En el mundo en que crecí aún existía la metafísica del arte. Se manifestaba en el valor de la inspiración y en su apego a un misterio no sólo espiritual, sino incluso de consistencia material. Salvador Dalí hizo mucho por hacerla visible y el informalismo por hacerla palpable. La música popular enlazaba el misterio cadencioso y el respeto estético con una poesía de los sentimientos. Incluso la música rock progresiva, tan en boga, se alentaba en el misterio cadencial que busca la belleza sentimental y la emoción, con una deuda para con la música clásica. El rock psicodélico latino introducía la rítmica arcaica de unas congas o unos bongos y el casi fonetismo de los timbales, una percusión capaz de 'dialogar' junto al bajo con las cuerdas y los metales. Conseguía extraer una dormida memoria emocional de la sensibilidad del oyente; impresiones rítmicas rituales y agrestes en el alma.
Y además estaba, en el ambiente, ese -aquel- soñado logro de rellenar la nada con la patencia de un estado espiritualmente trascendente. Este estado que introduce la música ha sido considerado antropológicamente parte del tiempo de la transgresión y la fiesta, como causa de enajenación respecto al tiempo productivo. Al hilo de la metafísica, Heidegger consideró que de la nada misma se desvelaba el ser. El ser, entidad de natural ritmo, ya desde su propio compás cardíaco, y su cómputo del tiempo. Realidad cargada con un connatural desabrimiento de la existencia. Una necesidad de disolver la angustia de la nada es lo que acerca el alma a la música, haciéndola vitalmente útil.
Atendiendo a mi experiencia juvenil, recuerdo vivamente, muy cerca de mi casa paterna, una calle de casitas blancas -la surcaba casi a diario- recogiendo en sus cornisas, como todas las calles, los variados reflejos de la luz atmosférica. Yo venía, bien temprano, de la muerte nocturna que nos inflige el sueño, muerte con su 'más allá' imaginario y, al arrostrar aquellos rayos rosicler -yemas frescas derramadas- en las cornisas, me sentía más vivo que nunca. Luego estaba esa cuestión relativa del tiempo y su solución con el ser y su naturaleza viva. En aquella calle el tiempo tenía margen para condensarse. Por contra, en una avenida transversal el tiempo no cuajaba nunca en la concavidad del espíritu. Había un desatinado tránsito material que redundaba en incoherencia temporal. Respecto a la gente, entonces creía que el porvenir era una tarea por completar a su debido tiempo. El mundo no terminaba de rematarse. Eso se pensaba...
La música nunca ha dejado de adobar la realidad y viceversa: existen como si fueran las dos caras de una misma moneda; están muy próximas pero no se ven. La relación de la música con nuestra conciencia es otra cosa: nunca llega a ser parte de nuestro ser, eso sí; es, más bien, nuestro ser el que propicia su personificación siendo ella pura abstracción. Por alguna razón, nos es algo afín.
Sonaba mucha música en casa de mis amigos, en la calle de la que hablo. Ellos mismos eran músicos de gran nivel. Sonaban el blues y el rock, el andaluz y el progresivo, con aquellas campanas sintetizadas y los instrumentos eléctricos, también sintetizados, tocados con exquisito gusto. Eran sonidos acondicionados. Lo importante en los compases 'sinfónicos' de aquel nuevo rock seguía siendo el valor de las cadencias y esos contrastes de ritmo que nos apelaban sentimentalmente pero no sin un cierto pudor como seres que nos creíamos con mayoría de modernidad; era una paralela espiritual de la dura barra del rock. Por otra parte, los ritmos de la percusión eran naturalmente agresivos.
Alentaba esa música, con gusto y temple irregulares, un porvenir musical armónico. De hecho, ya se estaba en un porvenir musical fecundo que había supuesto un gran esfuerzo alcanzar. Lo progresivo nunca es urgente.
Recuerdo que había razones de peso e intuiciones suficientes para la esperanza artística, y que se ambicionaba con ardor un proceso espiritual de evolución musical que llegaría, en su momento justo, a dar frutos inimaginables. Estos frutos ya estaban realmente en aquellas manos virtuosas, pero el espíritu es una eterna proyección insaciable. Y también es propicio a perderse.
En la vida pública, se intuía, por aquel tiempo de estrenadas libertades, la necesidad vital realista de un tendido cartesiano por encima de las cabezas, pero existía un conocimiento de la historia y del pensamiento muy limitado a lo académico y se suspendía el deseo de forma rústica por encima de las azoteas donde se soleaba la razón, tal era la euforia de vivir unos tiempos nuevos. La música cumplía un gran papel cultural y marcaba una corrección. Pero por supuesto que había una gran voluntad de trascender la realidad, que era tan sórdida como siempre... Con música nos augurábamos un mundo; con poesía, un amor. El ritmo nos empoderaba en la grisalla. Aprendíamos cosas que solo enseñaba la música.
En el tocadiscos, arropando la guitarra de un genial Carlos Santana, unos jóvenes Raúl Rekow o Pete Escobedo nos conjuraban, en las mañanas de sábado, esos ritmos de ébano que violaban el alma: la única violencia que podemos condonar, como dijo un crítico musical. Rekow fue un conguero excepcional, el mejor se ha dicho. Desde 2015 descansa en paz; falleció con sesentaiún años. Había nacido en San Francisco. Se lloró mucho y aún se llora su temprana muerte; algunos músicos son -según se advierte en algún lugar- hermanos de distintas madres. Se dijo al hilo de la amistad entre Rekow y Perazzo, otro gran percusionista de Santana.
