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ENTREVISTA

José Manuel Serrano Cueto: “¿Si nos hemos olvidado de Fernando Rey cómo vamos a acordarnos de Jorge Rigaud?”

José Manuel Serrato Cueto, fotografiado por Kiki.
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José Manuel Serrato Cueto, fotografiado por Kiki.
Javier Mateo Hidalgo
lunes 20 de mayo de 2024, 16:39h
Actualizado el: 20 de mayo de 2024, 17:31h

En la Gran Vía madrileña, el 10 de enero de 1984 y a una hora desconocida, el famoso actor Jorge Rigaud es atropellado. Como consecuencia de ello fallece siete días después en Leganés, en circunstancias muy penosas. Actor español de origen argentino, nace en Buenos Aires 1905 y a los ochos años marcha a su familia a París. Será precisamente en Francia en la década de los treinta donde inicie su trayectoria cinematográfica con papeles destacados a las órdenes de prestigiosos cineastas como Max Ophuls, René Clair o Robert Siodmak. En el exilio argentino será considerado uno de los intérpretes más importantes, mientras que en Hollywood trabajará junto a Kirk Douglas y Burt Lancaster en I Walk Alone (“Al volver a la vida”, Byron Haskin, 1947). En este tiempo interpreta personajes oscuros que poco tendrán que ver con aquellos por los que se le conocerá en los años cincuenta, cuando se instale en España, haciéndose muy popular por su personaje de San Valentín en la película El día de los enamorados (Fernando Palacios, 1959) y en su secuela —Vuelve San Valentín (Fernando Palacios, 1962)—; también por films como Un vaso de whisky (Julio Coll, 1958), Mi calle (Edgar Neville, 1960), Los cuervos (Julio Coll, 1961) o Pánico en el Transiberiano (Eugenio Martín, 1972) o Maravillas (Manuel Gutiérrez Aragón, 1981). Su trayectoria abarcó cerca de doscientas películas.

Eugenio Martín en un fotograma del documental.

Años después del fallecimiento de Rigaud, el escritor y director José Manuel Serrano Cueto conoce esta trágica historia de la mano de su amigo Aldo Sambrell, actor veterano característico del western europeo —y, en concreto, de los rodados por Sergio Leone—, que se la transmite en su oficina de la Gran Vía: “Me la cuenta un poco de una manera confusa, un poco con más leyenda de lo que es. Él me dice: 'Había un actor muy mayor, yo trabajé con él —Aldo dirigió varias películas y en alguna de ellas trabajó Jorge Rigaud—. Murió como un vagabundo en la Gran Vía'. No fue tan así: él fue atropellado en la Gran Vía —no murió en la Gran Vía— y no era un vagabundo, era un señor que ya estaba jubilado —sí es verdad que en los últimos años se cuidó menos, pero no era un vagabundo—. Pero a mí me llamó la atención el dato que me dio: que estaba enterrado en Leganés”. Se trata precisamente —azares de la vida— de la ciudad donde vive Serrano Cueto.

Con el fin de poner una placa en la ciudad donde falleció Rigaud —en un lugar simbólico como el número 30 de la calle Cádiz, donde estaba el geriátrico en que la estrella pasó los últimos días y falleció— y está enterrado, Serrano Cueto se desplaza hasta el Cementerio de San Salvador, buscando su tumba para dejar unas flores. Para su sorpresa, no la localiza. Un trabajador del lugar le informa de que pueden darle información sobre el paradero del cuerpo en el archivo parroquial. Desde allí, le envían un documento que le deja sobrecogido: el cadáver es exhumado al haber pasado diez años y no haber sido reclamado por nadie, siendo depositado en la fosa común del cementerio, conocida como Osario Norte. “¿Cómo alguien que fue tan popular y querido puede acabar de esa manera?”, se pregunta el cineasta, y añade: “Entonces emprendí la tarea de darle visibilidad, de alguna forma, en la ciudad en que había muerto y había sido sepultado. Me marqué dos líneas de trabajo: conseguir que se le pusiera una placa y rodar un documental sobre su figura”. A fin de continuar el proceso de reivindicación del actor, Serrano Cueto va creando una serie de videos y publicaciones en un blog personal, documentando su trabajo. Lo primero que hace es acudir al Ayuntamiento de Leganés para hablar con la Concejalía de Cultura y proponerle que pongan en algún sitio de la ciudad una placa de homenaje al argentino. Paradójicamente, desconocían su identidad, teniendo el cineasta que ponerles en antecedentes del famoso actor. “Para mí sería un triunfo a nivel personal, pero sobre todo porque me parece bonito que haya ese recuerdo a este hombre que fue tan importante en una época aquí en España y a nivel internacional”. A pesar de que aparentemente había predisposición para llevar a cabo la propuesta, nada se volvió a saber.

