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TRIBUNA

Queda mucha ingenuidad en el arte bajo la ceniza

sábado 29 de junio de 2024, 18:57h
El niño que dibujó una cacería de jabalís en una pared de Pompeya poco antes de quedar sepultada por la lava del Vesubio -año 79 d.C.- no era, por lo que hemos visto, ningún 'picasso'; era solo un niño, pues dibujaba como tal. Se descubrieron hace poco sus trazos esquemáticos y graciosos sobre un muro en la Casa del Cenáculo. Dicen que su autor no tendría más de siete años. Con algún añito más dibujaría Pablo Picasso sus palomas de aprendizaje, bajo la tutoría de su padre: precisos gestos de vida contenida, dueño el genio infantil de esa sabiduría que reconocía Robert Hughes como un don en Watteau y, mucho después, en Lucien Freud: el conocimiento del mágico acorde de tensa quietud que precede al arranque vital de la acción. Aquel niño dibujaba y pintaba como un viejo; como un maestro... Como Rafael. Por eso gustaría más al crítico británico el primer Picasso. Yo prefiero sus ingenuos mosqueteros, de su último decenio de vida, como ese tan magnífico en verdes dorados que posee Julian Schnabel.

El chiquillo dibujante de Pompeya -en la Roma de Nerón y Popea- tiene una gracia estándar e intemporal, la dote artística natural que reconocía Picasso en los niños antes de malograrse mayoritariamente en la edad adulta. Se podría deducir que él nació malogrado para toda ingenuidad. Nada más lejos de la realidad, aunque su seguridad infantil era única. La gracia que tenía Picasso era anormal, evidentemente. Pero quién diría que no hubiese preferido tener la tórpida destreza propia de un niño cualquiera, pongamos por caso al pequeño artista de Pompeya. Los niños prodigio reniegan de su 'olimpo' solitario; en realidad, los niños reniegan del paradigma, les da vértigo.

No en balde, anduvo don Pablo toda su vida tras la ingeniosa meta de la ingenuidad, esa especie de des-perfección afanosa. Como confesara a Henri Matisse o a Joan Miró; a Jean Cocteau o a Antoni Clavé, quienes le secundaban en sus coordenadas estilísticas: 'me ha costado una vida entera aprender a pintar como un niño'. No aceptaba, y menos en la madurez de su delirio creativo, que le llamasen maestro, eso lo era Maillol, el escultor de las curvas y contra curvas del mundo. Su labor era subvertir la corrección, algo inconscientemente infantil, por otra parte. Lo que nadie podría haber imaginado, entre sus interlocutores y en los amplísimos predios del arte contemporáneo del siglo XX, es hasta cuándo sería considerada legítima la ingeniosa ingenuidad, esa pizarra donde desmadrar las formas del decoro psico-estético; tapiz incólume de todo resabio y artificiosidad. Lejos de ser una fórmula, supuso una aventura cognoscitiva valorada al alza durante buena parte del siglo pasado, aunque rebatida sin piedad por las vanguardias sesudas, que racionalizaron la expresión y la redujeron al mínimo para pretender el máximo.

En cuestión de maña artística la ingenuidad supuso el descaro de ser uno mismo antes de serlo tan del todo que no hubiera remedio de convicción al haber quedado sobre expuesto el mecanismo. Había que cocinarse el ser en salsa de inocencia pero con plena consciencia, es decir con el niño interno crecidito. Ser sin aditivos enmascaradores, sin tempuras formalistas y represivas, sin apriscos que cubrieran las veleidades del espíritu al raso: la liberación total del constreñido ser esencial previo al conocimiento pero con plena consciencia de estar regresando. Porque eso es lo que se captaría desde afuera. Esto suponía 'Ser en creando' en pura elementalidad y con el yo a la intemperie, como un niño pero sabiendo lo que un hombre. La diferencia con la genuina ingenuidad infantil estaba en la consciencia de estar recreando un orden que ya existía en la naturaleza, como lo fue el Corinto, por ejemplo, que jugaba a recrear estilísticamente la exuberancia natural. Aquí se rehacía la ingenuidad genuina. Al hilo de tanta sepultura bélica y tanto caos irracional, Picasso, Matisse o Chagall supieron desenterrar sus niños profundos.