Mi alma se 'envenenó' desde muy pronto de un entendimiento musical próximo. El misterio parece inherente a la música. En realidad, el artista reconoce un misterio ya en cada nueva aurora: rosa y desasosiego; la calcinación -mucho más terrenal- es asunto del mediodía. Pero el gran misterio de verdad es la necesidad, en el declinar del ser, del ritmo: rito de superación de la angustia. A la música se la encuentra aquí abajo, entre nosotros, pero remite a lo alto. Una altura sin precisión. Ascendemos junto a ella y gracias a ella. Se la busca aquí abajo porque la música no pre-existe. Esta guardada potencialmente en la materia, cuerpo humano, grabación o instrumento. Sólo tu alma la conoce verdaderamente; tu sentido la reconoce. Lo que se nos escapa es la raíz mágica de la música, la causa de su trance y su implicaciones poéticas... Se trata de una entidad metafísica que diluye el anonadamiento. La música es un reto para la comprensión. Sólo podemos comprender nuestra necesidad de ella.
Estaban en mi juventud diaria, como en la de cualquiera, por un lado seres a medias y transitorios, soportados sin grandes esperanzas de íntima comunicación y, luego, otros seres que permanecían... Estos con una demasía de inteligencia benévola, de esperanzada sustancia amistosa. Los segundos solían ser factótum(s) del arte. Así fue. Diariamente, todos aquellos seres, tanto los primeros como los segundos -yo mismo-, no liberados de angustia, esperábamos un milagro del suelo bajo nuestros pies, una transubstanciación del asfalto en razón vital o algo así. La realidad era un material ahíto de pisadas hacia ningún lugar. Esto subyacía bajo la consciencia o, en otros casos, flotaba en ella. La música actuaba aquella 'transubstanciación' en el espíritu de lo estético. La misma Iglesia, sabiéndolo, utilizó esta propiedad de la música.
De vueltas con mi juventud diaria, existía un abanico de voluntades en la humanidad envolvente, bien férreas, bien inconsistentes; era una era de probabilidades. Y también existían teoremas de la inocencia o del conformismo; esmaltes de ilusionado futuro, que eran espejismos útiles; y ambición feroz... Feracidad misma del ser en la historia que se escribe inconscientemente.
Cada rosado amanecer conllevaba el ímpetu de un hallazgo simbólico: la realidad temporal. Si no un símbolo, una impresión simbólica. A ésta realidad no había que ambicionarla, existía impenitentemente. Estaba fuera de nuestro alcance. Sólo la poesía -también de lo musical- era metafísicamente alcanzable y eso alentaba una trascendencia estimulante. El tiempo moldeaba la ciudad y la razón, su poética metafórica, allí estaban las cornisas alineadas como afán de infinito; el rosicler, como espíritu; el agua de las mangueras disolviendo el cieno, como principio moral; frutas y verduras podridas en las cubetas de la basura, como podredumbre del sarcasmo; los albañales, como el infierno del fracaso; la música, como reafirmación... Toda una cosmogonía metafísica de lo urbano. Luego aprendimos que incluso el sarcasmo tenía un valor filosófico y artístico.
Cada noche, regresaba a mi casa por la misma hilera de casitas que al alba se ruborizaban en 'fluido rosa'; pero a esa hora, en vez de sonar Pink Floyd desde las ventanas abiertas, brotaban 'flores de luna' en el silencio. El caminante tiene que conformarse con lo que le caiga en su camino y la música sobrevenida te cae de las ventanas o surge de las sombras. Las cornisas de la calle, entenebrecidas a esa hora, seguían allí alineadas, siempre las mismas; pero la música era puro hecho sobrevenido.
Aquélla de la mañana parecía otra calle. ¿O era otra la nocturna? La luz del día y la música de la noche la travestían. También estaban allá arriba los astros, 'a lo lejos', durante el día, y no eran visibles... La que sí era otra, sin duda, era la naturaleza del tiempo en aquella hora de murciélagos y luciérnagas, enredándose a la luz de las farolas con violencia, en claroscuras madejas. Parecían provocar arcadas a la noche al penetrar viscosamente su blanca dentadura. De los balcones salían exhaustos gemidos que rebotaban rítmicamente en la pared, y eso que aún quedaba por colocar 'otro ladrillo' más en el muro nocturno.
El introito de una Mujer de magia negra era insólito e inquietante, como una grave advertencia. Carlos Santana, un sabio fronterizo de las seis cuerdas, conjuraba como nadie aquellas notas psicodélicas. El contraste entre aquel ahumado filtro musical y la nada que podía saberse uno mismo en aquella calle, hacía aun más metafísica su inefable identidad. Entonces era fácil reconocerse tentado por un mundo sinestésico, metafórico, transitivo, ritual, mágico, invertido o simplemente del revés... Opuesto al rosicler, pero vivo.
Harry Belafonte dijo que el latino de hoy es el negro de entonces. Y dicen que América es otra por virtud de su música. ¡Viva Carlos Santana!