Resulta significativa la voluntad perpetua de Arrabal de co-actuar con esa masa proporcional y transitoria del teatro, que va y que viene, que trae y que se lleva, que él valora en su personalidad atómica, esto es, individuo a individuo, al menos como muestra real de conciencia. No hay colectivo que sea menos masa que el público del teatro. La masa y el hombre-masa, esos conceptos que trajeron de cabeza a Ortega y Gasset, denominaban, según su apreciación -antipódica tanto al marxismo como al fascismo-, el carácter 'mimado' del hombre nuevo, ingrato con todo lo que el progreso le había traído, 'hermetizado en sí mismo', como dijo el filósofo español en su artículo de El Sol (15-11-1929).
Pero, en este sentido, la relación que propone el teatro contemporáneo con su masa, lejos de ser siempre abstracta y más allá de sus espejos míticos, se manifiesta como una coalición crítica de individualidades coincidentes en el teatro, pues resulta imposible hacer crítica para una masa sin definir, del modo en que se hilvana una mera jugada deportiva. Y, sin embargo, cuánta crítica negativa, descerebrada e ignorante del valor del arte, ha recibido el teatro de Arrabal por obsceno y violento, mientras otros rituales multitudinarios siguen desplegando su embrutecimiento.
Decía Antonin Artaud que el teatro habría de nutrirse de la imaginación y de la vida; 'anverso y reverso del espíritu'. Su credo dramático obedece tanto a presupuestos míticos como científicos. También en Arrabal se superponen lo mítico y lo real. Si la poesía, o la poética del teatro, es universal -regreso a lo mítico-, también lo es por entenderse directamente con el ser. Por esto mismo, uno baja de la abstracción consciente para entenderse con el dolor de cada individuo que sufre, y con los que, siendo o no víctimas directas de las tiranías o las guerras, las denuncian; Arrabal lo hace sin tregua.
'No esperéis que me dé por vencido', advirtió Blas de Otero. Fernando Arrabal pertenece a la especie de artistas e intelectuales que han pedido y piden sin tregua la paz y la palabra; tiempos de paz y su arte correspondiente. Precisamente porque los tiempos son obscenos, el teatro los mira a la cara y vomita.
Como creador ha jugado sus mejores partidas intelectuales lidiando con designios orgánicos que, allí donde no eran omnípodos, eran cínicos, manteniéndoles más que la mirada.
Como dramaturgo, Arrabal ha concitado los recursos de una metafísica de la expresión dramática capaz de conjurar, en su particular laboratorio, las exigencias trágicas que oprimen al hombre, denunciando su grotesca iniquidad, a su mismo nivel de crueldad (crítica), con la diferencia que va de la irreversibilidad de lo real al arte.
Cuando la realidad circunstancial se aberró terroríficamente, sumiendo a la humanidad en una especie de peste -aún abundan estas circunstancias-, Arrabal, lejos de dejarse sofocar, se marchó allí donde poder articular, sin perder nunca la sonrisa, esa polifonía de voces heridas que llevaba dentro, y que él bautizó como Teatro Pánico; otros no tuvieron tal suerte o arrojo.
A Arrabal el mundo siempre se le ha quedado pequeño, al igual que la mismísima y pura razón. 'Es lo visual lo que me inspira a escribir', dijo en su momento. Había visto suficiente... En verdad, nunca es bastante.