Uno lo admiraba mucho desde provincias, en la vieja Castilla, cuando estudiaba aquel libro suyo que es imprescindible para todos los que amamos el oficio, Medio siglo de prensa literaria española (1900-1950), y ya en Madrid, después de beber de su magisterio en la universidad, me presenté a hacerle a César Antonio Molina una propuesta de programa cultural en su despacho, en la tercera planta del Círculo de Bellas Artes, recién estrenada Radio Círculo. Fue mi primer trabajo remunerado y guardo el mejor de los recuerdos de esa etapa, al punto de que –ya es un secreto a voces– mantengo a día de hoy en antena “El Marcapáginas”, veinticuatro años después, en recuerdo a su generoso gesto.
César siempre estaba trabajando en algo importante, en un ciclo de literatura, una conferencia, organizando un congreso, escribiendo uno o varios libros a la vez, como sus libros de memorias vividas y leídas, organizando sus clases magistrales en la Universidad Carlos III de Madrid… Era y es un placer charlar con él, y ya es milagro sacar de este mundo algunos amigos como él, de su categoría, y cuyos artículos en El Mundo son de una clarividencia pasmosa, valiente y asustante. César ha dedicado su vida a difundir las ideas y el estilo de los clásicos desde el periodismo, además de a la gestión cultural en las más altas instancias, como la del Ministerio de Cultura: y de aquellos gigantes a estos enanos media un abismo.
César Antonio Molina ha escrito un magnífico ensayo titulado ¿Qué hacemos con los humanos? en Ediciones Deusto, editorial en cuyo catálogo figuran innumerables aciertos de carácter crítico y que capitanea con sumo gusto y elegancia Roger Domingo. Es un libro escrito a contracorriente, pero muy necesario, porque en él se entiende a la perfección cuál es el futuro que le espera a la humanidad, si sigue entregándose al becerro de oro tecnológico, la soberbia científica y el, hasta ahora, incontrolable desarrollo tecnológico “en manos privadas desaprensivas”. César no es un tecnófobo, al contrario: no hay mente más avanzada que aquella que es capaz de sobrevolar varias décadas por encima de su tiempo y bosquejar un escenario lúcido, aunque sembrado de dudas cartesianas. Por sus páginas describe el sabio coruñés conceptos tan esclarecedores como el embrutecimiento digital, la felicidad pasiva que nos imponen las tecnologías, el gran apagón como arma bélica, el transhumanismo y los cerebros modificados con chips, la fusión del cuerpo con la tecnología y las máquinas supletorias, robots que opinarán, los despidos masivos a través del uso de los algoritmos o la función política de Google, el antiintelectualismo conducente a masas de ignaros o el señorío del Chat GPT en sustitución de la creación humana. La de César Antonio Molina se ha convertido en una voz solitaria que nos representa a miles de ciudadanos, y lo que uno lamenta es que, en este circo de la vida social, los poderes nos hayan ido alejando factualmente de la auctoritas que él y hombres como él representan.
Escribe el maestro “Imaginemos al ser humano dentro de un futuro no muy lejano, por ejemplo, en este medio siglo. El trabajo escaseará, las máquinas lo harán prácticamente todo, el sobrante humano será inmenso o ya se habrán tomado medidas para diezmarlo, los trasplantes y la ingeniería genética prolongarán la vida indefinidamente e, incluso, la muerte será un viejo recuerdo (…). Evidentemente, hay infinidad de cosas positivas, pero las negativas son horrorosas, pues de éstas se educe que el individuo ya no gobernaría el mundo, sino un grupo de la élite más poderosa, sobre todo económica, que sometería al resto a través de estos instrumentos (…). No es este un libro contra la ciencia ni contra la tecnología, por el contrario, lo es contra aquellos que la quieren utilizar en función de sus intereses particulares contrarios a los del resto de la humanidad, y por eso trata de ayudar con su lectura a todos los ciudadanos a seguir disfrutando del que, como ya lo era para don Quijote, es su bien más preciado: la libertad”. Porque, efectivamente, ya no tiene uno edad como para irse dejando el libre albedrío por las covachuelas de la política y las corporaciones, que es la pomada de ahora, el gratiné de las grandes tecnológicas y sus archimillonarios del nuevo búnker paradisiaco, que colonizan las mentes de los más jóvenes con unos supuestos avances de oro falso.
Se está muy bien en esa cultura literaria y artística tan clásica y moderna a la vez de César, que tiene mucho de progreso y de artista, del bohemio y del intelectual que siempre ha sido, pero que molesta a los amos del Poder, él que lo vivió –y padeció– desde sus intersticios, y del que siendo adolescente escuché hablar a mi difunto tío Julián Lago con admiración: “es el buen socialista”. Hoy puedo asegurar que César Antonio Molina es una de las almas más visionarias, sensitivas y finas de la vida cultural española. Por eso muchos ágrafos se aprestan a herirlo en seguida, porque va con el corazón y su verdad –que es la de los clásicos– como escudo. Porque a muchos no les interesa que se sepa que el rey va desnudo y que a los robots hay que mirarlos siempre con desconfianza y no meterse con ellos en la cama. Naturalmente.
Twitter: @dfarranz