El autor de Magnífica desolación, el murciano Javier Moreno ha escrito poemarios, relatos y novelas. En este espléndido libro que hoy reseñamos se ocupa de un género, la novela corta (nouvelle en Francia), que demuestra dominar. De menor extensión que una novela y sin la economía de recursos que caracteriza al cuento, tradicionalmente se ha dicho que, para quedar englobadas dentro de semejante categoría, las narraciones deben tener una extensión no inferior a 15.000 palabras y que no supere las 50.000.
Cuatro novelas cortas conforman Magnífica desolación. Son: «Pentimento»; «Los reinos de lo irreal»; «Magreb», y «El cielo de Madrid». Se desarrollan en lugares diferentes (una casa rural, Chicago, Marrakech, Madrid) y sin que transiten entre ellas sus protagonistas (escritores en las dos primeras, turistas en la tercera, un profesor en la última) ni personajes secundarios. Aunque las narraciones tampoco tengan interrelación argumental (ninguna imbricación encuentro en tramas o subtramas durante el plazo en que transcurren) dos temas principales –desamor y soledad– aglutinan su temática, creándose así una sutil red de ecos y resonancias durante las 313 páginas del libro.
Pentimento es «una enmienda o corrección que se advierte en la composición y dibujo de los cuadros y pinturas». La primera novela de Magnífica desolación –mi preferida por trama y complejidad formal–, «Pentimento», desarrolla dos historias con salto temporal que sí tienen directo nexo. Gracias a una casa de madera en un desfiladero y próxima a un lago, alquilada por un escritor para pasar en ella una semana de descanso y, asimismo, refugio que fue de un militar deseoso de apresar a un desertor de guerra (escondido en una gruta del lago), coexisten ambas tramas. Al descubrirse cómo la del sargento J. es una ficción escrita (y ya publicada) por ese innominado autor de vacaciones sus, al principio, intrascendentes peripecias domésticas cobran progresivo interés por el vigoroso entremezclamiento entre realidad y ficción. Capturada la atención del lector por el montaje en paralelo que sustenta esta nouvelle, los sucesos van ampliándose –y corrigiéndose– hasta desembocar, con un alarde técnico ciertamente al alcance de pocos, en sendos finales abiertos.
«Echó un vistazo a su reflejo en el espejo. Cada espejo suponía el reto de acomodar la propia imagen al reflejo que brotaba en él, levemente distinto al habitual y, sin embargo, dotado de una profunda extrañeza. Era él (su barba, su pelo rizado, su expresión grave e irónica) y era otro, al mismo tiempo. Cambiar de espejo, pensó, ya era viajar de algún modo».
«Los reinos de lo irreal» refiere el viaje a Chicago de un español para recorrer lugares por los que anduvieron dos artistas chicagüenses cuya obra solo fue conocida, y muy apreciada, tras sus decesos: el ilustrador y escritor Henry Darger (1892-1973) y la fotógrafa Vivian Maier (1926-2009). Ambos, de origen alemán, tuvieron oficios alejados de lo artístico; labores de limpieza en el caso de él y niñera en caso de ella. Nuestro compatriota va al edificio Marshall Field & Company Building, donde aprecia una exposición de la fotógrafa; al Intuit, un centro para arte outsider que exhibe una réplica de la habitación en la que vivió Darger hasta su muerte; o a la iglesia de San Vicente de Paúl, donde aquel personalísimo pintor de ángeles con penes y fascinado por la infancia oía misa. Flashbacks amplían la segunda novela de Magnífica desolación dilucidando cómo se conocieron, y llegaron a hacerse amigos estas figuras –y a brindarse apoyo–, sin desatender momentos biográficos. Así, queda diseccionada la judía familia Gensburg a la que sirvió aquella Vivian Maier que perseguía su reflejo en superficies curvilíneas de objetos reflectantes (haciéndose selfies en tostadoras de pan, llantas, espejos convexos de supermercados o cubos de basura) y se ofrece una penosa estampa del avejentado ilustrador Darger, volcado ya en la redacción de una novela interminable. Por los agradecimientos del libro quedo enterado de cómo Javier Moreno viajó a Chicago. Es de suponer que el autor de «Los reinos de lo irreal» habrá experimentado allí bastante de lo en ella acontecido.
