¿Nos hemos vuelto áridos en razonamiento? Es como preguntar si somos más egoístas. Por tenerme tan a mano, pienso primeramente en mí y, con franqueza, reconozco que a esta edad induzco más deduciendo menos. Pero he pensado en una y otra dirección metódica, desaforadamente, durante toda mi vida. No sé si ejerzo tanto razonamiento como parte del deseo de vivir o por una tendencia idealista innata o por conceptuar una realidad paralela de escape, para lo cual, tal vez, no sea demasiado tarde.
Al menos, sé que no busco demostrarme la realidad de mi existencia; el gran René ya bordó el cultivo de su razón para servirnos. Es más, puedo intuir que el reptil del razonamiento no morirá históricamente mientras la mente no sea manipulada, y no temo que llegue a matarme, como recordaba Azorín que decía temer Leopardi, el pensamiento hacía desgraciado al italiano. Cierta crítica racional contemporánea ha tratado de fundir los grilletes del pensamiento lógico por su perniciosidad en el alma del hombre.
Uno abunda en el pensamiento para poder enfocarse a sí mismo semánticamente entre los vacíos de la existencia y en su extrañeza dentro de lo universal, y sólo después, poder conformar una razón personal de vida; no siempre lo personal supone ensimismamiento egoísta pero se suele pensar respecto de uno mismo. En este sentido, cuando un día queda desactivada esa pieza personal de cada uno dentro del engranaje común, todo parece haber dejado de existir, cuando, en realidad, todo continua más o menos felizmente sin nosotros. Pero, como activo universal, nuestro pensamiento puede tener aún un mayor o menor recorrido subsidiario, pues el pensamiento se va afianzando extensivamente mientras resulte útil; se va eslabonando. No es ninguna forma de sobrevivir, sólo de colaborar humildemente con el universo, devolviendo algo de lo mucho recibido.
Ahora bien, aunque mi voluntad haya gozado tanta peripecia mental, no sabría decir en qué proporción ha mostrado una mecánica lógica; mi apreciación de este particular se batirá con la valoración a cargo ajeno; proceso inevitable, prisma de descomposición crítica, en el que todos estamos llamados a juicio. La conclusión podría ser muy distinta de lo que creímos ser; algunas premisas podrían haber sido falseadas por uno mismo. Es cierto que el hermetismo de la lógica puede ser castrador, pero acaso alguien descubrió mejores cilicios racionales... Con un fácil silogismo se condenó la incoherencia de Rousseau como padre.
Me recuerdo infiriendo razones desde siempre; acuñando sinrazones también, es inevitable. No hablo de sinrazones como conscientes autenticidades -órbita de Ortega y Gasset-, sino como crisis personal y falsedad no bien identificada; muy propio de edades desprovistas de templanza y seguridad. La cosa ha consistido siempre en inducir e inferir del modo que fuese posible y, de ahí, utilitariamente, seleccionar conclusiones; hacerlo lógicamente no siempre es viable si se trata de sobrevivir espiritualmente. De un personaje suyo dijo Baroja: '¡Cuántos buenos proyectos, cuántos planes acariciados en la mente no habían fracasado en su alma! El espíritu, en reforzando la voluntad, tiene sus analogías con el deseo, y este traba forzosamente con la irrealidad. Aun así, para transitar el laberinto hay que desquiciarse en el anhelo, para eso están los quicios...
Me pregunto si nuestro afán discursivo no andará mermado respecto a los últimos siglos; no hemos estado físicamente en ellos. El factor geográfico resultaría fundamental en la valoración, al no existir otrora la uniformidad de costumbres propia de las poblaciones actuales, bien enredadas, cibernéticamente hablando. Muy extendidamente, los Estados despreciaron el razonamiento en aras del armamento; esto es, se consagraron al recurso del ángel exterminador o al de la legítima defensa, concluyendo por lo bárbaro. Pero quién vio alguna vez que los Estados discurrieran más allá de a banderazos... ¿Acaso un bloque discurre lógicamente? Y así seguimos entendiéndonos los pueblos, en torno de un crucigrama de angustia, más particular y egoísta que empática, que termina cayendo en una indiferencia respecto del prójimo. Realmente, ni nos queda tan próximo el prójimo como dice la propia palabra, ni podemos racionalizar como individuos la dialéctica brutal abstracta.
