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Relatos

Amor Towles: Mesa para dos

domingo 20 de octubre de 2024, 19:41h
Amor Towles: Mesa para dos

Traducción de Gemma Rovira Ortega. Salamandra. Barcelona, 2024. 496 páginas. 24 €. Libro electrónico: 12, 99 €. Varios relatos y una novela breve forman este magnífico volumen muy representativo del mundo de ficción del autor norteamericano que a todos cautivó con su debut en ‘Normas de cortesía”

Por Matías Jaque Hidalgo

Hace unos cuantos libros que Amor Towles no necesita confirmarse como uno de los escritores fundamentales de la narrativa contemporánea estadounidense. Si bien es literato de formación, Towles dedicaría veinte años de su vida ‒esos veinte años que para otros autores escenifican la lucha descarnada por labrarse una posición en el panorama literario‒ a trabajar en la banca y el sector financiero, después de lo cual irrumpe, en 2011, con Normas de cortesía, una novela con tintes noir ambientada en la Nueva York de los años treinta que cautivaría al público y la crítica. Y el resto es historia. Mesa para dos, el libro que ahora comentamos, es una colección de relatos, y una novela breve, en la que el autor continúa la exploración de sus posibilidades narrativas, a través de historias que van desde lo despiadadamente cotidiano hasta unos juegos metaliterarios cimentados sobre las derivas de su propio mundo de ficción.

El libro se divide en dos partes: “Nueva York” y “Los Ángeles”. El primero contiene seis relatos independientes ambientados, como puede adivinarse, en Nueva York. El primer relato, una exquisita y divertida parábola llamada “Colas”, trata de dos campesinos rusos a quienes la convulsa historia de principios del siglo XX arrastrará desde una aldea rusa hasta el destino incierto de Nueva York en el fatídico año de 1929. Con excepción de esta pieza, que de algún modo sirve de mito fundacional sobre la compleja relación entre los afectos, la relativa futilidad de nuestras intenciones individuales y las tozudas fuerzas de la economía capitalista, el resto de los cuentos se ambienta en los años del cambio de siglo, lustros más lustros menos, en torno al 2000.

La segunda parte ‒un salto hacia la costa oeste y hacia la década de los treinta‒ es una novela breve, “Eve en Hollywood”, que, si bien puede leerse como un relato independiente, recupera a la coprotagonista de Normas de cortesía, la indomable Evelyn Ross, a quien esta primera novela (según se advierte en el fragmento que el autor se toma la molestia de citar para nosotros) había dejado rumbo a Los Ángeles tras la ruptura de su compromiso con el millonario Tinker Grey. Si partimos de la base de que la unión de estas dos secciones no es gratuita ni caprichosa, es viable, como comentaremos más adelante, pensar que la lectura de esta nouvelle gana puntos interpretativos a la luz de los relatos, de tono más realista, de la primera sección.

Volviendo a estos relatos, advertimos aquí el tono ameno y personal del que “nos sienta a la mesa” para ponernos al día y, entre anécdotas dominadas por esa retórica trepidante y ligera que solo la intimidad consigue pulir, nos conduce a un desenlace que trastoca las certezas que manteníamos hasta el momento previo a tomar asiento. Towles es, como Woody Allen en casi todas sus películas, una mezcla de cómico y moralista. Todos los personajes, después de vivir situaciones cargadas del efecto infaliblemente humorístico de lo imprevisto, aprenden una lección. Y nosotros, al acabar la lectura, en un sentido nada trivial ni peyorativamente didáctico, sentimos que, tal como sucedería con un cuento de Maupassant, hemos aprendido algo.

Podríamos coger cada uno de los relatos y ver cómo en ellos se cumple lo que acabamos de decir. En “La balada de Timothy Touchett”, por ejemplo, un joven neoyorquino aspirante a escritor, en su búsqueda por encontrar experiencias que le sirvan de impulso literario, se ve involucrado en una trama de falsificaciones que dará un giro inesperado cuando aparezca en su camino, en un juego que roza lo metaliterario sin dejar de ser, creo, un cuento moral, el mismísimo Paul Auster.