Todos estos hechos dan inicio a Cartel del film “Osario Norte, los últimos días de San Valentín”.Osario Norte: Los últimos días de San Valentín, soberbio documental de Serrano Cueto que busca reivindicar la figura de Rigaud y arrojar luz sobre su vida, carrera y desesperanzador final. A través de distintas entrevistas a personas anónimas, somos conscientes de cómo la ciudadanía desconocía que los últimos años de “San Valentín, ese hombre amable, risueño, caballeroso de El día de los enamorados”, habían tenido lugar en Leganés, que había sido enterrado allí o que había tenido aquel triste final. Para el proyecto, el director gaditano decide contactar con el actor Pedro Casablanc al que había conocido a través de un amigo en común, Fernando García Arrimadas. “Yo sabía que Pedro es un entusiasta del cine y me había llamado la atención que dijera en una ocasión que le maravilla Pánico en el Transiberiano, donde actúa Jorge Rigaud. Quería que formara parte de mi proyecto de alguna manera, y así haría mirar a un actor muy en activo como es Pedro en el espejo del ocaso de otro actor, Rigaud”.

Además de la inestimable colaboración de Casablanc, en la película también intervienen otras figuras indispensables de nuestro panorama cultural: el cineasta Eugenio Martín, que afirmaba tener recuerdos del actor “bastantes extensos”, ya que hizo un papel considerable en su film Pánico en el Transiberiano —y le calificaba como “un hombre muy cálido”, con el que “trabajabas acercándote mucho” y “con la alegría” de que “pudiera estar al mismo nivel” que Christopher Lee o Peter Cushing—; el periodista Juan Antonio Alonso Resalt, que destaca la importancia del intérprete al ser el primero que hizo spots publicitarios en la radio y televisión españolas; el escritor Carlos Arévalo, para quien el bonaerense era “el paradigma de la elegancia, el perfecto caballero para aquella época e incluso para ahora, y que puede seguir la línea de otros galanes admiradísimos españoles como fueron Rafael Rivelles, Alberto Closas o Arturo Fernández”; el crítico de cine Juan Pando, que cuenta como “guiños del destino” su recuerdo de Vuelve San Valentín, donde el personaje de Rigaud es atropellado varias veces por un taxista, basándose el gag en que nunca aparecía su cuerpo —también califica a Rigaud con el término hollywoodiense de devoneur (“una persona amable, simpática, cordial, un hombre de mundo, un tipo elegante, un Cary Grant”)—; los intérpretes Paca Gabaldón —que le llamaba “Georges” y define como “un gran profesional con una suma elegancia, un talento consolidado”—, Antonio Mayans —que trabajó con él en Un millón de muertos (Andrés Velasco, 1977) y lo describe como “la bondad absoluta” que tenía en sus films— y Lone Fleming —que coincide con él en Das Tal der tanzenden Witwen (“El valle de las viudas”, Volker Vogeler, 1975) y Viaje al centro de la tierra (Juan Piquer Simón, 1976), no imaginándole “haciendo un papel de malo”, sino “al estilo de Peter Cushing pero menos serio” y con “una personalidad más alegre”—. Paca Gabaldón en un fotograma del documental.

A fin de conocer más acerca de este documental y de su génesis, citamos al creador de Osario Norte para una entrevista que amablemente nos concede. He aquí su resultado.

