Se llamaba José de la Montaña Méndez Jarén y había nacido en Montellano, provincia de Sevilla. José de la Montaña entre el monte y el llano. Fue el paisaje donde vino al mundo: llano y manso era su corazón; su fe, como una montaña. Si Sevilla no viene a Montellano, la montaña se mudará hasta allí. Pero su estirpe procedía en parte de Asturias y algunos habían querido tomar los votos. Lo que nunca fue, va a ser ahora, porque era más que posible… Todo tiene su momento: un hijo de José de la Montaña, José María Méndez Rodríguez, tan Jarén como el padre -tan artista- consumará, al fin, esa vocación familiar frustrada.
En la sevillana avenida de Miraflores, pocos días antes de ingresar en la clausura de un monasterio Trapense, Jarén el Joven -el hijo de José de la Montaña- se bebe con gusto su cerveza entre amigos queridos: jóvenes periodistas e imagineros. Yo he sido convidado y respondo a peculiares preguntas; me gusta poner las cartas sobre la mesa. Más tarde, quien pregunta soy yo: ¿Qué clase de paciencia se necesita para ser imaginero? Yo soy uno frustrado, digo. Para la clausura debe hacer falta algo más que humidad y paciencia…
Jarén es un artista exquisito y una persona sensible que cada día se despoja un poco más del guardapolvo mundano. Ya va casi desnudo, como los hijos de la mar… Como aquel ‘probe Miguel’ al que cantaba Triana pura -el ermitaño-, José María ‘entre nosotros se siente muy extraño’. Quiero pensar que allá, en la clausura de Hornachuelos, donde el sol es más alpestre y silencioso que en esta arbolada y céntrica avenida, habrá cafelito y cervecita: la canción dice que el probe Miguel ‘se hace su cafelito… De la Montaña no quiere ni salir’: inocentes placeres entre plegarias… Las necesitamos.
Pero rebobinemos… Nueve de la mañana, invierno de 1980. Yo estoy a punto de conocer a Rosa… Todavía unos mocosos. Curso el bachillerato en un colegio de Sevilla, donde maduran las vidas de cientos de niños y adolescentes, como maduran los limoneros en los patios con crisálida de azahar y aljibe cristalino. Entre esas vidas anda la mía propia con sus angustias. Lo primero que hacemos por la mañana es entrar en la Iglesia de la Trinidad a saludar a la Virgen: ‘¡buenos días, Madre!’ …Nos cae bien el santísimo chiquillo… Bien peinadito… Olor a Nenuco. Corriendo, atravesamos patios y surcamos pasillos camino de las clases.
Entre la chiquillería, un hombre de mediana edad, enjuto, circunspecto, atildado… Austero con un punto dandi decadente, de western americano -sin sombrero ni pistolas, solo un lápiz bien afilado que, a veces, coloca en su oreja- cruza la explanada del colegio con una carpeta azul bajo el brazo. Dentro del portafolio, las temidas calificaciones. Esa será siempre su imagen, con las lógicas variantes de la muda regular de indumentaria; las mínimas.
Rostro seco y oblongo, bigote menudo, cabello corto con ondita. Canoso. Gafas de cierto aumento que limpia constantemente con su pañuelo. Con el lomo del índice sube el aro de la montura regularmente, con un tic… ¡Puñema!, exclama como coletilla. Cuellos blancos almidonados, chalequillo negro de cuero bajo la chaqueta de chevió gris, a veces pana o piel vuelta… Cuando no lleva corbata lleva un lazo fino de cordón negro. Una cadenita relojera se distiende en consabida parábola hasta el bolsillo pespunteado en el pecho opuesto. Aun así, usa reloj de pulsera, de acero inoxidable, reliquia que tengo yo ahora conmigo después de casi cuarenta y cinco años… El destino y la generosidad de su hijo, ‘Jarén’, lo han querido así: escalofríos… Volver a María Auxiliadora, 18… Sevilla.
José de la Montaña es por entonces -década de 1980- profesor de dibujo en el Colegio que se fundara sobre unas primitivas Escuelas Salesianas Externas y Oratorio Festivo de la Santísima Trinidad, en la Ronda de Capuchinos. Hoy, por los bucles del destino, tengo en las manos el original de uno de sus primeros contratos de trabajo -si no el primero- con la institución salesiana en Sevilla. Está firmado, en octubre de 1967, por don José Méndez Jarén –‘el productor’, reza- y el entonces director del centro, D. José Hernández Andrés. Se estipula su compromiso laboral de impartir dibujo técnico durante una hora y pico -1,66 h- a diario durante un curso, algo más de un año, con estipendio según legislación vigente. Poco después, alquilaría una vivienda para él y su familia en la avenida de Miraflores, entre las fábricas de ladrillo visto y la de vidrio soplado de la Trinidad. Entre trinidades vive y convive: GLORIA TIBI TRINITAS. Hace de eso 55 años.
