxímoron de desesperanza (“entierra en olvidos”) y esperanza (los “sueños” como motor de vida). En Schiphol —título que nos lleva a los Países Bajos— parece producirse un rapto de Europa a la inversa (“una joven desnuda / de tez caucásica” cabalga sobre los hombros de un hombre de “ojos blancos” que “eyacula / en silencio”). Todo es decadencia alrededor, un mundo que parece pedir volver al origen.
En Segunda interacción fundamental o mi más preciada utopía, la sombra anterior va dando paso a la luminosidad progresiva en los poemas. La idea de “musa” como elemento inspirador aparece ya en el título de MOYΣA, donde el narrador luce convertido en estatua griega, receptor simbólico de una sabiduría ancestral. Sin embargo, su felicidad será saciada con el sentir de un leve viento generado por el aleteo de un petirrojo, por los “labios de brisa” personificados en la citada deidad. En El temblor, se invoca a unos “horizontes verticales”, montañas heladas que preludian el resquebrajamiento de “los cimientos de la noche”. Ese “temblor” significa para el poeta su catarsis y salvación, queriendo formar parte de él: “Quiero ser premonición / de tus ecos, prisionero / de tus alas […] : Oh, Temblor, hazte sentir”. Acto poético representa la esencia de la escritura, su fin: escribir para uno mismo, “como si nadie te leyera”. Y cierra describiendo este acto como canalización de la expresión, como necesidad para la supervivencia: “La poesía es un acto // de defensa personal”. Orografías remite de nuevo a lo escritural, ligando la belleza al acto poético que representa este acto supremo: “y sé que un poema no es / sino la pira funeraria del lenguaje, / exequias, / la orilla última a la que acuden / —oh, solemnes cetáceos— / a desangrarse y morir / de tanta vida las palabras”. Igualmente, se produce en este poema un movimiento de montañas producido por la catarsis sentida por el protagonista, capaz de lo imposible. Cierra este apartado Inflexión, que advierte un cambio en el personaje narrador a través de los elementos naturales: “Cruje la luz: / una falla en la sombra. / Ya no soy yo”.
Tercera interacción fundamental o me refiero a tus pupilas se presenta pleno de luminosidad, pues todo lo domina el impulso amoroso. Así, Del beso y sus cosmogónicas consecuencias exhibe un hermoso juego gramatical al inicio y cierre, intercambiando papeles entre los dos personajes amantes. Uno y otro con dos besos sucesivos invocan, ni más ni menos, “la génesis del orbe” o “los orígenes del cosmos”. Esta idea de lo grande en lo pequeño y viceversa la encontramos también en el siguiente poema, En mi universo observable existe, que de algún modo remite al inicio de la memorable canción con aires lorquianos de Rafael de León popularizada por Concha Piquer: No te mires en el río (“en Sevilla había una casa / y en la casa una ventana / y en la ventana una niña / que las rosas envidiaban”); del “Complejo de Supercúmulos Piscis-Cetus” se llega —de lo macro a lo micro— al reflejo del narrador en la pupila de la amada. En Nocturno, los componentes de la noche se asocian a la intimidad de los enamorados, cerrándose con una bella y sorprendente paradoja: “Amor mío, saber / que me eres infiel… // ¡Ah, mas conmigo!” En Átomo de cesio en reposo a una temperatura de 0 grados Kelvin, se establece una equiparación entre la citada magnitud física y el estado emocional del enamorado: “Me refiero a la eclosión / del incendio: / soy deshielo”. Finalmente, A tu (mi) ventura retoma el aire clásico de corte amoroso casi renacentista o garcilasiano, donde el poeta se desvive por la enamorada, casi con la gentileza del poeta soldado: “Permíteme ser pecio de tu arena, / que muera por vivir en ti embebido. / ¡Oh, mares! ¡Oh, naufragios! Luna llena”.
