La emancipación de la mujer tropieza con un límite al parecer insuperable. Por más que una y otra vez resurja de sus cenizas la revuelta feminista, por más que las cuotas de poder de la mujer aumenten en los ámbitos más diversos de la vida social, por más que las legislaciones más avanzadas establezcan la igualdad formal en todos los terrenos, hay un punto en que la liberación de la mujer parece un sueño imposible, pero que de realizarse, podría convertirse en una pesadilla para la humanidad: es lo relativo a la disposición de su propio cuerpo. No se trata de la cuestión del aborto, que es un problema parcial respecto del que las feministas exigen, casi una libertad absoluta aberrante. Esta es una cuestión particular, conectada con la que aborda el verdadero fundamento de la discusión: la pregunta de si la mujer puede ser libre para disponer de su propio cuerpo hasta negarse a la reproducción de la existencia. Y si ocurriera eso en el mundo entero, lo que no deja de ser una ficción contraria al instinto, pero no imposible si triunfara en el futuro un feminismo radical, ¿el hombre tendría derecho a hacer algo en contra de esa decisión? No se trata, pues, de la polémica que suele enfrentar a abortistas con antiabortistas sobre el derecho del no nacido, sobre cuál es el momento en que asume la categoría de ser vivo independiente o de persona jurídica, etc, sino de un asunto mucho más peliagudo que invierte el planteamiento anterior, mirándolo desde la perspectiva de la libertad de la mujer y del derecho que a ella le asiste para reproducir la existencia o negarse a reproducirla. No, pues, tampoco del derecho del no nacido a vivir, como afirman algunas religiones, sino de su derecho a no vivir (ver el libro de Julio Cabrera: Crítica de la moral afirmativa; 1996.). Sin embargo, si nos fijamos bien, el tratamiento de la cuestión en términos de la discusión de derechos tiene pocas posibilidades de prosperar en el hallazgo de soluciones bien fundadas, porque se puede hablar de derechos de la mujer y del hombre, de derechos de una comunidad, discutir sobre el momento en que un no nacido es un ser vivo independiente o considerarse persona jurídica, sujeto de derechos y deberes, pero hablar de derechos del no nacido, como de obligaciones, es completamente demencial, lo cual no quiere decir que no pueda tratarse como un asunto moral, si es que la moral es algo más que el derecho social. El derecho se refiere a personas que ingresan en una comunidad humana y que pueden de algún modo ejercer su libertad y ser responsables de sus acciones. El no nacido carece por completo de esa posibilidad. Por eso, decir que el hombre es naturalmente libre es absurdo. La libertad es un concepto filosófico, moral y jurídico que nace con la sociedad y el derecho y la naturaleza no tienen nada que ver, como ya demostraron sobradamente los críticos del derecho natural.
La voluntad de vivir depende del instinto del que reproduce la vida. Sólo el ser humano, y esa es su mayor gloria y su mayor miseria a un tiempo, puede convertir ese instinto animal en una decisión libre y responsable. Pero la voluntad de vivir, para emplear un término de Schopenhauer, no depende del que recibe la vida, pura materia pasiva que no puede hacer ninguna elección de vida. El derecho del no nacido a nacer es el mismo que el derecho a no nacer, es decir, ninguno. El derecho de la mujer a disponer o no libremente de su propio cuerpo, sí es ya un asunto de derechos, pero no un asunto de derecho natural, concepto, como he dicho, contradictorio.
El derecho de la mujer, como el de cualquier persona a disponer de su propio cuerpo no tiene límites. Sin embargo, en el caso de la reproducción de la vida lo que se reproduce es un nuevo cuerpo en cuya concepción no interviene ella sola. Corresponde evidentemente a la decisión de la pareja reproducir la vida. Pero el asunto de la vida es tan importante que en su regulación tiene que intervenir la sociedad en su conjunto por medio del Estado. Dada la insistencia del feminismo radical en cierta postura dogmática acerca de este asunto, es preciso contestar a algunas preguntas fundamentales, que sólo precisan la que hice al principio: ¿Se le puede dar a la mujer en exclusiva la llave de la reproducción de la existencia? ¿Puede la especie humana dejar la llave de la reproducción de la existencia al albur del instinto femenino, que ya no es animal, o al capricho de la mujer? ¿Se da cuenta realmente la mujer de la gravedad de lo que dice con el grito feminista “nosotras parimos, nosotras decidimos”? Seguro que no. Este eslogan sería inconcebible en comunidades de otros tiempos. Y, si es verdad, que gracias a las luchas de la mujer ésta ha conseguido cotas de bienestar y poder antes inconcebibles, también es cierto que el feminismo radical que tiene por bandera ese lema puede hacer mucho daño a las causas feministas moderadas que no pueden admitir que en la naturaleza humana no haya nada natural, sino que todo sea cultural.
