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ENTREVISTA

Patricio Peñalver: "La vida siempre merece la pena ser vivida, aunque solo sea para intentar transformarla si no te gusta"

José Manuel López Marañón
sábado 15 de junio de 2024, 09:54h
Patricio Peñalver: 'La vida siempre merece la pena ser vivida, aunque solo sea para intentar transformarla si no te gusta'
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Patricio Peñalver es autor de cinco novelas. Con Una novela sin nombre (Nausicaa, 2000) obtuvo el premio Autor revelación de las letras murcianas. El murmullo de las estaciones (Nausicaa, 2002); Tiempo de transición (Huerga y Fierro 2013); La muerte del minotauro (Espuela de Plata, 2017) y ¡Apunten! ¡Fuego! ¡Viva la República! (Espuela de Plata, 2023) completan esta nómina. Ha escrito también Personajes murcianos de fin de siglo (Tres Fronteras Ediciones, 2021). Como periodista colabora con crónicas, artículos, entrevistas y críticas en La Opinión, La Verdad, ABC, EFE, Onda Cero, Onda Regional de Murcia y la televisión Canal 7.

En Aunque parezca mi autobiografía tal vez sea la tuya leemos: «Si miro para atrás por el espejo retrovisor del tiempo, no sé cómo surgió la idea de escribir estas remembranzas que no dejan de ser una ficción en los recuerdos de la memoria, aunque sí tengo claro que el objeto fundamental no era otro que descubrir cuándo empecé a escribir y por qué».

En una arriesgada pero efectiva decisión elige la tercera persona para contar su vida.

Díganos, ¿influye en esto el deseo literario de convertirse en un personaje, o quizá pesen más las ganas de congeniar con sus lectores haciéndoles así más partícipes de una vida, –la suya–, que tal vez sea la de ellos?

Ya desde un principio tuve muy claro el título del libro. Creo que elegí la tercera persona como un modo para ficcional porque me sentía más cómodo, en ese viaje, en esa aventura de ir en busca de la memoria en el tiempo. Ni siquiera pensé en la técnica del leísmo como un recurso para hablar de uno mismo, que también utilizó Julio César en Las guerras de las Galias. También tuve muy claro que, al narrar esas etapas infantiles, de adolescencia, la escuela, los juegos, el primer beso o los guateques, muchos lectores se verían reflejados en la autobiografía. Y claro, yo creo que también esa distancia en el sentido puramente literario me daba más libertad para narrarla como un personaje.

Durante esta particular autobiografía remarca usted el deseo de llegar hasta el fondo en las motivaciones que lo llevaron a convertirse en narrador, primero de relatos y después de novela.

Favorecer en su libro la escritura de ficción por encima de otras actividades (a las que también se dedicó en cuerpo y alma) como fueron las políticas y las laboralistas: ¿se debe solo al afán clarificador del origen de esta labor artística, o ello puede asimismo ser fruto de una prelación menos psicoanalizable, más directa?

La escritura desde mi punto de vista es pura ficción y más una vez que después de acabada vuelves a la relectura. Quise utilizar un estilo directo sin más alambiques. Quizá esa parte de lo político y lo laboral ya lo descargué en algunos personajes de mi novela: Tiempos de Transición.

En ese juego con la memoria me dejé llevar por los recuerdos más nítidos que iban emergiendo. No sé si esa parte de la política es menos psicoanalizable, pero sí se tengo muy claro que en esa época de la política me entregué con verdadera pasión. En esa etapa leía solo filosofía. Muchísimo Marcuse, también Sigmund Freud. Después me matriculé en la Facultad de Filosofía, pero no llegué a estar cómodo en las aulas y lo dejé. Volviendo al tema: dejé que el azar también jugará su papel durante el proceso de escritura.

A partir de la página 210 y hasta el final, su autobiografía en tercera persona se convierte en un diario redactado desde la primera persona. Libros leídos, películas vistas, vida social, frases de otros escritores como Flaubert, participación como jurado en premios, algún que otro amorío, y las inevitables variaciones climatológicas propias del género se aúnan en un dietario que abarca desde 2017 hasta febrero de 2024, fecha de la publicación de Aunque parezca mi autobiografía tal vez sea la tuya.

La metaliteratura asoma en bastantes entradas del dietario donde usted se interroga, a modo de examen de conciencia, tanto sobre el papel de la literatura en general como sobre la finalidad del libro de memorias que está dando a conocer vía Facebook.

¿Tenía previsto pasarse a la subjetividad radical del diario mientras escribía su autobiografía o semejante cambio de registro se impuso sobre la marcha?