Pero el relato que, a este respecto, estimo que llega más profundo, por su simpleza y su falta de pretensiones formales, es “Hasta luego”. En él, un hombre que solo quiere volver a casa debe sortear los enojosos trámites para coger un avión, luego de que una inesperada tormenta obligue a la cancelación de todos los vuelos. En dicho trance, conoce a Smitty, un tipo extremadamente amable que, como él, espera en la fastidiosa cola que conduce al mostrador de la aerolínea (una cola que, no está demás apuntarlo, “rima” con las interminables colas de esos pobres rusos sometidos al yugo bolchevique con que se abre el volumen; colas comunistas, colas capitalistas, qué más da). Pero la simpatía de Smitty, su desbordado entusiasmo y su apertura indiscriminada hacia los demás, esconde un revés oscuro. No es un asesino en serie, ni un violador, ni un psicópata, pero Towles encuentra la manera de apuntar hacia una ruina cotidiana y dejar que esta, finalmente, nos conmueva.

Distinto es el registro narrativo de la segunda parte, “Los Ángeles”, que en rigor corresponde, como decíamos, a la novela breve “Eve en Hollywood”. Si bien persiste el ritmo narrativo ágil y esa voz elocuente que caracteriza a Towles, el autor abandona el código realista de la primera parte, para sumirnos en una actualización algo sarcástica de la novela negra, como si pasáramos, al irnos de una costa a otra, de Woody Allen al Billy Wilder de Sunset Boulevard.

Mientras la intriga central del relato se despliega poco a poco, asistimos a la llegada de Evelyn Ross a Los Ángeles. En fugaces estampas difuminadas por el humo del tabaco que cuesta no imaginar en blanco y negro, Eve se manifestará como una suerte de hada madrina noir ante personajes que, ellos mismos, parecen entrar en el mundo de los espectros: un detective retirado que (so to speak) no ha perdido su moral en un mundo que parece siempre dispuesto a venderla al mejor postor; un actor que, antigua leyenda de los platós, vive en la paradoja de que “a medida que aumentaba en masa y dimensión, había ido disminuyendo a ojos de sus conciudadanos”, y que se debate entre huir de los fantasmas del pasado y “abrazar su insignificancia” como un arma de vendetta; y, por último, la mismísima Olivia de Havilland, quien, en los meses previos al inicio del rodaje de la película más importante de la cinematografía de los años dorados de Hollywood (Lo que el viento se llevó), se ve asaltada por el acoso de oportunistas de diversa calaña, y pasará a ser su amiga y protegida. La cicatriz ya antigua que cruza la cara de Eve, cuyo origen (narrado en Normas de cortesía) es aquí irrelevante, cuenta como el estigma de una nueva religión secular en la que, en vez de poner la otra mejilla, habrá que defenderse con uñas y dientes de los magnates y (la cita, sin embargo, es de la primera parte) “las peligrosas acrobacias del ego masculino”.

En suma, si “Nueva York” ‒el mundo actual, real (en el que de hecho reside Towles)‒ está poblado por historias que arrojan sobre unos personajes no siempre bien preparados el golpe de la realidad; “Los Ángeles”, su contrapunto geográfico e histórico, presenta un mundo real (personificado por Olivia de Havilland) asaltado por las fuerzas de la literatura (Evelyn Ross), que practicarán una consoladora pero en suma improbable redención (un juego similar al que, con resultados diversos, propone Tarantino en Érase una vez en Hollywood, donde la familia Manson, esa tropa de jipis, colisiona con un americano de pura cepa encarnado en Brad Pitt, implacable corrector de la historia).

El libro, perfectamente simétrico a este respecto, pone en manos del lector ambas caras: Towles, ingenioso moralista; Towles, justiciero literario. No estamos obligados a elegir, y acaso esa sea la lección final de un autor que, quiero pensar, no pretende darnos lecciones. Sí es seguro que nos proporcionará generosas horas de buena compañía de las que, sentados a su mesa, no hay garantías de cómo vamos a salir.

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