No hemos sabido hasta ahora -yo, al menos- que no llegó jamás a formar parte del claustro de profesores del colegio, cosa a la que aspiró con ahínco. El dibujo… Las manualidades… Esa maría eterna. La Virgen María, de hospitalario seno, sería su ‘Estrella de la mañana’; cada mañana parece haberlo sido desde niño: María Auxiliadora de los cristianos; Madre de los Desamparados (Petra de San José); de la Inmaculada Concepción; la Purísima… AVE MARIA, GRATIA PLENA. DOMINUS TECUM... El amor por la Virgen le cuartea el corazón de tanto gozo; casi lo escribe así de jovencito.
José, ya con el don que otorga el magisterio, reza versos a la Virgen desde niño; el devoto José de la Montaña: ‘Dulce nombre de María, más grato al gusto que la miel’. Todos los meses de mayo, a José -don José- le florecía el corazón cuando cruzaba la explanada del colegio bajo el enorme cartel con la imagen de María Auxiliadora; no lo reprime en absoluto: ¡24 de mayo! Había una esencia enardecida en el aire.
Nosotros -niños, adolescentes-, sabíamos que don José era especialmente mariano… Religiosísimo. Hacía gala de una humanidad loable; su humildad era palpable y su vocación, inquebrantable. Le teníamos -por mote- ‘El barato’. Andaba obsesionado con nuestro ahorro, consciente de las dificultades económicas de las familias: ‘Comprad tiralíneas baratos; que no os metan lo que quieran…’ ‘En tal papelería los compases y cartabones son más baratos…’ ‘¡Hay cuadernos mucho más baratos que éste, niño!’ …Total, se le había quedado ‘Barato’ desde años atrás; un día bromeó sobre su apelativo y demostró extensivo sentido del humor: ‘Mientras vuestros padres ahorren…’
El mote no lo usábamos por sistema, pero no dejaba de ser una alusión simpática, afectuosa y hasta compasiva, por su enorme sensibilidad y su humildad, amén de la exquisita educación que nos dispensaba. Su amenidad hacía de sus clases un refrescante prado en medio de sesudos pedregales. Tuvimos profesores magníficos, y algún petardo que confundió la velocidad con el tocino. Don José demostraba humano celo tanto en los asuntos académicos como en los extracadémicos -siempre complicados entre sí de algún modo-; al menos, eso demostró conmigo.
¿Quién podría haber imaginado lo que habría de vivir -de morir- en el transcurso de dos décadas cortas? Ciertamente, don José Méndez -aquel hombre- llevaba un designio a cuestas… Duro; una suerte de profecía íntima. Parecía ser un padre orgullosísimo: lo era, daba constantes señales abiertas de ello. Sus hijos varones, José María y Alejandro Domingo, escolarizados en el mismo centro, se veían chicos impecables, en modo y forma. Muchachos que habrían maravillado al mismísimo don Bosco. La misma pulcritud y belleza caligráfica con que había rellenado de muchacho sus propios cuadernos infantiles y sus cornucopias trabazonadas -algunos ahora en mis manos- parecía emplear delineando el alma de sus hijos, en connivencia con su esposa, Esperanza. La hija del matrimonio se llama María de los Ángeles… ASSUMPTA EST MARIA IN COELUM, GAUDENT ANGELI… (‘Cuaderno de Poesías’, de 1943).
Estos días mi mirada lleva en volandas mi corazón atónito de uno de sus cuadernos infantiles a otro, de la geometría y la aritmética al dibujo lineal, a través de la contabilidad, la historia o el lenguaje: ‘¿cómo se forma el plural de los sustantivos?’ (…) ‘Dibuja el comedor de tu casa y descríbelo de palabra y por escrito’ (...) ‘Y el verbo se hizo carne…’ (…) ‘Divídase por tres la suma resultante de los tres segmentos...’ (…) Una, grande y libre (conjura de los tiempos) ‘El señor maestro os explicará qué son los artículos’ (…) ‘Marrón es el color de la pobreza; azul el de la nobleza’ (…) ‘Tenemos un cuadrilátero romboide que tiene de lado mayor…’ (…) ‘Jesús yo quiero amarte, quiero perderlo todo y poseerte’. (Esta plegaria última la escribe el niño José de la Montaña en Montellano en un cuaderno escolar de 1945, adelantándose en casi ochenta años a la decisión de su hijo José María).
El siete de noviembre de 1998, el hijo menor de Esperanza y José de la Montaña, Alejandro, es asesinado en los Jardines de Murillo de Sevilla a manos de un menor. Su padre y su hermana -después su madre y su hermano- no pueden abarcar el hecho de su muerte, tan injusta, tan a destiempo... Tan brutal. Alejandro se empleaba para ser un buen orfebre; su hermano José María forjaba, paso a paso, su realidad de docente artístico y creador plástico, como su padre, que dedicó mucho tiempo y voluntad a la creación misma. En el depósito, José de la Montaña y María de los Ángeles, su hija, acarician el cuerpo sin vida de Alejandro. Como un Cristo yacente en pantalones lo dibujará su padre; de su mortal herida le pareció ver brotar una rosa blanca. Cabe creer que por unos instantes la gasa se hiciese carne de pétalos divinos -verdadera flor-, como sólo una fe tan pura como la del amantísimo padre merecía.