Ninguno terminó pintando exactamente como un niño, pues la inocencia no es un artefacto al uso programado. La financiación del hecho de vivir y otros organismos racionales se aplican a conciencia para que la vida adulta ya no vuelva a sonar a sonajero. Por otro lado, sólo la madurez propicia la solidaridad social, pues la infancia mira hacia su ombligo, por esa viva sensación de estarse aún conectado al cordón umbilical, esa percepción nítida de flotar en medio del placentero cosmos materno; ajeno a la tiniebla, el pequeño astronauta con su escafandra de sueños...

Y esa madurez social se le discute a Picasso alegremente; su legado debería disculpar todo indicio reclusorio. Yo prefiero tener el tesoro de su obra. Lo hicimos el rey del mundo y desarrolló una querencia palaciega y un afán de atesorar.

En sentido estricto, no volvió a pintar como un chaval porque nunca había llegado a hacerlo como tal -la seguridad que mostraban sus dibujos infantiles le dejó siempre pasmado-, pero sí que parece haber deseado volver a los días de la felicidad perfecta, con aquel críptico axioma: 'siempre se es del mismo lugar'. Se le adivina organizando ese viaje de vuelta con ansias infantiles pues rehuía toda ancianidad. Muchos artistas contemporáneos trabajaron y trabajan a gatas; curiosamente, él siempre trabajó de pie, aunque parezca el más infantil de los pintores. Su fisonomía acarrea el garabato de un pañal. Como le ocurría a Juan XXIII (Angelo Roncalli), su cabeza y su mirada son como las de un bebé: inocencia y sabiduría.

Lo mismo con la forma que con el color, en pie o tendiendo los lienzos en el suelo, detrás de la felicidad creativa de los artistas se abre a menudo la puerta de las preguntas densas, inoportunas visitas. Rothko, Pollock y algunos otros forjadores de sueños que supieron cuajar el color, con o sin puntillas, 'echaron a volar' al no poder salir de un laberinto asfixiante. Algunos, como el lituano, Soutine, salvaron la vida 'in extremis'. El color, otra mina abierta a la esperanza podría tener su oscura galería subterránea. Cuando las charcas de la vida se pudren, las palomas que bajan a chapotear se envenenan. El color tiene en su corta vetas venenosas que nunca terminan de ser extirpadas; una entelequia que los artistas trinchan a diario para una acción de gracias como un tiovivo espectral. ¿Nos engañamos, quizá? Trinchamos y trinchamos, pero al final, está el oscuro lienzo sin estrellas.

¿Qué final habrá de tener la inocencia del arte? ¿Sería noticia en el París-Match la edad de su aburrida sensatez? ¿Habría un especial de Vogue para festejar tanto aburrimiento? Cuando el arte se desliga de la moda se desluce. Sin luces de pasarela el arte es una morgue, francamente me aterra. El arte había aprendido a salirse del gabinete, del frío depósito, a llevar ruedines y asas para deambular, como las maletas y las camillas, a lucir alas, no sólo en el sombrero; a no ser más el muerto, sino a llevarlo en volandas con su peste de cadáver, el del hombre narcotizado del siglo XXI. Éste sí que ha entrado en el depósito.

¿Aflorará también la sensatez en el mercado?...Me refiero a un federalismo de oportunidades. Estamos en ascuas. Porque la justicia mercantil del arte es tan arbitraria como la federalista de Estados. Cuando es epicéntrica suele ser ombliguista; cuando es centrífuga, hay tantos ombligos como extra-centros: no hay arreglo. De momento, hablando de ingenuidades, ¿cómo íbamos a imaginar que llegaría este pre-futuro de carbonería bélica? Se entiende que el futuro será otra cosa: lo reconoceremos nada más entre por la puerta. Nada que ver con esta carbonería eclíptica parcial, como un ensayo de tinieblas; sin dudas, una carbonería como una cabronada para la inocencia. Y, además, yo siempre creí en el humanitarismo del arte: medicina para nihilismos y tal... ¿Y su espíritu geolocalizador...? ¿Cuál es ese lugar al que uno debe sentirse feliz y orgullosamente ligado como artista? ¿Vive más allá de nacionalismos y fronteras? ¿Quién me lo explica? Sé que Willy Brandt hablaba, tras la II Guerra Mundial, de un futuro de derechos garantizados para todos los hombres. Este presente es el futuro del que hablaba y ser ingenuo sólo es útil para el arte; para colmo, cada vez menos.

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