www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TOROS

La crónica taurina en El Imparcial. El balance de San Isidro

La crónica taurina en El Imparcial. El balance de San Isidro
Ampliar
(Foto: Efe)
miércoles 19 de junio de 2024, 08:38h

La feria de San Isidro se acabó con magníficos resultados para la taquilla. Se puso varias tardes el cartel de “No hay billetes” y el resto de los días casi lleno. Enhorabuena a los empresarios del coso. Taquilla aparte, ¿qué balance tenemos en el sentido estético del arte de Cúchares?

Toros y veterinarios. Es de reconocer que los toros este año no se caían tanto como el anterior. Es un avance importante para no incordiar al público y alargar el espectáculo como sucedió el día In Memoriam de Antoñete. Está por ver el papel que juegan los veterinarios actuando detrás de las bambalinas a la hora de elegir el ganado. Se tiende a desterrar las ganaderías fuertes, como Escolar o Cuadri, intentando mostrar que estas reses son ilidiables. La búsqueda del toro de carril reduce el toreo a unos pocos oropeles, es decir, adornos sin fondo a un toro atontado.

Quites. Escasos. Llevamos años sin que asome la sana competencia entre los matadores gracias a los quites. Perdemos la emoción, el afán de sobresalir, pero, hablando del capote, hay una tendencia peligrosa: la desaparición de la costumbre en ciertas cuadrillas de siempre estar al quite.

Las varas. Este tercio no tendrá remedio hasta que el picador recupere su amor propio, el amor a su profesión y a la obra bien hecha. Mientras tanto, irán de plaza en plaza como meros asalariados.

La muleta. Pesadez y repetición. No hubo ni una tarde sin avisos. Mejor dicho, todas las tardes tenían como mínimo dos. Así no se puede torear. El sentido estético y el sentido de la medida van unidos. Muchos toreros no ven al toro, sino que hacen una faena de salón con los tiempos de entrenamiento: cuanto más largo mejor. Así complican el último tercio.

La estocada. Ya no podemos llamar el último tercio la hora de la verdad. Poca verdad hay a la hora de perfilarse y muchas ganas de salirse por la tangente. Hay todavía honradas excepciones, pero en general falta el más básico conocimiento de la suerte y el entrenamiento adecuado para realizar la estocada. Algo parecido se puede decir del descabello.

El público. Desnortado. Van a los toros como si fuera a un teatro o cine: el éxito asegurado, orejas, rabos y demás parafernalia del triunfalismo. No se esfuerzan ni lo más mínimo en apreciar las faenas a los toros complicados. El mismo defecto ha calado entre los cronistas, críticos o comentaristas taurinos. En este caso, quisiera apreciar la importancia de un sector exigente en la plaza de las Ventas. Sí, a veces pueden equivocarse, pero sin sus exigencias no puede haber tauromaquia. Lo demás es toreo de salón.

La presidencia: la arbitrariedad y la falta de criterio propio tanto del presidente como de sus asesores. A algunos se le otorgan las orejas antes de torear, a otros ni deslumbrando con la gran faena.

Las figuras. Un naufragio. Si entendemos por las figuras a los maestros en hacer piruetas a los toros de Domecq, hay que decir, que hay muchas figuras en el toreo actual. Si la figura del toreo es alguien capaz de pechar con un toro de cualquier hierro y hacerlo con responsabilidad y pundonor, entonces solo nos quedan dos o tres, como mucho.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(0)

+
0 comentarios