Decía Aquilino Duque que gracias a la pluma de Luis de Camoens las grandes hazañas del Imperio portugués habían pasado de ser legendarias a ser míticas. Aquel fin de semana de 1990 que pasé con Bernardo Víctor Carande en Capela, su cortijo portugués en Almendral (Badajoz), supe de la existencia del excelso vate de las letras lusitanas, 'a quien Neptuno y Marte obedecieron' ante la exaltación de sus mejores versos.
Recuerdo la pasión de Bernardo Víctor por Portugal, inculcada por su insigne padre, don Ramón Carande, el autor de Carlos V y sus banqueros, esa obra monumental, 'discípulo de la vida , hombre esencial y a quien nada fue ajeno', como reza en una lápida en la que fuera su casa sevillana. Me quedó claro el enorme interés de aquella familia por la cultura de nuestro país vecino, siendo Bernardo un hombre fronterizo, como lo definiera el poeta Jesús García Calderón, gran amigo suyo y socio en empresas poéticas. Crear una revista de poesía es una empresa poética en su propia naturaleza. Alojar una dentro de otra, aún más. Y ellos encartaron El Cónsul en la ya existente Capela, revista de literatura y conocimiento, bajo este epígrafe común: 'boletín de información personal de un hombre que vive en el campo', ese era Bernardo Víctor Carande.
Pues bien, supe de Camoens a través de Los Lusiadas, y de estos, gracias a Bernardo. El poema épico de Camoens, compuesto por bellísimos cantos de navegación, glosando la 'luseña' gloria antigua, fue el libro que me llevé a la cama las noches que dormí en Capela. Lo extrajo Bernardo mismo de su biblioteca. Ahí se narran las hazañas, 'Las nuestras -dijo Camoens-, no fingidas, son tamañas / Que á las fingidas vencen las fabulosas'. Se canta, entre tantas proezas, la gloria guerrera de Viriato, que tan de cabeza trajo a Roma. La valentía aventurera de los portugueses, por vías marítimas ignotas, nunca antes transitadas, desafiando a Áfrico y Noto. Y cómo Júpiter les permitió descansar en suelo africano antes de enfilar el Oriente, ante la oposición de algunos dioses, como Baco, padre de Luso, temeroso de que acabaría 'su gloria del Oriente / Sí fuere allá la Lusitana gente'. Gente, dice el celebre poema, llevada por los vientos, 'como a quien tiene por amigo el cielo'. Se muestra un orgullo evidente por el Reino de Portugal: 'Somos de un Rey orgulloso y estimado'; por él no es que se aventurasen en el proceloso mar, sino -literalmente- en el mismo lago del Averno si fuera necesario. A lo largo de los diez cantos, compuestos en octavas reales -versos de once sílabas-, Camoens glosa la aventura de los hijos de Luso, término del cual derivó Lusitania, como creación nominal del teólogo y humanista André de Resende.
Luis de Camoens nació casi con seguridad en Lisboa en 1524, veintitrés años antes que Cervantes. No sería Cervantes cortesano, aunque estuvo a un paso de instalarse en la corte de Sicilia. En cambio, Camoens, que fue temprano preceptor de infantes aristócratas, sería poeta de la corte lusitana, pero fue tan soldado como el autor del Quijote; en su caso en Ceuta. Curiosamente, también fue herido en batalla, en el Estrecho de Gibraltar, donde perdió el ojo derecho. Y como Shakespeare, fue pródigo en escarceos amorosos. Se dice de él que fue un perfecto bohemio, aunque se sepa tan poco garantizado de su vida, lo cual es todo un record de investigación.
Viajó al Oriente, con naufragios en el Cabo de Buena Esperanza y, de vuelta, en la India, donde hizo sobrehumanos esfuerzos por preservar el manuscrito de Os Lusíadas, el poema que le inspiraran unos versos de su admirado António Sérgio: 'Sobre os rios que vao' (Sobre los ríos que van). El Tajo y el Duero, esas maravillas naturales que comparten Portugal y España, simbolizan las venas de nuestro destino común. También como Cervantes, Camoens estuvo preso, no se sabe si por deudas o por unas sátiras sin firmar que ofendieron al rey don Manuel, que ordenó su arresto.
No podemos decir que toda la vida de Camoens fuese un canto épico, como alegremente se afirma que la de Cervantes fue una novela ejemplar. No se conocen con certeza absoluta las vicisitudes del portugués, pero la poesía es un género más reflectante del alma de su autor que la novela, por lo que si no se conoce con propiedad la existencia de Camoens, sí que tenemos, al tacto intuitivo, la prestancia de su espíritu, su apresto y sus tintes especiales, que lo han llevado a ser considerado el mayor tesoro de la cultura portuguesa, la tierra concebida por Luso, hijo del dios Baco.
No se sabe si Camoens pasó por las aulas universitarias de Coimbra, pero por su alto paradigma literario no sería descartable. Falleció en 1579, pero los restos que se conservan no parecen ser los suyos, lo cual lo hermana con el autor del Quijote hasta en la muerte.
Estos días estivales, especialmente calurosos, nuestra princesa Leonor, de visita oficial en Portugal, ha realizado una ofrenda floral a la memoria de Luis de Camoens, enterrado en el Monasterio de los Jerónimos, en Lisboa, capital de nuestra nación vecina y amiga, como ha referido la princesa.
(Dedicado a la memoria del prestigioso portugués don Manuel de Brito, fundador de la mítica galería de arte 111, a quien Rosa y yo tuvimos el honor de conocer en Lisboa, en el verano del 2000.)