Su Majestad el Rey ha iniciado en Estonia hoy su gira por los países bálticos. En Tallin lo ha recibido con honores militares el Presidente de la República, Alar Karis, en el Palacio Presidencial de Kadriorg. A continuación, ha visitado el Parlamento, donde lo ha recibido su presidente, Lauri Hussar. Después, el Rey ha visitado los buques de la Armada española, el portaaviones “Juan Carlos I” y la fragata “Blas de Lezo”, que se encuentran en el país dentro del despliegue denominado Dédalo 24, que cubre desde el Mediterráneo Oriental hasta el Mar Báltico y que participarán en actividades y ejercicios de disuasión y de defensa colectiva de la OTAN.
La fecha y el país escogidos revisten enorme valor simbólico: el 23 de junio es el Día de la Victoria, que celebra el triunfo estonio en la Guerra de la Independencia (1918-1919). En este día de 1919, se desbarató el último esfuerzo bolchevique por invadir la república que, desde febrero del año anterior, había proclamado su independencia. Fue una guerra breve pero muy cruenta. En noviembre de 1918 los bolcheviques habían comenzado la invasión de Estonia atacando la ciudad de Narva. Con una superioridad numérica abrumadora, a la altura de enero de 1919 estaban a 30 kilómetros de la capital. Sin embargo, los estonios rehicieron sus fuerzas y, gracias al apoyo de la armada británica y a los voluntarios finlandeses, el ejército estonio al mando del general Johannes Laidoner (1884-1953) pasó al contraataque. Los bolcheviques no se lo esperaban. A finales de enero, el Ejército Rojo se había retirado de Estonia casi por completo. Sin embargo, desde el sur, venía avanzando un ejército expedicionario alemán -el Landeswehr- que trataba de aprovechar la derrota bolchevique para ocupar el país. Estonios y alemanes se encontraron en la batalla de Võnnu entre el 19 y el 23 de junio de 1919. Reforzados con un contingente de tropas letonas, el ejercito estonio puso en fuga a las tropas alemanas. El Día de la Victoria se celebró por primera vez en 1934 y, después de estar prohibido durante las ocupaciones alemana y soviética, se restauró como fiesta nacional en 1992 una vez recuperada la independencia.
El Día de la Victoria se celebra cada año en una localidad distinta. En 2024, se ha elegido Narva, en la frontera con la Federación de Rusia. La elección dista de ser casual. Es uno de los lugares más importantes de la historia de Europa desde el punto de vista de su historia y de su identidad. Disputada por rusos, suecos, alemanes y, naturalmente, estonios, Narva marca el límite de la Unión Europea. Allí comenzó la invasión de 1918 y allí se frustró el último intento bolchevique de ocupar Estonia en el otoño de 1919 después de derrotar a los rusos blancos. De nuevo, los estonios sufrieron numerosas bajas, pero resistieron. La firmeza estonia llevó a los bolcheviques a desistir y proponer negociaciones de paz, que se desarrollaron en Tartu. Es interesante subrayar que, mientras las delegaciones estaban negociando, los bolcheviques seguían atacando Narva para tratar de ganar ventajas sobre el terreno. Lenin tenía una forma algo peculiar de alcanzar la paz con sus vecinos. El 3 de enero de 1920 los bolcheviques concluyeron que era imposible derrotar a los estonios. El 2 de febrero de aquel año, la República de Estonia y la República Socialista Federativa Soviética de Rusia firmaron la Paz de Tartu, que implicaba el reconocimiento ruso de la independencia de Estonia.
En esta parte de Europa, es importante tener aliados. La República de Estonia ganó su independencia gracias, en primer lugar, al sacrificio y el valor del pueblo estonio, pero también gracias a la ayuda de los británicos, los letones y los finlandeses. Señala Neil Taylor en su célebre “Estonia. A Modern History” (Hurst & Company, London), que los soviéticos temían que Tallin se convirtiese en una especie de Gibraltar en el Báltico y que los británicos se hiciesen con el control de la isla de Saaremaa. Al final, Estonia se mantuvo independiente hasta 1940. Luego llegaron tres ocupaciones -la soviética (1940-1941), la alemana (1941-1944) y, de nuevo, otra soviética (1944-1991)- durante las cuales la República no desapareció. Los Hermanos del Bosque, las comunidades estonias en el exilio -hubo estonios que huyeron del país en botes de madera a remos como el que puede verse en el Museo Nacional de Estonia—y la propia disidencia en el país mantuvieron viva la llama de la independencia.
En su discurso con ocasión del Día de la Victoria, Kaja Kallas, presidenta del Gobierno, ha recordado los momentos que atraviesa no sólo el país, sino también Europa Central: “El futuro no está predeterminado, pero debemos hacer todo lo posible para asegurarnos de que los momentos de tomar decisiones no se nos escurran entre los dedos. A Ucrania no la ayudará una tregua tibia, sino una victoria. Necesitamos ayudar a Ucrania a aguantar este año difícil”. Desde este punto de vista, la primera ministra ha extraído una lección interesante de aquella guerra de 1918-1919: “La situación en el frente nunca parece buena, pero en la celebración de hoy es oportuno recordar cuán rápido pueden cambiar las cosas. Nuestra Guerra de Independencia no empezó bien: la primera movilización fracasó, sólo uno de cada diez acudió. El enemigo, que no era inconcebiblemente grande en aquel momento, parecía invencible. Parecía increíble que sólo unos meses después el territorio del Estado estonio estuviese libre de invasores. Fue una gran victoria en la que nos enfrentamos a tropas más profesionales y mejor equipadas”.
La presidenta del Gobierno incluyó unas palabras en referencia a los aliados: “Somos afortunados de vivir en un país que es seguro y está a salvo en medio de la incertidumbre generalizada. Tenemos amigos y aliados fuertes. Trabajamos duro cada día para que siga siendo así. Los estonios aún están decididos y saben cómo defender su país. Todavía recordamos el sentimiento de estar uno junto a otro en los años 80, se ha vuelto parte de nosotros”. En ese compromiso de defender Estonia participan efectivos españoles del Ejército del Aire y, en estos momentos, de la Armada en el marco de las actividades y ejercicios de disuasión y defensa de la OTAN.
En su precioso libro de historia del Báltico -me refiero a “The Glass Wall. Lives on The Baltic Frontier” (Picador, 2021) - Max Egremont llama a Tallin “la ciudad sobre una colina”. El título evoca la metáfora del presidente Ronald Reagan para referirse a los Estados Unidos en su discurso de despedida en 1989. La imagen viene del pasaje evangélico del Sermón de la Montaña y los puritanos lo emplearon para referirse a Boston. De ahí pasó a ser un símbolo de los Estados Unidos como faro de esperanza para el mundo. Durante los oscuros años de las ocupaciones, las deportaciones y los encarcelamientos, Occidente encarnó para los pueblos del Báltico la aspiración de la libertad. La entrada de Estonia, Letonia y Lituania en la OTAN y la Unión Europea en 2004 representó el regreso a casa de unos pueblos que habían atravesado la larga noche del comunismo.
Es reconfortante saber que el rey ha estado en Estonia en este día tan señalado.