En un pequeño trozo de papel que tengo entre los dedos, el padre José escribió: ‘Alejandro de mi alma y de mi corazón, hijo de mis entrañas, mi niño’. Debajo a la derech dibujó una rosa… Blanca del papel mismo. Tengo ante mis ojos el dibujo original del hijo yacente: grandes escalofríos… Misterio. Don José perdonó pronto al asesino de su hijo; después, lo haría también ‘Jarén el Joven’.
Constructor de belenes para su familia durante años -hizo muchos-, don José había montado sobre cartón rígido uno de recortable, sencillo, infantil… Barato. Década de 1970; escribe a bolígrafo: ‘Para mis queridísimos hijos José María, M.ª de los Ángeles y Alejandro. Vuestro pobre padre’. Tengo el humilde portalito deslavazado entre mis manos. Lo recompondré el próximo diciembre.
Fallecido el matrimonio -la última fue Esperanza, hace dos años-, estos días he vuelto a la casa familiar, desmantelada. Ha sido dejada definitivamente. Es uno de los pocos sitios donde he sentido una especie concreta de éxtasis casi doloroso, y no sólo por las tristes circunstancias actuales, con plena consciencia de las tragedias vividas y de la firme decisión tomada por José María ‘Jarén’ de abandonar todo lo mundano -hasta el arte si fuese necesario- para abrazar la estricta clausura monacal en la orden meditativa del Císter. Ya en mi adolescencia pude sentir ese resquemor extático del que hablo, entre aquellos muros afiligranados con gusto; como una especie de clamor en el pecho de exótica pajarería que se previene de algo grande, un algo incierto… Un aviso en la esperanza. Así lo sentí. Algo sublime, con todo, flotaba en el ambiente. Una confabulación de escalofríos. No han cesado tantas décadas después. Yo sabía que estaba entrando en un santuario y así se lo hice saber a los míos: ‘vengo alucinado, con el vello de punta’.
Cuando visité la casa de la familia por vez primera fue por invitación de mi querido profesor, aún vigente en mi vida académica. Tendría yo dieciséis años. Todo era exquisito: los muros, los muebles, los adornos… No sé cuántos belenes distintos, atesorados pieza a pieza en cajitas de cartón… Bellas porcelanas. AVE GRATIA PLENA SANCTA MATER DEI… Una cenefa de arrebato susurrada sobre la pared del vestíbulo, cerca del techo. Ciertamente, yo le quería a él, pero siempre sentí y dije que más me quería él a mí. Mi profesor, mi maestro se preocupaba de mi incierto destino de artista pues sabia que ese tipo de pactos que se hacen con Dios no siempre son fáciles de resolver en el día a día, ni van como la seda. No es el mundo cueva de las maravillas espirituales sino, más bien, de Alí Babá.
‘¿Por qué no te especializas en el diseño gráfico y rotulación de orlas, cornucopias, diplomas, cartelas…? Dibujar con gracia aves del paraíso, arabescos y volutas, follaje -acanto y lis-, cascadas de jugosa frutería… Filigranas de arte… Dones espirituales. Hay una demanda que no se ve, pero está ahí, y siempre te sería de socorro’. ‘Soy de temperamento nervioso, como usted sabe, don José’. Punto y aparte. Discreción en su sugerencia.
Una tarde postrera de mi bachillerato, de esas tardes de pura luz de cobre vivo derramándose a lo grande sobre la explanada del patio del colegio, volvimos a hablar del porvenir: ‘¡Cuídate! Pero sigue el designio de los cielos, ¡puñemas! ...Hemos venido a hacer la voluntad de Dios’. Con Rafael Heredia Caldero lo había estado hablando antes que conmigo… Tal vez haría lo mismo con otros compañeros. Luego, nos cruzaríamos las experiencias; se nos levantaría el vello ante el abismo; se terminaría de agostar la luz de cobre amarillo sobre el pavimento… Pasarían los días… Llegaría el otoño.
Aquel hombre bueno cargaba con la cruz del amor camino de la montaña pelada y fría, como la de san José en el barrio de Gracia… Barcelona… La de su calvario propio …Todos cargamos una cruz distinta.
Me parece estar oyendo ahora, en la madrugada, los ecos de los balonazos en las canchas de aquellas tardes; era por las tardes cuando la adolescencia se enseñoreaba deportivamente de aquel recinto, como suele ocurrir, pero allí con una especial naturaleza: silbatos… Silbidos… Cánticos… Aullidos… Ecos de una eureka competitiva…
María Auxiliadora de los cristianos -MATER ET MAGISTRA- velaba por nosotros, como siempre, con su niñito en brazos… Aquella tarde era una de tantas… La queridísima criatura bien peinada… El olor a divino nenuco; La ROSA MÍSTICA, con su melena ondulada, femenina, divina… VIRGEN PODEROSA enjugando nuestras confusas frentes.