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TRIBUNA

El espíritu, mucho más que una idea hipostasiada (3)

martes 10 de septiembre de 2024, 18:31h
De vueltas con el verbo hipostasiar, Wilhelm Windelband, un burgués neokantista, se refirió a la metafísica como la hipóstasis de los ideales. Dicho de otra forma: la metafísica aseguraba conocer en realidad lo que en verdad eran ideas de la razón: ideales lógicos. Los positivistas de la Escuela de Fráncfort -Max Horkheimer a la cabeza- rebatieron el atrevimiento al considerarlo una errónea -si no cínica- transformación táctica de los rasgos y opiniones particulares del filósofo -persona- en verdades de valor universal; como relativas al 'logos eterno', dijo Horkheimer. Lo definieron como una hipóstasis -idea errónea en relación a un fenómeno- del logos como realidad. Por estas mismas razones, uno podría llegar a dudar de todas sus creencias. Pero hasta esta duda puede terminar reforzando nuestras voluntades espirituales.
A mí me parece entender que la materia del mundo tendría una función y una significación muy diferentes -si no nulas- si no existiese el valor de lo espiritual como envoltorio de las razones humanas. Se advierte la acción del Espíritu en la materia misma; Chardin convencía. Aquí no hay hipóstasis que a mí me valgan. No creo estar pecando de confundir ideas con conocimiento si me propongo asombrarme de la mera energía -belleza, ritmo, misterio- con que está dotada la acción vital natural más dinámica, por ejemplo un oleaje marino. Si es un recuerdo, es ideal que nuestro entendimiento toma no desde el objeto mismo, pues al ser dinámico no se puede fijar y, sin embargo, la memoria de un oleaje que nunca se detiene es, de sobra, razón suficiente para nuestro entendimiento como modo de conocimiento del mar o de la fuerza de la naturaleza. Aunque, sin duda, hay que tener una voluntad decidida de abrir los límites de la realidad. El espíritu los abre por sí solo y, por ello, nos emociona ante un oleaje, por el acto real inalcanzable que representa.
Tanto si hacemos una foto a un grupo de chicos divirtiéndose en una plaza como a un oleaje rompiendo en un espigón, en la imagen no tenemos constancia real del elemento que los dinamiza, solo vemos un instante muerto. Por eso mismo es tan inasible el espíritu, porque no existe como acto determinado; es potencia eterna. Que sea inasible no quiere decir que no podamos gozarlo. Siendo inalcanzable, remite a lo inalcanzable.
El espíritu te posibilita una comprensión dinámica de la realidad del mundo. Se adapta emocionalmente a la evolución musical, al discurso. Te induce a la actividad y actúa con otros entes espirituales. Si yo tengo la voluntad de construir un pozo por haber comprendido una necesidad natural particular y porque mi espíritu activo me induce a considerarlo y me impele a hacerlo realidad material, sólo por ello otros seres asociados, humanos o vivos, se verán influenciados, obteniendo un beneficio tanto de valor material como de valor espiritual. Quién dice que los animales no sacan también un valor de confianza en un mundo adverso...
Es una voluntad mínima pero valiosa contra el caos, que sin el hombre no existiría. No existiría ni una conciencia clara del caos, que solo podemos sentir como apreciación espiritual, a través de la angustia, pues no es posible 'sentir' el caos mismo. Con los sentidos percibimos su consecuencia desordenada en el mundo material. Y el espíritu nos activa para contrarrestar el caos, no sólo el nuestro.
Somos espíritu tanto como razón y materia. Recordemos que, según Platón, el Alma del mundo no estaba dentro del cuerpo del mundo, sino al revés; y por encima de todo ello estaba el Demiurgo. Del mismo modo, intuyo mi espíritu como contenedor de mi ser y por tanto de mi cuerpo. Esto es, sería la más externa envolvente de mi ser completo. Mi más libre y primera manifestación hacia el mundo y los otros. El espíritu es lo que me anuncia, sacándome del contenedor de mi yo pensante. En cuanto al espíritu mundial -Heidegger- no lo identifico. Y sí que tengo conciencia de un Espíritu divino, al que corrompería con sólo tratar de explicarlo. Le rezo.
En conclusión, lo espiritual me envuelve y me acaba para mi determinación; me completa como un escultor que rodea su mármol. Mis razones, en cambio, están en mis neuronas, aherrojadas dentro de mi cráneo, en un órgano material que, tal vez por ello, tiene prestigio científico. Pero quién sabe si, tal vez por lo mismo, las neuronas podrían ser fácilmente esclavizadas.
La razón se nos brinda analítica; el espíritu, misterioso. Dilthey consideró socráticamente la autognosis -el conocimiento de uno mismo- como principio de la comprensión profunda del ser y del mundo. El espíritu tiene una ventaja sobre la razón, más que comprender las cosas, las adopta a través de sus cualidades intrínsecamente generosas; adopta incluso la estética de las cosas. La adopción que lleva a cabo el espíritu es obviamente inmaterial, tanto en calidad de realidades universales como de hechos, cosas e individuos concretos y, a partir de ellos, elabora emociones puras sin rasgos y al hilo consciente del entendimiento. De ahí su misterioso mecanismo.
Kant se propuso hallar las pruebas de una vida más allá para el alma. Estas pruebas las mostró en su Crítica de la razón práctica. Según él, había un derecho a buscar estas pruebas, usando incluso la razón especulativa, tan suficiente ésta consigo misma. La posibilidad de otra vida para el alma, estado en que al hombre se le depara su bien o su mal, dependería de la ley moral. Es, por tanto, un 'juicio práctico a priori que manda fomentar el bien supremo'. Finalmente, se le volvió un galimatías lógico y, para su debacle, Kant no pudo conciliar la naturaleza infinita que necesitaría el alma para su salvación, en el más allá, con su sometimiento a la ley moral en este mundo. Se vio obligado a negar la Pneumatología doctrinal, como ciencia del espíritu.
Sin embargo, podríamos suponer más humildemente que el espíritu solo tiene una función y está ligada a la vida terrenal. Cualquier vida posterior no parece predecible desde esta, exceptuando las revelaciones, y aunque haya derecho a creerla. Incluso podría no tener un propósito asignado al espíritu tal y como lo conocemos en esta. No lo sabemos.
Terminando con una incursión teológica, la hipóstasis de Jesucristo en su acepción teológica -como sustancia del Ser- reúne dos naturalezas, una divina y una humana, en una sola persona, sin confusión alguna. Y la Santísima Trinidad es la unión hipostática de tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Este último, parafraseando a Platón, parecería ser el pulmón del mundo que opere en quien lo detecte. Quien lo hace, reconoce su función. Si fuese un producto, sería de la intuición espiritual.
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