Conocemos algo de la primacía del interés filosófico -pensamiento sistematizado- en rotación por los distintos países según los siglos, pero, en absoluto este afán racional y crecientemente racionalista se podría haber dado antes, por poblaciones, de forma más generalizada de lo que podría darse ahora, con el gran soporte tecnológico doméstico de comunicación de que se goza. Y aunque no sea propio del mundo un superávit de razonabilidad, la razón como principio de la verdad tal vez haya sido conocida elementalmente por todos sin haber leído a Leibniz. La enorme importancia del filósofo es la de precisar la observación -caer en la cuenta- y dar cuerpo teorético a lo racionalmente experimentado. Pero todo el mundo sabe, sin explicárselo, la razón suficiente de que el ser supera al no ser. El mismo principio de razón que gobierna lo que llamamos azar es algo que los hombres intuyen. Y el propio Leibniz sabía que su principio de suficiencia había sido usado en miles de ocasiones antes de ser formulado por él mismo.
La falta de conocimiento no excluye la intuición. Pero la sola intuición no permite el buen discurrir. El periodismo ha necesitado especialmente de ambos. Pensando en la juventud del periodismo, tomaría su delantera la mera bagatela -el embauque intelectual-, aventurada por quienes contaban con el limitado conocimiento de la concurrencia. La conciencia de este desequilibrio alentaría la verbosidad más fútil. Y luego está el ombliguismo sin represión o, mucho peor, sin conciencia de serlo; ya Blas Pascal acusaba de esto al mismísimo Montaigne.
Pensando en el infinito pasado, una valoración amplia del uso del lenguaje resulta imposible aquí. Más allá de los ripios y floripondios formales que lograrían enaltecer los contenidos de trasvase diario, el saber más conspicuo -científico-, reforzó su estilo formalista y objetivo lejos de los presupuestos intimistas, sentimentales o inexactos del razonamiento cotidiano. Anti sentimental calificaba Azorín la concepción de la vida en la novela de Baroja, con una notación austera y fría de la realidad. El llamado plural de modestia del lenguaje científico no cabe en el discurso literario, ni en el entrañamiento poético, y es tendenciosamente tratado en el político. Descartes deslumbró a la audiencia académica e intelectual escribiendo, en el primer tercio del XVIII, su Discurso del método en lengua vulgar, en vez de en el culto latín, gesto revolucionario que le fue considerado. En la edad moderna, la filosofía enfocó al hombre con un acento mundano.
En cualquier caso, la concisión verbal siempre ha tenido una alternancia en tiempos y lugares con la exhuberancia de la palabra, especialmente exultante en tiempos y regiones prósperos y en determinados foros, instituciones y tertulias, ya auténticos gallineros, ya confiterías de la charla; siendo casi insufrible el discurso académico con su connatural empalago formal y en su encapsulamiento social.
En fin, que lo propio del consciente intelectual ha sido, bien valorar precisión y claridad, bien rellenar la alocución con espumas y gases retóricos, enguatinando en rico satén las elucubraciones. Esto último conseguiría sorprender a la audiencia -ínclita o vulgar- con una erudición efectiva cuando no efectista o simplemente ahuecada: el lenguaje como armónica repujada de signos; hay ejemplos desde Grecia. El lenguaje preciso y claro de la ciencia ni tan siquiera llegaba a la plebe, aunque tenía en su propia comunidad académica un seguro necesario de renovación y vida.
En las regiones sometidas por el poder habría una concisión verbal adobada por el temor, por la costumbre de sobrevivir el pueblo sojuzgado. Las palabras serían 'superfluas', como dijo José Saramago aventurando retrospectivamente la Galilea sometida que recorrió Jesucristo; lo dijo en su peculiar evangelio. Pero, ya por cuestión de fuerza externa, ya por triste miseria cultural, la más íntima y ensordecida elucubración del alma de cada cual tendría regularmente un rango de dignidad manifiesta en sí propio que sabría apelar a lo más fundamental de la vida: tratar de explicarse honrosamente lo aún inexplicado y hasta lo inexplicable.