Uno no sabe nunca porque se impone un argumento una trama de novela a otra. Lo cierto que de pronto me vi escribiendo mi autobiografía. Los primeros párrafos fueron lentos, hasta que decidí un horario fijo. Durante las tardes de 5 a 8 tomé la cafetería Ítaca como una oficina, a esa hora estaba muy tranquila, solo unos pocos como Pedro el que lleva las riendas de la cafetería y algunos jóvenes. Eso permitía que nadie me interrumpiera. Cada tarde escribía sobre un par de servilletas blancas del bar que luego pasaba al ordenador y que después subía al Facebook, como un modo de observar las reacciones de los lectores. Efectivamente en un momento me planteé complementarlo con un dietario en el sentido clásico, para darle un sentido conceptual en el qué plasmar el proceso de la propia obra en marcha.

Ahora después, de volver a releer todo el texto, que no deja de ser una miscelánea literaria con sus relatos cortos, algunas cartas y artículos periodísticos, me da la sensación de que la escribí ayer.

La música juega importantísimo papel en su vida. Si bien el codiciado sueño juvenil de montar un grupo no cuajó, canciones de solistas y conjuntos pautan las etapas del libro. De los Bravos, los Canarios, o Matt Monro para el baile agarrado, se pasa a Adriano Celentano y a aquel Miguel Ríos de El río. En los guateques sonaba ya Elvis Presley, el Hey Jude de los Beatles y el ambiente se caldeaba con la voz de Sylvie Vartan. A finales de los sesenta Led Zepellin y Jefferson Airplane se mezclan con Serrat, Aute, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez. En la Transición es el momento de Bonnie Tyler, Bowie, Sex Pistols o Donna Summer. Se aficiona al jazz y en San Sebastián tiene usted el privilegio de oír a Gato Barbieri y Dizzie Gillespie.

Al flamenco llega por Paco de Lucía (su disco Entre dos aguas lo cautiva) y Lole y Manuel. Convertido en flamencólogo profesional, Patricio Peñalver lleva 30 años escribiendo para La Verdad de Murcia sobre el Festival Internacional del Cante de las Minas de La Unión, entidad que le ha otorgado el premio Carburo de Oro y, en la modalidad de periodismo, el trofeo Pencho Cros.

¿Hasta qué punto la música, en sus distintos géneros, resultó un apoyo para sobrellevar una vida ciertamente muy intensa pero, asimismo, no escasa de momentos de incertidumbre y angustia? El hecho de que se haya convertido en profesional del flamenco… ¿colabora a que a la hora de escuchar música resulte este su género preferido?

La música siempre ha sido y sigue siendo necesaria en el día a día de vida. Comencé a trabajar muy joven; quise ser cantante de lo que entonces se llamaba un conjunto musical y mis primeras ocupaciones laborales las perdí por cuestiones de horarios, aunque nunca me despidieron y me dieron la segunda oportunidad. En ese sentido de escuchar música soy muy ecléctico: lo mismo escuchó clásica, que jazz o blues, o rocanrol. Según el momento, por ejemplo: cuando escribo lo suelo hacer con música clásica o jazz de fondo, porque me permiten que no me distraiga con las letras de las canciones de otras músicas. En lo que respecta a mi faceta de cronista flamenco, que me gusta más que la etiqueta de crítico o flamencólogo, esa música ancestral viene de mucho más atrás. Nací en un barrio obrero en el que había un grupo de gitanos y de niño, de vez en cuando, escuchaba esos sones en fiestas en la calle con la luna, viendo el crepitar de las brasas de una pequeña hoguera. También en mi barrio sonaban por las radios las coplas flamencas, que algunas eran un auténtico melodrama de eso amores prohibidos durante el franquismo o también esas coplas aflamencadas de Juanito Valderrama, Rafael Farinas, Canalejas del Puerto Real o El Mejorano, A comienzos de los 70 se volvió a revindicar el flamenco, y entró en la Universidad, por ejemplo, en el San Juan Evangelista en Madrid, y comenzaron a emerger las voces de Enrique Morente, El Lebrijano, Camarón de la Isla o El Cabrero y obviamente la gran guitarra de Paco de Lucía y también esas voces frescas de Lole y Manuel. Y bien, volviendo al tema de escribir sobre el flamenco, comencé a mitad de los ochenta a hacer crónicas y ya llevo más de tres décadas cubriendo el Festival del Cante de las Minas de La Unión de manera ininterrumpida; así como más de dos décadas en otro gran Festival: el de Lo Ferro, en una pequeña pedanía de Torre Pacheco. Precisamente cuando paso al ordenador esas crónicas, mientras escribo siempre escucho a Lou Reed y cuando las termino a David Bowie.

