De hecho, no siendo yo hoy día especialmente nostálgico -si acaso llegué a serlo, realmente-, caigo en la comparación frecuente de mi experiencia sensible actual con el
memorizado de aquel tiempo, y resulta que las emociones despertadas por la luz misma parecen intactas. Entre mis deseos utópicos siempre estuvo devorar la luz; con una rociadura de nuez moscada, añadiría bromeando. Evidentemente, hablo de hambre sensitiva con una satisfacción espiritual.
Lo vivido entonces con el fenómeno natural no me ha teñido psicológicamente; fue un trance sensitivo, como digo, el que consiguió permanecer, aunque los matices de la influencia quedaran psíquicamente jerarquizados: no todos los días filtraron el mismo valor de luz en mi alma. Pero los sentidos tuvieron un enorme protagonismo -como en otros muchos casos cabe suponer- y el mero banquete de la luz diurna fue un acontecimiento en mi ser.
Definiéndome cual niño, era pura sensibilidad y voluntad. Los niños son seres potencialmente transidos de ilusiones y aprehensiones en distinta proporción, algo demasiado metafísico; una barbaridad, de persistir en un mundo utilitario y, sin duda, mucho persiste. ¿Pero acaso no es el niño animal metafísico? Todos lo fuimos en el camino hacia la racionalidad.
El aspecto físico del niño puede parecer más ensimismado que su realidad consciente. Muchos de ellos denuncian en su rostro un maremagno del subconsciente que los desborda excéntricamente: niños petardos o con considerables problemas. El común de los rostros infantiles no delata una sintonía con su propia conciencia y sí con su estado de ánimo.
El niño, en la conciencia de sí mismo, es concéntrico. Cuanto infiere y percibe remite al centro de su ser, con lo cual solo es capaz de un monólogo espiral inextricable; y en el diálogo con los otros es sordo a cuanto no le conviene o desea y a cuanto le perjudica.
El hecho de crecer no garantiza la tendencia positiva hacia el otro ¡Ojalá!-. Pero la natural receptación de nuestro físico -sentidos- está en lo externo y próximo. Y así se proyecta el niño también en libre conciencia guiado por su interés. No existe voluntad compasiva en los pequeños; impera una voluntad impositiva y conservadora. En mi caso, la luz se me impuso como una voluntad necesaria que espiritualizó mi concentración infantil, aunque también la condicionó. Hoy soy consciente de haberla vivido como una dichosa revolución personal.
La luz natural esplendente -intensa- tiene un protagonismo básico en mis recuerdos de aquel tiempo y en el recuerdo que tengo de mí. No miento cuando digo que quería devorar la luz, como si fuese comestible; sabía que la belleza de la vida estaba en sus manos; solo la luz la desvela. Y siempre tuve hambre de belleza, lo cual me supuso un hándicap en la adolescencia respecto a mi conocimiento del arte-en-el-tiempo; el arte que me tocó vivir como actualidad, y que acepté de buen grado, no parecía presuponer necesariamente la belleza; no la presupuestaba, al menos, en el modo que lo hacía el clásico.
Cierto es que al niño se le entenebrece la dicha repentinamente, debido a circunstancias de cariz íntimo, o bien por caprichosos aconteceres en el devenir cotidiano. El simple cambio atmosférico emborrona la pizarra del alma infantil; solo ya la tormenta sobrevenida le despierta miedos y angustias. A mí me ocurría especialmente. Pero la pequeña resurrección a la luz era un seguro anticrisis.
Si el sol prorrumpía en medio de una mañana borrascosa, mi alma lo hacía en paralelo en mitad de mi tristeza y rogaba a Dios que, en ese instante, irrumpiese en mi madre la necesidad urgente de tender alguna ropa ocasionalmente lavada, para poder subir con ella a la azotea, donde estaría ocurriendo aquel espectáculo deslumbrante que no quería perderme. No hubiera podido permitirme mejor revancha y sanación del ánimo que contemplar, junto con mi madre, aquel cielo azul imponiéndose con arrojo a los nubarrones.