P: A tu juicio, Rigaud es “un actor importantísimo”, a parte de por haber sido muy popular en España, por lo que hizo fuera. De hecho, aparece en la portada de revistas francesas de los años treinta y está considerado “una de las cuatro grandes estrellas del cine clásico argentino”. ¿A qué achacas que nuestra población sea tan olvidadiza e injusta con personas así de importantes?

R: Creo que el olvido no es solo algo que ocurra en España, aunque sí es cierto que aquí somos especialmente olvidadizos, y, si me centro en el cine español, aún más. Nuestro cine, salvo contadas excepciones, sigue sufriendo por parte del espectador cierto desprecio, y éste está basado en muchos casos en la ignorancia. Gran parte del público que abomina del cine español apenas ha visto cine español. Aunque parezca mentira, aún cargamos con el estigma de la “españolada” y, cuando algo gusta, todavía se dice eso de “es muy buena, no parece española”. Esta ignorancia del público en general también se sustenta en repetir hasta la saciedad el asunto de las subvenciones, como si solo se subvencionara el cine, y como si todas las películas estuvieran subvencionadas. Tienes un claro ejemplo de lo contrario en Osario Norte, que, de hecho, empieza con un texto que dice que no cuenta con ayudas públicas. Pero, si las tuviera, ¿qué más da? ¿O es que no se subvencionan la pesca, la agricultura o las placas solares? Otra de las consignas que se repiten, y que es falsa, es decir que el cine español solo hace películas sobre la guerra civil. Vayamos año por año y veamos cuántas se hacen... ¿Cuántas hizo, y hace, Hollywood sobre el Vietnam? Pero estas nos las tragamos sin rechistar... Por centrarnos en Jorge Rigaud, como Rigaud es famoso, sí, por un papel en una película española, se borra de un plumazo todo lo que hizo anteriormente, incluso en España, como aquellas películas magníficas de Julio Coll: Los cuervos, Un vaso de whisky, Jandro... O Mi calle y Cerca de las estrellas, de Neville la primera y de Ardavín la segunda, y que me parecen dos joyas. En definitiva, se trata de educar al público. De que éste valore las películas más allá del país del que procedan y, así, quizás retengamos más los rostros de nuestros actores. Hace poco estuve con unos chicos que se dedican a la imagen y no sabían quién era Fernando Rey. ¿Si nos hemos olvidado de Fernando Rey cómo vamos a acordarnos de Jorge Rigaud?Un fotograma de “Osario Norte, los últimos días de San Valentín”.

P: Tu documental saca a relucir uno de los problemas graves que padece nuestra sociedad. Por un lado, la carencia de “atención social” en los hospitales, por cómo Rigaud fue descuidado en los lugares por los que pasó tras sufrir el accidente. La trabajadora social Pilar García Jove —fundadora del geriátrico de Leganés donde acabó Rigaud— incide en que “una persona mayor, aparte de tener una enfermedad del tipo que sea, necesita afecto” y “cariño”. “Si un mayor es bien tratado dura más que si es dejado. No es tanto la filosofía del hospital, sino de quien atiende”. Por otro lado, hablas del caso de la mujer de Rigaud, Luisa Andrea Sanlaville, que tras diez años de su fallecimiento en 1977, fue igualmente exhumada del Cementerio de la Almudena al no ser reclamado su cuerpo, no teniendo siquiera un osario. ¿Crees que esta sociedad carece de una mayor empatía humana?

R: Por desgracia hoy nuestros mayores continúan muriendo en soledad, pero creo sinceramente que hay una mayor consciencia y que las cosas, aunque muy lentamente, avanzan en ese sentido porque precisamente hay gente más preparada y entregada. La soledad en la vejez, cuando no es buscada —y creo que hay pocos casos en los que sea aceptada— es muy tremenda. Cuando nos vamos haciendo mayores quizás deberíamos sentir más que nunca el cariño de la gente que nos rodea y, sobre todo, del sistema al que hemos entregado nuestra vida. ¿No nos lo merecemos? Y, aunque no creo en la trascendencia del alma —para mí el hecho de que los restos de Rigaud estén en una especie de fosa común es algo puramente simbólico—, sí que creo que todos debemos tener un entierro digno. Al menos hoy, porque así lo descubrí, se sabe que sus restos están en un lugar determinado. Mucho más triste es lo de su mujer, que no es posible saber dónde está...

