(Este artículo es una continuación de Los veranos fuera)
Se callaron. No hacía falta que disimularan. Querían una explicación inmediatamente. Su silencio arrastraba como un desprendimiento de tierra. Candela, Adrián, Darío, Óscar, Laura, Juan, Daniel. Todos me miraban esperando que dijese quién era ésa y qué hacía tomándome una caña con ella. Bueno, en realidad han sido… Déjate de detalles literarios, Luis, ve al grano, me cortó Óscar. Les conté todo lo que sabía y las menudencias que habíamos compartido, sin ocultar la invitación última de conocer su casa. No te hacía tan interesado en la prensa del corazón, dijo Laura. Bueno, siguió Candela, es que Luis sería un portero de edificio antiguo estupendo. Edificio vetusto o con solera, diría él, añadió Daniel. Las coñas marineras siguieron durante unos tres cuartos de hora. Me parecieron justas. Eran directamente proporcionales al rato que había permanecido ausente de nuestra mesa.
La marquesa vivía en un portal número par de la calle Santa Isabel. Los camareros de Los Alces me facilitaron la dirección. Las maderas de la entrada, lucidas hasta la palidez, y el telefonillo y la aldaba bañados en imitación del oro iban poniendo sobre aviso de lo que podría esperarse en el interior. Pero este no fue sino espacioso, poco más que añadir. Uno temía toparse, ya en el rellano, con ese olor de los cuidados que se aplican para que la senectud no se note. Ese olor de perfume cubriendo la mierda que se recoge y limpia. Nada de eso. Su piso era el segundo y con la salvedad de ser recibido por una señora latinoamericana de peinado telenovelesco y hábitos de pertenecer al servicio, su casa no mostraba más que amplitud. Los tres grandes ventanales permitían a la luz campar a sus anchas. El piso había tenido una renovación de tipo moderno, con visos de un loft, pero algunos muebles habían sido salvados para no olvidar dónde se estaba y de dónde se había venido.
Ah, por fin. Me vas a tener que ayudar con una cosa, dijo la marquesa apareciendo por la esquina de lo que supuse un comedor. La señora del servicio desapareció tras una puerta corredera. Ven, vamos junto a esa ventana, donde la mesa camilla. No podía faltar una, vista la avanzada edad en todo el lugar. Le pregunté si podía bajar un poco las persianas, pues el calor se igualaba con el de la calle. Nunca quise instalarlas, me daban miedo que un día se descolgasen y me aplastaran. Le reí el chascarrillo mientras buscaba en el pantalón un pañuelo con el que poder secarme discretamente las axilas.
Sobre la mesa había pequeñas cajas de zapatos y de antiguos cigarrillos egipcios, a la sombra de un ramillete de flores de ajo. La marquesa había elegido abrirlas y curiosearlas en aquella tarde de mediados de julio. Podía ser un pasatiempo de todos los veranos, uno que no ganase en novedad pero sí en estímulo para mitigar la soledad. Que no llegase la noche sin que hubiera ofrecido algo a sus ojos. La señora del servicio dejó dos copas con zumo de limón granizado, conectó un ventilador portátil a velocidad media y se retiró. La marquesa pasaba sus manos anilladas por todas esas fotografías, postales, cartas. La tarde podía alargarse cuanto quisiera. Los países y sus misterios. El mar turquesa. Los días de su matrimonio y nombrarlo de nuevo desde el amor y por él sobrevivir un rato. ¿Qué son?, pregunté por interrumpir, para que no se prolongara ese silencio extraño de estar viviendo su mismo sueño despierto. Ya lo ves. Lo guardo todo, aunque ya no haga falta. Yo tampoco.
Tomé un sorbo de mi granizado. Ella un papel más plegado bajo otros de menor tamaño. Lo extendió encima de los montones desparramados. No he encontrado la lente que uso de lupa, porque mira, mi marido escribía con una letra endemoniadamente pequeña. Asentí por adueñarme también de su contrariedad, pero salí al paso contándole que se parecía bastante a la mía, que si quería, le podía leer lo que estaba escrito. Pasarlo a limpio por si así le fuera más fácil leerla otra vez, cuando quisiera. La marquesa no dudó un segundo en llamar a la señora y pedir que trajera una estilográfica. Los folios los sacó ella misma de un buró cercano, hermosísimo, vacío en apariencia. Apartó las cajas, arrebujó las demás fotos y enseres y me acercó la silla junto a la suya para que la tarea fuese más confortable. El hielo goteaba de las comisuras de las copas, se escurría por el cuello hasta formar cercos.
Lo que aquella carta decía me parece innecesario compartirlo. Uno mismo no la entendía, algo normal cuando nos inmiscuimos en lo ajeno, por mucho que atraiga esa rendija en el pasado de alguien. La marquesa debió percibir mi curiosidad el otro día por su mansión en el campo. De ella hablaba la carta y desde ella se escribió, según la fecha y firma. Se la dirigió al joven y nuevo marqués de S., a los pocos meses de haberla adquirido como regalo de boda, seguramente del padre de ella, marqués de S. original.
De un fragmento en particular tuve a bien hacer una foto. Lo copié en un cuaderno al volver a casa: ‘...y esas tardes, un poco alcohólicas, que pasan en pueblos de la zona durante las fiestas, y que te vas a perder si no vienes a tiempo. A padre ya le dije que seguramente te retendrían asuntos en Madrid, pero está tan bonito todo que pienso que las palabras van a ser como calderilla en comparación a lo que sentirías si estuvieses aquí, viéndolo conmigo, con tu (el nombre aparecía tachado en la carta). He pedido a los chicos que trabajan para el ama que nos tengan listas las bicicletas. Podríamos salir siguiendo el puente y el paseo del río hacia los pinares, aunque nos alejemos y nos adviertan que pueda ser peligroso, pero no te preocupes. Alguna tarde me he escapado de la partida de cartas con las amigas de madre y he llegado hasta la carretera que pone rumbo a Vinuesa. Te quiero llevar para que nos tumbemos donde se cruzan las lindes de las tierras y los pinares. En algunos no se puede entrar, son propiedades de otras familias. Las conoces, los O. y los V. Quiero que de estos sitios nos acordemos juntos. No me apetece seguir escribiéndote cartas sin saber cuándo vendrás. Lo hace todo demasiado frágil. Quiero que escuchemos juntos el bosque […] Cuando el sol se va, no sabes cómo ese ruido te persigue…’