«Hay pocas maneras de introducirse en la cabeza de los grandes hombres y mujeres que pisaron alguna vez nuestro planeta, y el ajedrez es una de ellas. Otra es la lectura».
En «Magreb» su protagonista cuenta en primera persona que conoció a L. en un viaje a Marruecos y cómo en el bar de un hotel de Marrakech, mientras el resto del grupo turístico iba a un hamán, la mujer le largó la historia de su inminente separación. A la vuelta, ya en su casa, este casado con hijos que reconoce llevar una vida poco estimulante, rememora el instante en el que L. se fija en los estantes de las botellas de la barra, para, casi seguido, desviar sus ojos por un ventanal hacia la plaza de Yemaa el Fna. En esta novela que –una y otra vez, obsesivamente– analiza en breves fragmentos tanto el significado de la desconcertante mirada de L. como profundiza en sus motivaciones vitales, cuesta diferenciar lo que esta pareja realmente habló de eso otro que, a posteriori, acaba siendo un conjunto de reconstruidas conversaciones del narrador consigo mismo. Y es que desde un principio él ha dejado claro que solo pretende «revestir lo memorable de una pátina de novedad, dotarlo de una pluralidad de metamorfosis».
«El amor, como toda fantasía que no acaba institucionalizada en religión, poseía su fecha de caducidad. La dura realidad acaba erosionando cualquier fantasía, el amor se hacía costumbre, el cuerno del unicornio canto rodado, la carroza de Cenicienta regresando a su condición de calabaza».
Por último, en «El cielo de Madrid» un profesor universitario de estética sufre el efecto de sus rutinas en la enseñanza y, sobre todo, las generadas por un matrimonio con hijas que ha caído en la enmarañadísima tela de araña del aburrimiento. Para paliarlo, Alberto participa cada vez con mayor asiduidad y motivación en la aventura que le proporciona ArtLife, programa de ordenador al que introduciendo datos del pasado recrea virtualmente, y prolonga –en el caso de este docente–, un lance amoroso con una alumna, Beatriz, que no fue a más. Él no puede, ni quiere, olvidarla.
«No sabía si aquella intimidad con la nada era una adquisición original o algo que todo el mundo hacía y que él revestía con el aura del descubrimiento. No había imágenes ni idea que acallar sino un absoluto vacío del que salía reconfortado. Un ordenador apagado, esa le parecía la metáfora más ajustada a aquel estado».
Hay en España autores «escondidos» a los que grupos de lectores, por desgracia no tan numerosos como debieran (a cambio, fieles hasta la muerte), siguen como si fueran santones de secta… Pero santones de una ni peligrosa ni fraudulenta; beneficiosa siempre: la secta de la buena literatura. Estos talentos crean cuando les da la gana –y sobre lo que ellos quieren o necesitan contar–, ajenos a calculados plazos que engorden las cuentas de poderosas editoriales y las de sus agentes literarios, aliados en tratar a los libros –ya desde demasiado tiempo– como piezas escupidas desde una maquinaria tan lubricada como eficaz en su industrial fabricación (la ética de Taylor gobernando ahora el dominio de la mente) para que en cada temporada, feria o festival, no nos falten recambios bajo el nombre de… ¡Novedades!
Novelistas y cuentistas quedan que, desde una numantina y ejemplar independencia, mantienen bien alto el baldón del arte en el escribir. Son ejemplos muy apreciados por mí el aragonés José María Conget (La bella cubana y Hasta el fin de los cuentos); el gaditano Antonio Tocornal (Malasanta y Cadillac Ranch); o el madrileño Eloy Tizón (La voz cantante y Plegaria para pirómanos). Hallazgos recientes, del año actual, están siendo el vizcaíno Pedro Learreta (Slavery Records), el jienense David Uclés (La península de las casas vacías), o este murciano –lo descubro por Mario Marín (amigo de Facebook muy fiable en gusto)–, Javier Moreno, a quien con su Magnífica desolación asimismo recomiendo desde la sinceridad nunca venal que persigo en mis reseñas.