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Novela

Haruki Murakami: La ciudad y sus muros inciertos

domingo 14 de julio de 2024, 21:23h
Actualizado el: 14 de julio de 2024, 21:44h
Haruki Murakami: La ciudad y sus muros inciertos

Traducción de Juan Francisco González Sánchez. Tusquets. Barcelona, 2024. 576 páginas. 22,90 €. Libro electrónico: 11,99 €. La última novela del escritor japonés resulta un tanto decepcionante y no produce el placer que suele producir su obra.

Por José Pazó Espinosa

Hace unos tres años, leí en el ‘New Yorker’ un relato de Haruki Murakami, “Abandoning a cat’, un breve relato escrito antes de la pandemia. En él, cuenta de forma sucinta cómo su padre, Benshiki Murakami, le hizo partícipe del abandono de un gato en un solar, cuando Haruki era todavía un niño. Se trataba de un relato muy simple, lineal, autobiográfico (como muchos otros escritos del autor), y enternecedor. No por el tratamiento que el narrador hacía del suceso, sino por lo que se adivinaba tras él, por lo no dicho. Hace unas semanas, me llegó La ciudad y sus muros inciertos, la última novela de Murakami, que me había reservado con cierta curiosidad no exenta de egoísmo, ya que esperaba tener una dosis del placer que su obra a menudo me produce. Y, sin embargo, no ha sido así. Muy al contrario.

La ciudad y sus muros inciertos es una novela larga, a lo best-seller americano, un libro bien editado (como casi siempre hace Tusquets), con una portada algo abrumadora por su realismo, una ilustración de David de las Heras, hecha quizá con colores acrílicos, que reproduce la cabeza tumbada de una mujer que es observada por un pequeño hombre vestido con ropa de oficinista con la chaqueta quitada sobre un brazo. Esta portada enlaza con el tema central de la novela, que no es otro que el amor inalcanzable pero inasequible al desaliento hacia una mujer ausente, una novia que tuvo el protagonista cuando tenía diecisiete años, y a la que nunca volvió a ver. Con esta mujer vivió el protagonista un amor breve, no consumado en la realidad, que sin embargo no tuvo fin. Ella le habló, por primera vez y antes de esfumarse, de una ciudad imaginaria, inexistente, en la que vivía o quería vivir: la ciudad de los muros inciertos.

Esta trama, así dicha, suena atractiva, sugerente. Enlaza, por otro lado, con la que a mi modo de ver es la novela menos interesante de Murakami, Sputnik, mi amor, del año 1999, un relato entre kafkiano y surrealista, que transcurre en una isla griega (si es que transcurre en algún lado), y que describe la desaparición del amor platónico de un profesor, K, y la búsqueda que él hace para intentar encontrarla. La ciudad y sus muros inciertos retoma básicamente este tema, pero en este caso está claro, al menos a partir de cierto momento, que esa desaparición y el proceso de búsqueda es principalmente mental y que la trama transcurre por espacios neuronales y psicológicos.

El narrador, del que no sabemos el nombre (en la novela no sabemos el nombre de casi nadie), decide ir a esa ciudad. Para hacerlo, debe desprenderse de su sombra y, una vez en la ciudad de los muros inciertos (una ciudad sin nombre, por supuesto), sustituir sus ojos por otros deteriorados. Allí, se convertirá en lector de sueños antiguos, y podrá ver a su antigua amada y hasta hablar con ella. La ciudad, una especie de reducto entre urbano y campestre, está poblada por unicornios y pájaros. Los unicornios, de salud frágil, mueren a menudo de frío y caen en unas fosas en las que se pudren entre olores nauseabundos. Al perder su sombra, el protagonista queda algo mosqueado, y tiene una crisis de identidad: no sabe si él es su sombra o es ese cuerpo sin sombra que deambula por la ciudad de muros inciertos. El guardián de la ciudad le previene contra su sombra (las sombras son entes arteros), y su sombra le previene contra la ciudad y su guardián. Total, que el narrador, hecho un lío, no sabe si recuperar su sombra o quedarse sin ella. Sutil metáfora a la que Murakami dedica varios cientos de páginas que destilan un escribir forzado, inane, fofo como los cadáveres de los unicornios.

Así que el narrador decide volver a reunirse con su sombra, y no se sabe cómo se va de la ciudad de inciertos muros a un pueblo de montaña en el que pasa a ser director de una biblioteca (sin necesidad de oposición) en la que se le aparece el fantasma del antiguo director, Koyasu, una especie de gnomo escocés barbudo que viste siempre con falda (Murakami no dice si escocesa o negra, pero este crítico presupone lo primero). En ese pueblo, el narrador viste jerséis de cachemir, bebe whiskey de malta, escucha a Paul Desmond, da paseos por un río lleno de peces plateados, liga con otra mujer que no quiere sexo (y viste por ello ropa interior acorazada). En fin, el Murakami conocido. Y luego, como no bastaba con lo relatado (y faltaban los Beatles), aparece un muchacho que lleva siempre una gastada sudadera de Yellow Submarine.

El muchacho del Yellow Submarine, así se refiere a él el narrador siempre, pues es otro personaje sin nombre propio. Una especie de niño silenciosos y sesudo que mantiene con el narrador unas conversaciones de filosofía básica que quiere ser trascendente, y que al final desaparece, se esfuma, se queda en la ciudad de muros inciertos, ya que ese niño, como alguien puede imaginar, es el propio narrador, que a su vez es el propio Murakami. Todo ello aderezado con el usual recurso de Murakami, que consiste en palabras en cursiva aquí y allá, a lo que además añade ahora el uso de la negrita para destacar algunos fragmentos, como si de un artículo de El Mundo se tratara. En fin, que no hay espacio suficiente para tanto delirio. Schopenhauer afirmó que toda persona tiene derecho al delirio, y este mismo crítico acaba de publicar un libro, en la editorial Langre, titulado Deliria (quizá para ejercer su derecho), pero Murakami va más allá, mucho más allá de un delirio literario: el suyo es un paseo kitsch que se asemeja mucho a una parodia de sí mismo. El estilo raya a menudo en lo cursi, y uno va leyendo la novela con la impresión que dura 600 páginas como podía durar 6000. Pero aún quedándonos en 600, son páginas forzadas (como decía más arriba), la gran mayoría huecas, carentes de sinceridad, de ritmo, de verdad o de nervio.

En las páginas finales, el propio Murakami explica que esta novela se basa en un relato del año 1980 que nunca publicó, pero que le sirvió de base para su novela de 1985 El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, que tuvo mucha repercusión. No satisfecho con ese éxito, en la pandemia, decidió volver a usar esa historia inicial, la de la ciudad de muros inciertos (la sentía inconclusa) para esta novela que nos ocupa. Sin duda, la pandemia tuvo efectos devastadores de todo tipo, entre ellos la intensificación de las obsesiones personales.

Esa reutilización una vez más de un relato antiguo fue una decisión que repudiamos los que gustamos y hemos disfrutado con su prosa. Cuando uno compara el relato del abandono del gato con los muros de esta incierta ciudad no puede menos que desear decirle a Haruki Murakami que no recicle, que qué necesidad tiene de ello, que, quizá como aconsejan a Biden, se retire por el momento de las carreras de largo alcance y se dedique más a la pincelada rápida y ligera, en la que quizá encuentre todavía algo de verdad.

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