El México moderno nació con la Revolución Mexicana que estalló la tarde del 20 de noviembre de 1910, llegó a sus definiciones concretas con la Constitución estatista de 1917, se convirtió en sistema/régimen/Estado/Constitución en 1929 con la creación desde la presidencia de la República del partido del Estado (Partido Nacional Revolucionario-Partido de la Revolución Mexicana-Partido Revolucionario Institucional) y a partir de 1982 entró en una dinámica de nueva lucha de clases del siglo XX: ya no entre comunismo y capitalismo, sino entre un Estado promotor del modelo liberal empresarial y un Estado populista beneficiario de las clases sociales no propietarias de bienes de producción.
Las elecciones presidenciales del pasado domingo 2 de junio se movieron en este escenario ideológico: la candidata oficial Claudia Sheinbaum Pardo representó la propuesta populista del presidente López Obrador, pero, hay que decirlo, cumpliendo escrupulosamente con las exigencias neoliberales del Fondo Monetario Internacional de políticas económicas y sociales de bienestar que no generen mayor circulante monetario y no impacten las presiones inflacionarias; del otro lado, la candidata opositora Xóchitl Gálvez presentó el programa neoliberal del partido conservador PAN, del PRI de Carlos Salinas de Gortari ya definido como neoliberal y del PRD cardenista que ha celebrado su reencuentro con la ideología conservadora del mercado.
El saldo electoral fue contundente: 2 a 1 a favor de la candidata oficial. Y el bono populista fue más allá: mayoría calificada --dos terceras partes en la Cámara de Diputados y en el Senado a 5 de ese nivel-- para modificar por sí solos la Constitución.
En el extranjero suelen no entenderse los marcos referenciales ideológicos de los grupos que participan en procesos electorales mexicanos: a veces se asustaba al electorado, sobre todo en los setenta, diciendo que el PRI era un partido marxista que iba a liquidar a la empresa privada, pero en realidad las políticas económicas priistas se fijaban en términos de un acuerdo de economía mixta que mezclaba sector público con sector privado. Y de modo contrario se decía que el PAN era el partido de la ultraderecha empresarial y bancaria que iba a arrumbar al Estado en el basurero de la historia, pero dos sexenios de gobiernos panistas mostraron a un PAN más priista que los priistas.
Esta mezcolanza de enfoques ideológicos tiene cierto tipo de referenciales históricos. El historiador Edmundo O´Gorman presentó un estudio de las luchas ideológicas del siglo XIX en México --cuando el liberalismo juarista construyó el Estado-nación para consolidar a la empresa privada modernizada-- y se encontró con un cruce ideológico que hasta la fecha muchos historiadores se niegan siquiera a discutir: los liberales progresistas del Estado terminaron siendo conservadores en proyectos de desarrollo, en tanto que los conservadores irrumpieron con propuestas estatistas que sustentaban el fortalecimiento del sector público.
Es decir, en México no ha funcionado el modelo polarizante en donde la derecha excluye a la izquierda y la izquierda excluye a la derecha, porque a la hora de ejercer el poder la izquierda ha llegado a ser en México más derechista que la derecha y la derecha también tuvo expresiones supremas de izquierdismo en el poder.
Por eso que en el análisis de lo ocurrido en México en la pasada campaña presidencial y desde luego los resultados electorales se tienen que aplicar métodos menos estrictos para intentar explicar los resultados. López Obrador, en efecto, revalidó el modelo populista que en México no lo inventó Hugo Chávez, ni siquiera el Perón argentino de los cincuenta, ni menos aún el modelo brasileño de populismo autoritario. El populismo mexicano fue un producto ideológico y constitucional de la Revolución de 1910-1917 y se consolidó porque en México nunca hubo una burguesía inteligente que representaran de manera coherente a los propietarios privados de los medios de producción, y el sector empresarial nunca se enriqueció más que durante los años del populismo.
Hay 1992, el presidente Salinas de Gortari rompió el equilibrio ideológico y configuro un neoliberalismo conservador con la globalización económica que fortaleció a la alta burguesía mexicana de no más de 50 empresarios que se beneficiaron de la internacionalización del comercio exterior. El PAN perdió su relación ideológica con esa burguesía y los más ricos se convirtieron en una clase con autonomía relativa del Estado, y hoy se ve cómo uno de los diez hombres más ricos del mundo y empresario más rico de México a sus 84 años de edad, Carlos Slim Helú, acude presuroso y agitado a cada llamado del presidente de la República a Palacio Nacional con un paquete de folders donde están contenidos todos los contratos que sus empresas tienen con el Estado, a pesar de que muchos de esos empresarios desdeñan a López Obrador por populista pero son contratistas de obra pública.
La única diferencia de matiz de López Obrador descentralizó algunas iniciativas de reforma constitucional del régimen político que modificarían el modelo de democracia representativa por el de democracia participativa.
El saldo electoral del domingo posicionó con fuerza a la candidata oficial Sheinbaum Pardo, le otorga un tercio de poder a la oposición conservadora de Gálvez Ruiz y el bloque populista puede gobernar en solitario. Como en los tiempos gloriosos del PRI 1929-1988.
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