La plaza de toros es un parlamento en miniatura, pero tiene sus funciones limitadas. La democracia no será completa hasta que el público no pueda devolver no sólo a los toros, sino también a los toreros y a los presidentes.
Los toros del Puerto de San Lorenzo y su sucursal la Ventana del Puerto salieron variados: los primeros tres mansos amoldables, algunos con clase en su embestida. Otros cuatro no acusaban tanto la mansedumbre, pero iban sin chispa, abúlicos a pesar de las buenas hechuras. Lo incomprensible fue la devolución de Malvarrosa (3º 11/19), malpicado por J. A. Barroso quien guardaba la puerta ante la inacción de Fernando Sánchez. No sabemos, ni nunca sabremos por qué le cayó mal al presidente este toro. No dio tiempo para ver si estaba lesionado o maltrecho.
José María Manzanares salió detrás del capote que le cubría desde los hombros hasta los pies. Esa enormidad solo sirvió para las faenas a la defensiva. Cubastito (1º 3/20), medroso, no quería pelearse con nadie. Manzanares no se esforzó mucho: un par de series fuera de cacho y ya. Igual que con Barbaclara (4º 2/20) con un agravante de haberlo castigado con saña Paco María. Le perdonamos: seguro que no fue por su voluntad sino por las obligaciones contractuales. El maestro manejó la espada empleando mal todas las mañas permitidas en este transe. Solo le quedaba salirse de la suerte antes de perfilarse. Un imposible.
Román se llevó a los morlacos más pesados de la tarde. Cubilón (2º 3/20), de pase lento, señorial, movía sus 637 kilos con cierta dejadez. Husmeaba todo el ruedo, se iba enterando de todo. Sin fijación ni bravura, hizo de tripas corazón y embistió a la muleta de Román tomándola de lejos. Una faena memorable por el planteamiento, por la emoción del encuentro entre los contrarios que conocían sus flaquezas y a pesar de toro el manso embestía y el maestro Román aguantaba las emboscadas, sobre todo, al natural. Las bernardinas salieron cristalinas, limpias, y la estocada corta llegó después del pinchazo. Un aviso. Una obra grande. Román puso a Mitinero (5º 9/19) en suerte de varas con chicuelinas de paso. La brega de Pablo Simón fue lamentable, pero la faena sí tuvo su mérito. El toro con la mano baja se caía y protestaba los muletazos altos, así que a Román le quedaba sólo acertar a resolver esta ecuación. Lo hizo y sacó las tres primeras tandas muy aseadas hasta que aguantó el toro. Una media estocada en buen sitio y una ovación.
Milagro (3ºbis 2/19) de Juan Pedro Domecq fue una malva comparado con el manso devuelto. Aún así castigado en varas, con la salida tapada, ayudó a Tomás Rufo hacer una faena de rodillas primero y luego de pie aseada, pero sin más. La espada quedó en un feo sablazo a traición. Fardero (6º 4/20) fue la última oportunidad. Éste se esforzó desde el saludo capotero y luego con la muleta también, pero sin cargar mucho la suerte. Su conocimiento de la lidia roza la perfección, pero falta la sinceridad. Conoce todas las triquiñuelas para hacerse querer y todavía es buen torero. La faena dividió la plaza: el toro se dejaba llevar por ambas manos, el torero esforzado por remediar el desaguisado de su primera faena. Hubo momentos emocionantes, las tandas redondas, cubiertas por el velo de la duda: ¿será verdad lo que hace? La estocada corta puso fin al espectáculo.