En la madrugada del 14 al 15 de abril de 1912, el Titanic, un trasatlántico de lujo y supuestamente preparado para que no se produjera ningún percance, naufraga en las aguas del océano Atlántico. Para más inri, se trata de su primer viaje desde Southampton, uno de los principales puertos de Reino Unido, hasta Nueva York. Iban a bordo 2208 pasajeros, repartidos entre primera, segunda y tercera clase. Perecieron 1496 -con un número de víctimas muy dispar entre las tres clases-, lo que convirtió el hundimiento, tras chocar con un iceberg, en uno de los más catastróficos de la Historia ocurridos en tiempos de paz.
La tragedia del Titanic ha permanecido viva en el imaginario colectivo -hoy es posible ver la exposición inmersiva 'La leyenda del Titanic' en las Naves del Español-Matadero de Madrid-, y ha hecho correr ríos de tinta. Sin embargo, da pie para nuevos enfoques. Con este criterio se ha movido Carmen Posadas en su última novela, El misterioso caso del impostor del Titanic. La escritora uruguaya afincada en España, a quien debemos a quien debemos La cinta roja, La hija de Cayetana, La leyenda de la peregrina y Licencia para espiar, entre otros títulos, ha confesado que el Titanic siempre le fascinó, lo que, sin duda, se aprecia en esta obra que, una de las más esperadas de la temporada editorial del otoño, no ha defraudado.
En el impotente buque viajaban diez españoles, entre ellos un comerciante de Avilés, Servando Ovies, gerente de El Palacio de Cristal, una próspera empresa de telas y ropa, fundada por asturianos en La Habana. En Ovies se inspira Carmen Posadas para crear a su personaje, Armando Olmedo. Parece ser que Ovies murió en la debacle del Titanic, aunque surgieron dudas de si verdaderamente su cadáver era el suyo, pues se da la circunstancia de que una de las derivas más llamativas, y terribles, del mortal accidente fue que numerosas familias ante la desaparición de su pariente compraron cadáveres falsos por asuntos burocráticos de herencias, nuevas bodas…
En la novela, Armando Olmedo, transcurridos muchos años de su desaparición, regresa inesperadamente a Avilés, a la Casa de los Dos Torreones, propiedad del adinerado linaje de los Olmedo. Cuenta una historia un tanto rocambolesca sobre su aparición, que despierta las dudas de su mujer, su hermana, su sobrina, el ama de llaves…, pero ante la alegría del reencuentro, dejan de pensar que es un impostor y le aceptan.
Uno de los numerosos encantos de la novela es quién se encarga de las averiguaciones para resolver el enigma de si Armando Olmedo es el que dice ser. Se trata de doña Emilia Pardo Bazán, convertida aquí en un extraordinario personaje, una sagaz investigadora, no exenta de ironía y sentido del humor. A la autora gallega la acompañan en sus indagaciones Ignacio Selva, al que brinda acertadas reflexiones sobre literatura -Selva tiene el proyecto de ser escritor- y sobre la vida en sugerentes diálogos, y Elías Corralero, personajes de su novela La gota de sangre, con la que Pardo Bazán fue considerada precursora del género noir realizado por una mujer, y no únicamente en España. No hace mucho, pudimos contemplar esta obra en las tablas, en una versión teatral con dramaturgia de Ignacio García May y dirección de Juan Carlos Pérez de la Fuente.
El misterioso caso del impostor del Titanic arranca con una hilarante escena: “En lo que a limpieza y pulcritud del hogar se refiere, doña Purificación Castellana de Peñasco era inmisericorde y, sin embargo, ¡un moscardón en su plato de sopa! ¿De dónde habría salido el intruso? ¿Cómo diablos acababa de naufragar en su crema senegalesa? Ni la época del año, ni las normas higiénicas que regían en la mansión de la viuda de Peñasco propiciaban tales amerizajes. Pero ahí estaba. Grande, peludo, inmundo, con sus patitas en alto flotando entre unas lascas de almendra”. La visión del moscardón supone un mal presagio relacionado con su hijo, Victorito, y el Titanic. Luego, una trama de intriga, y crímenes, en la que avanzamos de sorpresa en sorpresa hasta desembocar en un final donde Carmen Posadas no hace trampas, como a veces ocurre en las novelas policiacas, pues no resulta impostado o ilógico.
Súbanse a bordo del Titanic con Carmen Posadas y doña Emilia Pardo Bazán. No tengan miedo de naufragio en tan buenas manos. ¡Disfruten de la travesía!