Por otra parte, se puede hacer otra pregunta interesante: si la mujer ha tenido en su mano la llave de la reproducción de la existencia, ¿por qué ha permitido que a lo largo de la historia haya predominado con mucho el patriarcado y no se ha hecho ella con el poder? La mujer necesita del hombre para reproducir la existencia y el fruto de esa reproducción es un nuevo ser independiente. Además, por mucho que la mujer haya avanzado culturalmente, sigue perteneciendo a la especie animal Homo Sapiens y tiene un poderoso instinto procreador y maternal, indestructible como los demás instintos en la mayoría de las mujeres. La maternidad no es ningún capricho cultural del hombre.
Esto no quiere decir que la vida sea el único valor supremo, como afirman algunos filósofos y los antiabortistas dogmáticos, en cuanto pueda prohibirse decir que no merece la pena vivir. Pero sólo una vida digna y agradable se puede considerar un valor positivo y sólo una vida que tuviera tales expectativas debiera procrearse. Por lo tanto, es un crimen contra la humanidad el nacimiento de niños gravemente enfermos, de niños resultado de violaciones, de niños que con su nacimiento atentan al derecho de la madre a vivir o de niños condenados con seguridad a la miseria, al hambre o a una vida llena de sufrimientos. Estos son cuatro supuestos claros que deben motivar la interrupción de un embarazo. En cuanto a supuestos problemas psíquicos de la madre suele ser un coladero para justificar el aborto. Una de las cosas que diferencian al hombre del animal es la capacidad de aquél de evitar los sufrimientos a su especie. Pero incluso aunque no se diera ninguno de los supuestos señalados, es evidente que en los países que tienen un problema de superpoblación, si además se añaden condiciones de miseria, el número de nacimientos debe limitarse. Con un planeta cada vez más deteriorado ecológicamente y con menos recursos naturales la población sigue creciendo a un ritmo preocupante, precisamente donde menos falta hace. El argumento de que con los recursos económicos existentes se podría alimentar a la población mundial es teóricamente interesante y debe servir de revulsivo a las conciencias de los países ricos. Pero, aparte de que no se relaciona directamente con el asunto de la superpoblación, el hecho es que mucha gente sigue muriéndose de hambre y a eso es a lo que hay que poner remedio.
No me cabe duda de que los Estados desarrollados tomarían medidas en el caso de que vieran peligrar claramente la reproducción de la especie en sus sociedades. Algunos ya lo hacen por medio de incentivos a la natalidad y ayudas a la familia. Otros pretenden subsistir con la inmigración. Pero el crecimiento negativo de algunos países todavía no alarma. En todo caso, como ello se ve compensado por el exceso reproductor de los países del tercer mundo, por ahora se dejan las cosas como están. Pero en estos muchas mujeres llevan una existencia animal, sin que los excesos a que le obliga la represión social y la ignorancia puedan compensarse por la renuncia, supuestamente liberadora, a la reproducción de las mujeres del primer mundo. Aquí en España con una población envejecida, una situación de crisis económica y de paro, las alegrías de la mujer sobre la libertad de disposición de su propio cuerpo y sobre los cambios de rol social parecen haber tocado fondo. En las sociedades subdesarrolladas, en cambio, la mujer aún puede recorrer un largo trecho en el camino de su liberación sexual y su función reproductora. Sin embargo, desgraciadamente, las fuerzas atávicas de culturas machistas enquistadas en la base social, que se niegan a retroceder, convierten ese sueño emancipador en poco más que una ilusión.