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TRIBUNA

El banquete de la luz (2)

martes 29 de octubre de 2024, 18:36h
El mismo sol que calcina el cemento se revela cual gigantesco prodigio natural; motor de la vida y la actividad de los hombres; energizador de la voluntad. En el verano, el sol se enseñorea de las urbes desoladas y, entonces, en las horas de fuego, el fenómeno físico da paso a una calcinación mística, en base al sacrificio térmico. Si todo se hubiese limitado al momento de la aurora, como decía Kurt Breysig, los pueblos no habrían evolucionado hacia el conocimiento del mediodía, bella metáfora que interesó a Ortega y Gasset.
Cuando vemos la hecatombe urbanística -humana- que provocan las guerras y sufrimos -empáticamente- la barbarie más tenebrosa, es cuando advertimos que el mundo no es un decorado, sino un hogar; entonces, nos acordamos de las palabras de Breysig sobre el salvajismo. La luz nada puede curar en la incivilización. Reina la oscuridad más inhumana.
Muy pronto debí entender que la luz natural habría de ser el único factor de primera necesidad espiritual que insobornablemente pondría a nuestro alcance la posibilidad de materializar nuestras ilusiones. No siendo la luz natural un logro de la civilización, es perpetuamente contemporánea como alto factor civilizador.
Poca gente se ve mirando a las alturas con querencia de cornisas, espadañas, miradores... Miramos perdidamente al frente. En la primera juventud me gustó subir a las azoteas y habitarlas; allí, el espíritu despereza sus alas. Desde hace algunos años hay una fiebre por alternar en azoteas, en los vertiginosos rooftop; en la tejadumbre parecen anidar los sueños más turísticos. Pero, sin duda, los tendederos de siempre, con sus lienzos henchidos como velaje, afanado este en impulsar las azoteas más allá del horizonte, son uno de los más bellos y comunes recuerdos. Mucho he soñado con ese paisaje tan materno; las azoteas siempre fueron un dominio femenino con excepciones.
Uno de mis cuadros favoritos es una vista de azoteas donde un trabajador, Rocco, se solaza al atardecer oyendo el tocadiscos; nostalgia siciliana del pintor Renato Guttuso. A mí me localizaban mis amigos allá arriba, frente al caballete, desde sus terrazas cercanas, usando prismáticos incluso, y no se resistían a hacerme una visita. Alguno subió, clareando el día, cuando yo empezaba la jornada pictórica y él regresaba de una larga noche de concierto con prórroga.
En el verano, una cortina de sudor caliente nos vela la vista, que parece esmerilarse. Tras nuestros cristalinos, la realidad se licúa en corrimiento de formas y en emplasto cromático ceniciento. Yo, como pintor, tuve este aprendizaje de la luz como bachillerato de lo que me reveló en la infancia. Y aunque tardó en tener un efecto en mi pintura, cuando por fin lo tuvo, un incendio calcinó aquellos cuadros, precisamente en una azotea.
Expuestos al sol nuestros ojos plañen desmotivados de todo sentimiento. Ojos llorosos de pura existencia; luz sin conciencia lacrimógena. La luz bautiza el mundo. En el verano, de forma rabiosa, la plétora lumínica se multiplica claramente; sinfónicamente in crescendo. Siempre he elevado mi gratitud perpetua por ese prisma de espejos que nos descompone, multiplicándonos, también a nosotros.
A mediodía impera un caleidoscopio rarefacto... Cromatismo raído, aplastado bajo toneladas de enloquecidos fotones. En la tarde-noche, la luz se amandarina hasta el rojo vivo y el violeta -rosa, nácar, salmón y cereza, dijo ver Saramago en el crepúsculo-, una alfombra de gajos de luz requemada empieza a cubrir los pavimentos; filamentos incandescentes rivalizan con la luz de las cervezas. Son ilusiones ópticas por la sobrexposición diurna.
Ya de noche-noche, queda el alma como solarizada, por tanta luz acumulada en sus barricas; dentro le zumba un fragor de chicharrras. Y en la madrugada, se arrellana en el sopor -en el cual dormimos de largo- impaciente ella por estrenar nuevo día. El alma, que no es cervecera, no se agota de luces... Secas, dulces, asoleradas... Tampoco de amor y poesía.
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