Cita a José Saramago: «Yo no escribo por amor, sino por desasosiego. Escribo porque no me gusta el mundo que estoy viviendo». Pero incluso en momentos muy dramáticos, su autobiografía y diario consiguen que al lector lleguen esperanzadoras impresiones sobre las épocas de las que usted da noticia, épocas englobadas por un evidente propósito de salir adelante como sea…

Para Patricio Peñalver, pese a todo, ¿merece ser vivida la vida? Como hombre cuajado en mil batallas, ¿cuál sería un secreto suyo revelable de superviviente en dos siglos, el XX y el XXI, que se las traen?

Me gusta esa cita de José Saramago y la veo muy oportuna. A mí no me gusta tampoco este mundo que estamos viviendo por razones obvias. En su momento Saramago me ayudó a transitar durante unos años complicados de mi vida, me leí todas sus obras. Después tuve la necesidad de comunicarme con él, por correo postal, en tres ocasiones y fue muy generoso con sus consejos y opiniones. También en esa cita Saramago dice que no escribe por desasosiego. Y esa cita me lleva al Libro del desasosiego de Fernando Pessoa, qué tanto me impactó. Precisamente mi autobiografía comienza con una cita de Pessoa. Cuando comencé a escribir mi autobiografía me acordé de los heterónimos, de ese mecanismo de desdoblamiento de la personalidad y aún me acabo preguntando: ¿Quién era Bernardo Soares? En relación a su pregunta sobre la vida. La vida siempre merece la pena ser vivida, aunque solo sea para intentar transformarla si no te gusta. En los tiempos de adversidades o de gozo, mi secreto para resistir es la cita con la que Julio Cortázar comienza su gran relato El Perseguidor, que no es otra que: «Sé fiel hasta la muerte». Apocalipsis 2. 10.

Por su autobiografía sabemos cómo tuvo la fortuna de remitir un relato suyo a una de la cumbres mundiales de este género –y me refiero a Julio Cortázar–, y que le respondiera. En mi caso, enviarle a usted un ejemplar de mi novela Alcohol de 99º (hace referencia a ello en la entrada de su dietario correspondiente al día 24 de julio de 2018) trae como consecuencia una reseña en La Verdad de Murcia (junto con El Correo, el otro periódico en tinta que me dio esa alegría). Aprovecho para agradecerle en público sus apoyos a mi obra de ficción, y más ahora que busca ser reeditada.

Dejando a un lado circunstancias personales, es cierto cómo, hoy, la sola idea de enviar un texto a un escritor consolidado o famoso, para una ponderación, o para intentar algún tipo de visibilidad, resulta casi descabellada. La generosidad brilla por su ausencia en las letras hispanas. Resulta tremendo que en tiempos de alarma general para la cultura tantos don figura se encastillen, mostrándose ajenos con colegas a veces de gran potencial. Convencidos de una grandeza, por otro lado rara vez comprobable, consagran a ella hasta el último segundo de un tiempo que, cierto es, no da para más.

Asumiendo que solo los genios como Cortázar son magnánimos, ¿cómo animar a escritores y periodistas a hacer algo por la literatura?

Ciertamente, tuve el atrevimiento de enviarle un cuento de 8 folios junto con el periódico con todas sus páginas. En una de ellas, me atrevía a hacer un recorrido por sus obras; por entonces no había sobres acolchados. A vuelta de correos recibí una hermosa carta, entre otras cosas, decía: «todo eso me llegó de manera cronópica ya que el sobre se había roto y las paginas se salían a lo largo y a lo ancho». Hace unos años esas cartas, esa correspondencia se publicó en Alfaguara. Cuando me pidieron permiso para publicar esa carta supe que, en ese febrero del 81, Cortázar se encontraba muy mal y solo escribió a dos amigos y a mí.

Con respecto a Alcohol de 99º siempre he pensado que es una gran novela y que merece ser reeditada. Ojalá, más pronto que tarde.

El mundillo de la Cultura como casi siempre anda muy alborotado. Es muy difícil ir por libre. Desde hace ya un tiempo una buena parte de escritores son filólogos, profesores, y la Universidad tira mucho y se crean muchas sinergias entre ellos. Por lo que resulta obvio que entre esa especie de cofradías se ayuden los unos a los otros. Sobre los famosos eso ya es otro mundo…

Yo creo que hay que ser siempre generoso y animar a los escritores, al margen de la competitividad.

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