No es la primera vez que escribo en EL IMPARCIAL sobre Pascual Ortiz, “El Editor Errante”, un hombre al que en un primer momento tomé por loco (en el buen sentido) cuando me contó sus planes para sacar cien poemarios en cinco años. El proyecto ya tenía nombre: BajAmar-BaxAmar Editores y la clásica maleta llena de sueños que muy pronto comenzó a hacerse realidad en forma de objeto impreso. Tuve que quedar con él para tomar un café y creerme que, de verdad, Pascual existía y allí me confesó que su ejemplo es el gran editor y bibliófilo asturiano Silverio Cañada, padre de múltiples colecciones literarias y de la Gran Enciclopedia Asturiana, todo un clásico en los hogares del Principado.
Su plan de negocio sonaba a utopía, a un idealismo raro que ya no se ve en nuestros días: quería dedicarse a sacar poemarios de gente que estaba empezando a escribir, que tenía talento y que no tenía oportunidad de demostrárselo al mundo en el producto supremo que desde hace siglos ansía cualquier escritor: un libro. Desde ya reconozco que soy parte. Pascual es mi editor, pero es que a mi me gusta estar en el lado de los extraordinarios y él lo es.
Pascual me habló de su pasado. De cientos de libros editados con promesa de promocionarlos con luces de escenario y mucha purpurina y luego olvidados. Hubo deudas, me consta, fue necesario reconstruirse y empezar de cero y obligatorio renovar empeños y ganas; pero ahí está, al pie del cañón, y nunca mejor dicho, al pie, a la tarjeta de transporte y al carrito donde lleva todos los poemarios que va a intentar vender en lugares no siempre amigables para la lírica. En bestiales festivales sidreros o pantagruélicas romerías bañadas en alcohol, bollos preñados y reggeton.
Ya saben que me encanta que haya poesía donde, en principio, no hay lugar para la misma. Pascual, en ese sentido, es todo un brazo armado poético-situacionista. Hace mucho tiempo que no voy a fiestas de ese tipo, pero, de no conocerlo, posiblemente le comprase un poemario de Amanda Sorokin, unos “Plizcos” de Alfredo Garay, o bien unos haikus de María Rosa Serdio y, siendo como yo soy, posiblemente comenzase a recitarlos en voz alta en medio del botellón o en el descanso de la orquesta, o puede que aprovechase para recitar unos cuantos versos al oído a alguien especial, ya que pienso que no hay mejor forma de decirlo que con un poema, por mucho que otros se empeñen en que esa mejor forma es con una crema de azúcar, aceite de palma y grasa de cacao. En fin, que yo le compraría un poemario al bueno de Pascual.
Él me manda audios y mensajes en el fragor de esas ferias agrestes en las que por la mañana te abrasas con el sol y por la tarde te encallas con el barro de la clásica tormenta asturiana de verano. Siempre me ha llamado la atención cuando me dice que el que vende camisetas de fútbol falsas tiene cola de clientes y él, a veces, se vuelve en su tren de cercanías de vacío. Otra vez me envió una foto en la que la cola para comprar una ración de pulpo no cabía en toda la imagen y él, sin embargo, nada. De ello ya les he hablado de alguna forma en esta columna hace tiempo, y créanme, no paro de darle vueltas a esa fotografía. He visto la ración de pulpo a veinte euros en uno de esos puestos de feria y me pregunto si, de verdad, es posible que nuestras preferencias sean más gastronómicas que poéticas. Pascual tiene unos ciento veinte títulos, en rigurosa paridad, que ha sacado durante los últimos ocho años. ¿No hay ningún poemario que costando justo la mitad que la ración de pulpo, realmente merezca la pena?
Me dice mi mujer que pertenezco a la estirpe de los raros. Compro libros y los meto en casa a escondidas. No me gustan demasiado los restaurantes. Uno de los días más felices de mi vida fue mi primer paseo por la Feria del Libro de Madrid. Siempre hojeo y ojeo. Mi estantería se extiende por todos los rincones de la casa, tengo libros en el coche, varios, y les digo a mis hijos que esos volúmenes son también suyos, que pueden robármelos y leerlos cuando quieran. Al igual que Marx (Groucho), encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, voy a otra habitación y leo un buen libro.
Pulpo o libro es el nuevo plata o plomo. En mi caso puede decirse que prefiero comprarme dos libros a una ración de pulpo. O dos copas en la terraza de moda, o una camiseta de un equipo random falsa. También prefiero a un buen editor que se mancha de polvo de camino a otros que, desde su atalaya, editan solo a amigos de siempre o a nuevos amigos conseguidos por la vía de la “autoedición guiada” previo pago de su importe. Mientras unos eligen plata, Pascual ya ha elegido libro, para quienes elijan pulpo yo también me apunto siempre y cuando no haya que decantarse entre ello o un libro. Ya saben con qué se quedaría este rarito que les escribe.