Hubo toros en la plaza. Victorino Martín mandó un sexteto de una camada, de hechuras algo distintas y el comportamiento que se resume en una palabra: complejo. La tarde estuvo llena de detalles. No se dejaban descifrar fácilmente: abantos, algunos con dejes de mansos no querían ni ver al caballo, pero mejoraban su comportamiento quedando solos ante el matador. La mayoría de los astados murieron de pie. Lo varilargueros en general aguantaron las protestas del respetable barrenando y esperando la orden de soltar la presa.
Miguel Ángel Perera no se adornó mucho con el capote, no ha hecho ni un quite. Tomó el mano a mano con la tranquilidad. Playero (1º 12/19) fue protestado por sus hechuras: zancudo, aparentemente escurrido de carnes y algo desgarbado. Una gran ovación mereció Emilio de Justo por su quite por chicuelinas al ver pasar al bicho rozándole la taleguilla. La faena fue una obra de cálculo de alta precisión: el toro no tomaba de buena gana el engaño y, además, protestaba la mano alta y la mano baja. Unos destellos del temple al natural y una espada al tercer intento. Escusano (3º 1/20) fue un toro bello entipado de la casa. La primera tanda levantó la esperanza de una gran faena, la segunda la confirmó, pero a la tercera se enteró el toro y comenzó a entrampillar al diestro que se salvó de una cornada por su destreza. Aún así, quedaba la segunda parte al natural enhebrando los pases sin parar. Varias veces el público se levantó de sus asientos. Estoque quedó enterrado en el hoyo de las agujas a la primera. Un trofeo. Ovación al arrastre. Verdadero (5º1/20) no quiso ni moverse. Algo manso, prefirió quedarse inmóvil desde el tercio de banderillas. Miguel Ángel Perera rebuscó su embestida sin éxito, pero todo se acabó con un estoque defectuoso.
Emilio de Justo fue ovacionado al recibir por verónicas a Portevelos (2º 1/20). Juan José Domínguez fue aplaudido de pie por parear cuadrando justo entre los pitones. El morlaco acompañó los vuelos de la muleta en la primera serie, pero a la segunda acortó el viaje para ajustarse y buscar la presa más sustanciosa que el aire. Al cambiar la mano, el animal mostró su lado más hosco todavía. Los mejores muletazos se lograron al no quitar al toro el engaño de la cara, pero muchos pases de ajuste impidieron la continuidad. Espada a la tercera. Ovacionados el toro y el torero. Pobrecillo (4º12/19) pasó de abanto a embestir asaltando la muleta en un momento. La faena tuvo dos tiempos: las dos series de ajuste de temperamentos y otras dos de ovacionadas antes de que el bicornio se rindiese. La espada al séptimo intento. Director (6º 1/20), un toro con peso, grande y bien hecho. El diestro y su contrario se entendieron desde el primer muletazo: el público no paraba de jalear las tandas por ambas manos obviando algunos desajustes técnico-geométricos, por ejemplo, quedarse sin cruzar en varias ocasiones. Estéticamente Emilio de Justo llenó la plaza a raudales con la aplomada elegancia del toreo donde se cruzan la línea curva con la vertical. Estocada entera, algo defectuosa. Una oreja.