En Cuarta interacción fundamental o he llegado al instante, retoma el protagonismo la naturaleza. Con La cima, el poeta parece erigirse en el personaje pintado por Friedrich de El caminante sobre el mar de nubes, observando los elementos fundamentales que conforman el mundo. Para Lecciones de anatomía, el poeta rememora Yo contengo multitudes de Walt Whitman referiendo al misterio de cómo la más mínima porción de nuestro cuerpo forma parte del cosmos. Imposible no recordar las palabras del poeta americano: “Creo que una brizna de hierba, no es inferior a la jornada de los astros”. Tomando uno de los versos de la canción de Leonard Cohen The Future, I’ve seen the future, brother: it is murder narra el presagio de un posible tsunami, mientras el poeta antepone la vida como “inventar finales / alternativos / a la muerte”. En X=Σ destaca el poeta nuevamente la idea que domina la obra: la vida como “ecuación / que intentamos, a escondidas, / resolver”. Una incógnita compuesta de la “sumatoria de todos nuestros instantes”. Con Incompleta colección de despedidas, se reduce la existencia a un conjunto de adioses, en ese ir despojándose de lo que conocemos y valoramos. Será la resistencia lo que nos mantenga frente a lo que desaparece.
El libro concluye con Quintaesencia o un océano de nubes germina en el horizonte. Un apartado en el que la negrura del principio parece volver a reinar, cerrándose el círculo. El primero de sus poemas, Turbulencias, rezuma humor negro y en él nos sentimos identificados desde una experiencia por la que seguramente hemos pasado: pensar en un posible accidente aéreo en los instantes en que una azafata indica las instrucciones a seguir durante un vuelo. La Nada describe con toda clase de detalles la posible situación acontecida tras la vida, el escenario postrero —o no escenario—: “A mi juicio, / la Nada es marmórea, / huele a niebla y, / por alguna extraña razón, / su mirada se me antoja / triste, / como agujero negro, / como prehistórica cueva / donde la luz / no es sino un eco / en infinito silencio”. Es la Nada aquello que también vamos dejando de ser y —como aclara en una interesante innovación estética a modo de tachadura— “todo aquello que no fuiste”. Sigue el autor dándonos ejemplo de lo inescrutable con este título en plural de un nuevo poema, donde contrapone el deseo de saber del individuo con lo que no llega a comprender o se le escapa dada su limitación mortal: “Pero querrías asir el viento, / abarcar su geometría, / su danza incandescente. // Aun entonces / no entenderías que el fuego / es más que un vasto páramo / de luciérnagas disecadas”. Continúa este discurso en el poema titulado con la sucesión matemática asociada al número phi 4 8 15 16 23 42, serie que nos lleva inevitablemente a la escogida por Hurley, el personaje de la mítica Lost. Los personajes de esta ficción también buscan desentrañar el enigma presente en la isla adonde han ido a parar: “el alma trata de descifrar / las proporciones áureas que orbitan, / como galaxias pretéritas, / el envés de una mirada”. Nuestra supervivencia finalmente prevalece sobre la angustia que puede suponer no comprender el sentido del mundo y de la vida: “Cualquiera vive, al final / y por si acaso, / la vida fuese real, / no sólo un sueño // (que también)”. Este final tan calderoniano nos conduce al siguiente y último poema, Insert Coin, en el que resurge el humor negro, dándole un aura sagrada a algo aparentemente prosaico: “Te dirán que la causa es el veneno; // sin embargo, yo me inclino a creer // que por diversos motivos / de índole espiritual / —acaso místicos— / las cucarachas gustan de morir mirando al cielo”.
Ingmar Bergman nos despide como lectores con una frase: “Sécate las lágrimas y mira al fin con serenidad”, que parece equilibrar un final tal vez desesperanzador. Una elección bien interesante ésta de incluir una cita al final —como al inicio se incluye la de Dámaso—, dando el poeta voz a un cineasta tan ligado nuevamente al existencialismo. Diríamos que el sueco habla por el poeta, para demostrarnos que, incluso, cuando todo pueda acabar, debe prevalecer el sentido común.