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SOBRE FERNANDO ARRABAL

El teatro como coalición crítica espectacular (I)

viernes 22 de noviembre de 2024, 18:57h
El que ha publicado sus obras por decenas y estrenado sus piezas teatrales en las cuatro esquinas del mundo -Fernando Arrabal, el Indiscutible de la crítica-, habiendo sido además cómplice de tanto genio en el exilio, conoció en el siglo pasado los lances de la amenaza, los cerrojazos de la sinrazón y los jaques letales que asesinan la libertad. En el juego del ajedrez -otra de su vidas mentales-, bloquear es una acción tan legítima de la competición como atacar, ya blancas, ya negras. En la vida, sobrevivir no es ningún juego, pero lo legítimo es defenderse.
La voluntad estratégica de apertura y sacrificio de ese ajedrecista existencial -total- que es Arrabal, define su carácter humano tanto como su amor por la vida, el arte y la literatura, por lo que nos parece. Arrabal sabe mucho de gambitos y de corredores de avance en el tablero de la existencia; su huida a París, con la suerte en el envés coyuntural, fue proverbial para él y para una dama inquieta que esperaba en su escaque, su dramaturgia.
Decía Vicente Aleixandre que 'el poeta es una conciencia puesta en pie hasta el final'. No cabe duda de que, más allá de su compromiso contemporáneo en la revolucionaria encarnación escénica, la obra de Arrabal tiene un descomunal valor literario y de respeto al desacato lingüístico-literario de la precedente vanguardia. Su sabiduría consigue hacer expresionar el lenguaje -más allá de impresionar- sin implosionar su tensión comunicativa.
Su obra, como proceso activo, posee un corazón comprometido, 'puesto en pie'. 'Puesto en pie' con el espinazo de su voluntad y su interés por todo lo humano -nada en el hombre le es ajeno-, y no con la ayuda de muletas, como la que pedía el Emperador de Asiria, en su famoso drama, al Arquitecto para mantenerse erguido (en la impostura y la blasfemia).
Por haberse hecho Arrabal más humano cada vez mientras el siglo veía fracasar las ideologías, más que socialmente comprometido, su teatro ejerce con la misma vocación universalista que él muestra tener. Su teatro está asociado en la escenificación a un gran colectivo de individualidades críticas en muy esparcidas minorías asistentes, más y más amplias -mundiales- a lo largo del tiempo. No otro asunto las ha vinculado y vincula más que su sensibilidad e interés por el teatro arrabalesco, por el teatro mismo, o por lo humano mismo. A este grupo no lo liga un fanatismo -de no ser la libertad-, ni siquiera una ideología sanamente entendida. Estas sociedades de espectadores, de seres libres que asisten a la ceremonia del teatro, de personalidades humanas sensibles a la excepcionalidad dramática de una verdad que se evidencia, han fundamentado la existencia-de-hecho del teatro de Fernando Arrabal, más como rito esparcido que como espectáculo de esparcimiento.
Este colectivo liberalmente asociado, obreros del teatro+individuos del público, está bragado indistintamente en derrotas y heroísmos. Maleada en encerronas miles -celadas (cebos), clavadas, gazapos, jaques-, en estrategias y evoluciones sin fin sobre el tablero escénico, esta coalición llega resabiada en la vida misma, pues los obreros-del-teatro son también individuos y público; se sabe sacrificada, por sistema, en aras del triunfo sistémico. Esta sociedad de seres únicos e inalienables es el fundamento del teatro de Arrabal, su gran amor y, a la par lógica, el ente-en-entredicho hacia el que su feroz crítica dirige sus reflectores.
Blas de Otero, un sufridor, presumía de estar con la inmensa mayoría aunque no le leyeran. También don Fernando, un patafísico, si se hubiese encontrado con esa misma categoría de cicatería lectora o de audiencia, se habría sentido -cabe suponerlo- mayoritariamente animoso respecto al compromiso de habilitarse en cuerpo y alma a sus contemporáneos. Por otra parte y como hemos dicho, sabemos que el teatro es minoritario en proporción activa, tanto que no se abre un mayor grado de conciencia o mensaje en la masa por ser esta multitudinaria, en realidad no se deja conciencia alguna en una abstracción por mucho que abulte; estas abstracciones son entelequias críticas. Sólo la conciencia personal receptiva al drama puede asegurar haber experimentado su influencia. Como todo individuo es una muestra actual y probatoria de la humanidad más real, todo individuo es una singular mayoría real. La suma de estas mayorías singulares componen la inteligente minoría del teatro, aquella sobre la que actúa el teatro.
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