www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

A Maribel y Rafa. Y a todos nuestros amigos

domingo 29 de septiembre de 2024, 18:30h
A Maribel y Rafa. Y a todos nuestros amigos.


La amistad es un trozo de cielo en la tierra. Meteorito tierno que irrumpe en nosotros con sus fluidos ardientes y sus ascuas remanentes; o avecilla que nos crece dentro y cuando no se nos queda placenteramente dormida se muestra hambrienta y vigilante. Un día se nos revela como un bellísimo ejemplar que agradecemos haber criado tan largamente.

Desde pequeños se nos muestra que el prisma del amor tiene en la amistad una de sus facetas más luminosas. El espectro de colores que surge del prisma es inimaginable.

Me cuesta creer que haya hombres sin amigos; vamos, que no creo que existan. Imposible que los tengan sin saberlo; no es que la amistad sea siempre estridente, muchas veces, simplemente no encuentra relieve donde multiplicar su eco, pero su voz es irreprimible.


De existir el hombre sin amigos, existirá mermadamente. Los que han conocido la amistad, cuando esta se les ha roto, andan inválidos; algo parecido dijo Hemingway del amor mismo. Nada puede obligar al hecho amistoso que no termine demostrando su inautenticidad, invalidándolo. Nada obliga a la amistad que no procure la duda y, con esta, la fácil ruptura.

Por amigo tenemos a quien sabemos que en nada se parece a nuestro enemigo. Sinceramente, no creo que haya existido en la historia un hombre sin enemigos; sería, tal vez, un hombre sin memoria para recordarlos, o sin ganas de reconocer esa negativa carencia, tal vez por sentir una especie de culpa excepcional.

Quien piensa que tiene muchos amigos se engaña o no es consciente de la verdadera significación de la amistad. Lo extensivo es diplomacia. La honda amistad no puede abundar en extensión. Sí lo puede hacer en hondura y en resortes que le permitan arraigar en el tan frágil tejido del alma. Las garras de la amistad tienen uñas finísimas para bien agarrarse, garfios que deben saber perfectamente hasta dónde apretar para no desgarrar los tejidos de la sensibilidad y para no caer al vacío.

Los amigos (el amor) son el recordatorio de nuestra infinitud como seres; de nuestro parecido con Dios. Gracias a ellos, somos respecto a Dios como dos gotas de agua; no en balde, Él quiso que nos amáramos como Él mismo nos amó.


Eso sí, con nuestros verdaderos amigos siempre guardamos un cierto parecido. Pero se trata de un parecido que nosotros forzamos, pues, en definitiva, lo que nos fascina de nuestros amigos es que tienen virtudes inéditas para nosotros. Cuanto más los amamos, más reconocemos nuestras propias limitaciones por contraste. Los admiramos con una sanísima envidia. Cuanto más nos aman, más especiales nos sentimos.


La amistad es una necesidad imperiosa; un recurso de la mejor voluntad; un antídoto contra el extrañamiento de vivir. Un amigo nunca nos exige más que sepamos valorar su amistad. Estamos obligados a no olvidar este requisito fundamental de la amistad. Y deberíamos cortarnos antes la mano que no seamos capaces de tender al amigo.


No he tenido amigos cobardes. Todos han sido capaces de decirme las verdades del barquero. A ninguno, por mi parte, dije nunca una mentira a menos que la revelación de la verdad pusiese en peligro nuestra sintonía amistosa.


Cuando la vida se oscurece, cuando llega a hacerse tenebrosa, la llamada del amigo enciende todas las lámparas que se necesitan para disipar las tinieblas. Yo, por mi parte, no he dejado de encender lámparas a mis amigos ausentes, ni ellos a mí, a través de la memoria o, quién sabe, si presenciándose vivamente en ese mundo intangible que se nos desdobla, ora en el sueño, ora en la vigilia soñadora. A los amigos presentes enciendo palabras de gratitud.


Cuántos cimientos inyecta la amistad debajo de nuestro connatural desequilibrio en este mundo... Nos apuntala firmemente. Lo sabemos siempre más tarde; la inconsciencia, que abre agujeros en nuestro discurrir vital, nos impide apreciar los basamentos que de verdad nos sostienen firmes. Sin la amistad seríamos almas de guiñol, entes vacíos o rellenos de espumosa nada. Sin ella, la vida estaría perdida de antemano.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (1)    No(0)

+
2 comentarios