P: El film se encuentra ilustrado por momentos bien significativos: los magníficos dibujos de Laura Siz llaman mucho la atención, así como las voces perfectamente reconocibles de los actores Enrique Villén o Víctor Clavijo. También emociona especialmente el respetuoso homenaje que los integrantes del film brindáis a Rigaud ante el osario. Otro aspecto interesante es la presencia de un actor que, siempre de espaldas, rememora la figura del San Valentín fílmico, con su sombrero, guantes, abrigo y paraguas. ¿De qué modo surgieron estas ideas y colaboraciones tan originales?

R: Laura Siz es magnífica y se encargó también del etalonaje y del cartel. Cuando contactamos con estos actores que citas —así como con otros que también colaboraron— y les contamos la historia, no lo dudaron. Creo que esta película llega al corazón de todo el mundo, como he podido comprobar en espectadores ajenos al cine. Especialmente emociona a quienes se dedican a la interpretación, porque estamos hablando de uno de los suyos y, de alguna manera, es como reconocer en la película que, en efecto, en muchas ocasiones la profesión es muy ingrata. No obstante, también quiero hacer hincapié en que el cine no crea muchas amistades porque, aunque un rodaje dure mucho y se creen ciertos lazos, después es muy posible que no se vuelva a coincidir.Pedro Casablanc y José Manuel Serrano Cueto en un fotograma del documental.

P: Finalmente, tras varios intentos con las distintas corporaciones del Ayuntamiento de Leganés, fuisteis vosotros quienes costeásteis una placa en el Osario Norte, en recuerdo y homenaje a Rigaud. El documental finaliza con las imágenes en las que, en compañía de Pedro Casablanc y Jorge Rivera —responsable de producción, montaje y sonido—, la instaláis. Un momento que debió de ser bien emocionante para vosotros. ¿Cómo recuerdas ese día?

R: Pues, mira, fue el día de mi cumpleaños. No pude tener mejor regalo. Estaba muy feliz. Mucho. Aunque no era exactamente lo que yo solicitaba, al menos hoy hay algo en Leganés que recuerda a Rigaud. Además quisimos hacerlo, en justicia, como homenaje no solo a él, sino a aquellas personas anónimas que lo acompañan en el osario. Así reza en la placa.

P: El 14 de septiembre de 2023, con la película ya concluida, os anunciaron desde el ayuntamiento que finalmente colocarían la placa conmemorativa en la calle Cádiz que reclamábais. ¿Se ha llegado a instalar finalmente?

R: De momento, no. A pesar de todo, aún quiero confiar en que después de verano se pondrá la placa en la calle Cádiz y que el Ayuntamiento contará con nosotros, no solo por cumplir, sino porque cree que es merecido. El Ayuntamiento de Leganés nos ha prometido poner la placa después del verano, en septiembre posiblemente, y hacer una proyección del documental en colaboración con Jorge Rivera. Se ha estrenado la película en Cádiz, mi ciudad natal, y además con una acogida extraordinaria por parte de las autoridades y del público, pero a mí me hubiera gustado que se hubiera visto antes en Leganés, ciudad en la que vivo y de donde parte esta historia. Quiero dejar claro que no tengo ni una sola queja sobre la ciudad, porque en ella vivo desde hace más de 20 años, y vecinos, comercios, prensa, párroco de entonces, etc., se han portado muy bien con nosotros. Mi queja es hacia los políticos y, como has podido comprobar, no decimos partido alguno porque no queremos politizar el tema. La propuesta la hice en varias ocasiones, a varios partidos, y la respuesta fue siempre igual: no conseguimos nada. En realidad hubo bastantes más intentos de los que se ven en el documental, porque en éste sólo destacamos las ocasiones donde hubo un cambio de partido o de concejal, pero no contamos la cantidad de veces que insistí, o bien yo mismo o bien a través de gente cercana al ayuntamiento. Fotograma del documental.

