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TRIBUNA

El espíritu, mucho más que una idea hipostasiada (1)

miércoles 28 de agosto de 2024, 20:13h
No me importaría ser un descolgado neokantiano sólo por mi deseo de comprender las ciencias del espíritu, regidas por el principio de intencionalidad. Fue uno de los brazos en que bifurcaron, Wilhelm Dilthey y sus colegas de la Escuela de Baden, la rehabilitación de Inmanuel Kant. Se me hace mucho más difícil seguir una explicación científica del mundo y -sintiéndolo mucho por mí- se me haría más aburrido. En todo caso, no por denominar a las ciencias humanistas como aquéllas 'del espíritu' se mostraron sometidos los neokantianos a las 'veleidades' del espíritu mismo y de la metafísica. Los mantenían a raya.
Hipóstasis es término filosófico de semántica metafísica relativa al ser. Fue Inmanuel Kant quien retomó el verbo hipostasiar para la filosofía, mucho tiempo en barbecho, aunque su vigencia sustantiva se remonta hasta el siglo II a. C. Para los neoplatónicos, la hipóstasis aludía a niveles del ser, más perfectos en el mundo espiritual y degradados en el material. Es evidente que en la antigüedad, hipóstasis aludía al ser como tal o respecto a sus causas últimas -realidad o verdad-, ya cayera en manos de la ontología o de la teleología.
Pero Kant refundió para la modernidad el sentido del verbo hipostasiar. Para él era tomar el pensamiento que elaboramos sobre objetos -tal vez, ni siquiera existieran estos-, por un conocimiento real de los mismos. Ponía en solfa que el pensamiento de un objeto fuese bastante para conocerlo en acto. Según él, no hay razón suficiente para verificar la autenticidad de aquellos objetos que nuestro entendimiento no ha llegado siquiera a revelarnos; por mucho que queramos, es una idea del objeto lo único que tenemos. Arnold Schopenhauer advirtió que la existencia de Dios era una hipóstasis, creíamos conocerlo realmente cuando sólo era fruto de nuestro pensamiento.
Fui afortunado cuando, en mi juventud primera, por la vía de mi destino se cruzó el pensamiento de Teilhard de Chardin, con esa 'Transparencia universal' que le fue revelada en el corazón de la materia. En el verano de 1919, en Jersey, escribió en La Potencia espiritual de la materia: 'Realidad siempre naciente, tú, que haciendo estallar en todo momento nuestros límites, nos obligas a perseguir la Verdad cada vez más lejos'.
Para mí, sinceramente, es el valor espiritual lo que nunca debería ser cancelado como principio influyente de la realidad, aunque como razón metafísica carezca por desgracia de interés suficiente en las prácticas y pragmáticas de la vida actual: se le ve bajo mínimos. Desde mi fuero interno, yo creo haber constatado la realidad del espíritu desde muy pronto, y siempre fue más que una creencia. Tal vez el espíritu exista con una finalidad práctica, incluso con más de una.
Yo me pregunto casi retóricamente: ¿Con qué razón existe el mundo material -en clave de utilidad existencial- si no es para ser influenciado por el espíritu humano? Porque, ciertamente, lo espiritual pesa en relación a lo gratuito, incluso pareciendo el espíritu tan leve. Gratuito era el universo para Sartre, por poner un ejemplo entre muchos. No para mí, humildemente, por poner un ejemplo ordinario.
No recuerdo haber hallado el espíritu como realidad consciente ni exterior ni interior. Un día temprano, sentí un poder a mi servicio; me sirvió haciéndome sentir poderoso en voluntad. Evidentemente, partía de mí y era para mí, pero con la certeza de ser un 'extra' de mí mismo, un más allá de mí. En medio de la angustia no estaba sólo. La belleza del mundo me erizaba la piel. Cuando supe que pensar es existir, sentí que el espíritu te hacía existir aun más: tiraba del carro.
En El Fenómeno humano, Chardin se planteó: '¿Cómo se sitúa entonces (El fenómeno humano)... Qué es lo que viene a hacer en el desenvolvimiento experimental del mundo el extraordinario poder de pensar?'
Abundando en el enigma desde mi andar por casa, pienso en lo difícil que resulta creer que una naturaleza con tan riquísimo potencial hubiese existido solo para sí misma, o para nada, refiriéndome a la nada racional. No habría quedado el mundo al margen del paso del tiempo, aunque, lejos de tener noción de ello -conciencia cíclica-, derivaría entre dilataciones y contracciones físicas atónitas. Y yo me pregunto: ¿Cómo entender tanta realidad útilmente advenida al ser humano si, desde el principio, no hubiese existido un plan para el ser humano?
Pero de no haber existido éste: ¿qué clase de conciencia natural se sabría mismamente ella como saber absoluto? ¿Qué sabiduría y que efectividad histórica avanzarían hacia qué absoluto si ni siquiera la existencia sería constatada? ¿O lo sería al margen del hombre por algún tipo de conciencia? ¿Pudiera ser esa Conciencia para sí que era Dios para Chardin? Lo creemos absolutamente, pero -al hilo del pensador- ¿dónde quedaría Lo Crístico de no haber surgido el hombre?
Las especies animales sacarían lo suyo necesario, obviamente, pero ¿tendría sentido toda esa inmensa realidad viva como potencia para ningún acto, incluyendo ningún acto consciente de una tal grandiosidad útil? La potencia existiría siempre como potencia y la consciencia de una espiritualidad, seguramente también, pues el espíritu no es sino un siervo del mundo. Ciertamente, me influyó Teilhard de Chardin y su concepción holística de Dios.
Confieso que no me olvido de la depredación que inflige el ser humano a la naturaleza. Pienso en el sentido del mundo para el espíritu. Tanto recurso no se resolvería útilmente sin un ser consciente. Una buena solución para el mundo, tras enderezar tamaños errores de depredación y odio, puede venir con más lógica del ser racional y espiritual que de la oscuridad consciente que podría haber reinado de no haber existido el ser humano.
Me pregunto: ¿el hombre halló la utilidad práctica de la materia o era un recurso visto a priori? La utilidad práctica de la materia no fue explotada por el mono; consiguió manipular poco más que tres ramas y media. El hombre no sólo pudo medrar biológicamente, también materialmente; no sólo sobrevivió, halló el modo de prosperar y pudo colmar su ambición. El hombre no sólo satisfizo su manutención, devoró, y consiguió arrancar y dar velocidad al motor del egoísmo. No es que esto nos enorgullezca, pero tiene una capacidad interventiva patente, tan decisiva como los desastres naturales, ajenos al hombre. La intervención del hombre en el mundo y la forja de la historia parecen derivadas de una voluntad decidida. Además, ¿no sacó, asimismo, el espíritu lo suyo? Su éxtasis... Su poesía... Sus mitos... Muchos reirán: es sano.
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