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SOBRE FERNANDO ARRABAL

Sobreviviendo a peones y caínes (I)

viernes 08 de noviembre de 2024, 19:10h
Actualizado el: 22/11/2024 19:02h
En estos primeros párrafos de mi trabajo voy a mentar muy poco a Fernando Arrabal y, sin embargo no dejo de estar pensando en él; en lo que sé de él.
Si algo ha caracterizado a un buen número de longevos genios-de-mundo del siglo XX es la sabiduría, en plena juventud, de salvar las circunstancias adversas a su arte. A priori, el arte es sustancia idéntica al ser mismo que lo rumia. El arte sobrevive porque sobrevive el ser, pero el ser tiene en el arte un mandato de supervivencia; algo que tiene que ver con la sana ambición de edificar un Yo, otro... Único. Esa voluntad potencial no se evidenciaría de no sortearse necesariamente las encerronas siniestras que tienden las circunstancias políticas, o las inherentes al aparatoso predio cultural y científico; celadas asfixiantes, al haber sido el techo español tan bajo en la mayor parte del siglo pasado.
Otros dones de la genialidad del siglo tuvieron que ver con la intuición creativa de hacer audaces inversiones analíticas, con vistas a recaudar después sintéticamente... A toro pasado, todo parece pan comido.
Sobre todas estas cosas, la mayor baza de aquellos artistas e intelectuales de gran fuste, transfronterizos no solo por gusto, fue saber conectar su conciencia artística a la excepcionalidad vanguardista del mundo -el gran mundo-, donde los sueños se incubaron en el trayecto que fue del simbolismo al rosa melancólico, pasando por el azul del escalofrío. En ese gran mundo, el dinero fluía y refluía debido a los desafíos históricos, pero cuando corría lo hacía también como caudal de distinción cultural y no en veneros estrechos. Esa fue la clave: una operativa conexión con la más excelsa excepcionalidad internacional, aun cuando concentradamente se viviera en un hábitat ensimismado de marfil o en una torre al resguardo de los rayos, no por ello menos herida dados los bélicos acontecimientos.
No creemos engañarnos respecto a qué placenta alimentaría mejor al gran talento propiciatorio de obras sorprendentes: sería la ética sistémica (casi una entelequia) junto con la mayor altura del techo cultural. La especulación financiera y la honestidad, cuando juegan, acaban en tablas... Tablas numéricas. Concluyendo, la mejor placenta sería un elevado techo cultural. No obstante, la independencia de los artistas fue siempre voluntad humana como acción ligada al espíritu; la de mayor ética siempre me ha parecido la independencia respecto al ordenamiento creativo que es impuesto como necesario; es la más auténticamente vanguardista y la menos hipócrita; mucho más íntegra que la propia independencia política o la superación del pasado.
Se sabe que el arte no gozó de normalidad en el siglo XX europeo; la poca que hubo fue muy distinta en las dos mitades del siglo. Para los creadores fue una fértil anormalidad, según se ha dicho. Pero detrás de la relativa normalidad hubo siempre una estrategia política terminante que hipotecó la creatividad. Se pasó del caos a una tensión irrespirable: belicismo gélido, neurosis de la ambición. Pero este estado perturbado del siglo mitificaba aún más las señas de identidad del genio, como excepción a la mismidad reinante o al hermético orden social: grisalla y miedo.
Dicho de otra manera: estos hombres y mujeres geniales del siglo XX, vanguardistas muchos y muchas, parecen haber vivido un proceso existencial difícil que va desde la conciencia de haber sido-confusamente, tanto ontológica como atributivamente, a causa de las particularidades psíquicas y de la realidad sociopolítica... al estado de no-poder-ser de ninguna otra forma que como un factor de la genialidad, esa tirana que, si bien no amordaza ni castra, viene a constituir el ser del genio en modo tan exigente; constituir es más sustancial que determinar.
Este género de genios pareciera no existir hoy en día, a lo que habría que añadir que, desde hace mucho, la vanguardia se ha vuelto retaguardia a su pesar, al ser vivida como exquisitez inocua. Como dijo un vanguardista excepcional, Ramón Gómez de la Serna, 'el tiempo pasa y la más hermosa graduación pierde prestigio'.
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