P: Desgraciadamente, el caso de Rigaud no es único. El documental da cuenta de otras figuras fundamentales del cine español que corrieron idéntica suerte —el pionero Segundo de Chomón, cuyo cuerpo acabó en una fosa común de París, o el actor y cineasta Florián Rey, quien también acabó en una fosa común en Alicante— y cuyo ejemplo habla de ese mundo ingrato de los actores y actrices, que mueren solos y en el olvido en un país muy olvidadizo. “El éxito es como un espejismo en realidad” dices tú, y Casablanc añade: “Es algo que de pronto te alimenta mucho o te nutre el ego de una manera tremenda durante un tiempo. [...] Creo que es como una droga que tiene una fecha de caducidad tremenda [...], se acaba acaba enseguida. [...] Unos tienen más suerte y les duran más tiempo. A otros les dura menos. [...] Somos colores en la paleta del cine, de los directores o de los productores. [...] De pronto, no eres necesario y desapareces”. ¿Crees que debería exigirse a las autoridades la creación de algún tipo de fundación que velase por cuidar de quienes han hecho tanto por nosotros y por la cultura, como por ejemplo, la fallida Casa del Actor?

R: En el año 84 creo que no existía nada que velara por los actores como lo hace hoy Aisge. Aún así creo que no es suficiente, porque, por ejemplo, Paco Algora tuvo mucho tiempo una lápida de madera, muy cutre, en el cementerio de Vejer donde se encuentran sus restos. Este maltrato final no se debe consentir. Nuestros políticos son los primeros que debieran velar por la cultura, tan importante, y por su gente, pero precisamente muchas veces son los primeros que exhiben esos mantras estúpidos que te decía antes. El cine español también es Marca España y tenemos actores, directores, compositores o técnicos de distintas especialidades con enorme éxito en el mundo. Es nuestra gente también, ¿no? Pero parece que no nos enorgullecemos de ello. Casos como el de Rigaud no deben volver a repetirse. Y, ojo, digo casos en los que ese final no es buscado, porque yo respeto mucho a quien quiera llevar una vida bohemia por decisión propia, como era el caso de Charly Bravo, que lo primero que me dijo cuando le contacté para Contra el tiempo era que no le mostrara como un juguete roto porque él vivía como quería.

P: El documental se inicia con una dedicatoria bien personal y especial: “A Margarita Cueto Nieto, mi madre, que me descubrió aquel cine español”. ¿Cómo de importante consideras la educación “sentimental” en la familia como parte fundamental de la formación cultural?

Para mí lo ha sido. Llegué al cine popular por mis padres: mi madre, con las comedias españolas, sobre todo, y con mi padre los westerns y las de acción. Mi hermano mayor me hizo ver que había más y así descubrí el cine europeo, el clásico americano... Te hablo cuando yo era muy niño. Mi madre, que se nos fue el año pasado, no podrá ver Osario Norte, pero cada día me preguntaba cómo iba la película y cuándo la íbamos a terminar. Con ella pasé muchas tardes de fin de semana con películas alquiladas en el videoclub o con Cine de Barrio. En Osario Norte aparecen mis hijos, a los que hago partícipes de mi ilusión en la búsqueda de datos sobre Jorge Rigaud, y puede parecer forzado, pero mis hijos, Darío y Julio, son grandísimos cinéfilos. Con 20 y 17 años ya hace tiempo que ven todo tipo de cine, sin mirar la procedencia o la época, y hasta en versión original. Yo solo les hice partícipes desde pequeños de mi amor por el cine, pero esto no es infalible, no siempre funciona... Con ellos no solo ha funcionado, sino que ahora siguen su propio camino como extraordinarios espectadores. A los hijos no solo hay que alimentarlos con la comida, sino con la cultura. El cine forma parte de ella, es fundamental para conseguir una sociedad sensible, reflexiva y crítica.

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