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LIBROS

Sustanciosas “breverías”: Escolios, de Pedro López Lara

Sustanciosas “breverías”: Escolios , de Pedro López Lara
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Javier Mateo Hidalgo
jueves 19 de diciembre de 2024, 14:15h
Actualizado el: 19 de diciembre de 2024, 14:25h

Cumplió su “amenaza” el poeta Pedro López Lara de sacar nuevo libro antes de terminar el presente año. Nos brinda su quinto poemario de este 2024, con el que lo cierra. Se trata de Escolios y el “escritor-torero” ha entrado con él “por la puerta grande”, ni más ni menos que en el sello Hiperión. No nos extraña, pues, aunque sea “nuevo en esta plaza”, ha venido precedido por otros magníficos “cosos” editoriales como Renacimiento. Pierde uno la cuenta de cuántos libros de poemas ha publicado este madrileño desde 2021 –-creo que ni él mismo llega a acertar con la cifra—. Cada uno siempre diferente en su naturaleza original, aunque sin renunciar a una única palabra para titularlos. Escolios tuvo su presentación el pasado 12 de diciembre en la librería Sin Tarima, contando el autor en la mesa con dos figuras excepcionales: el poeta, traductor y editor Jesús Munárriz y el poeta Javier Lostalé.

El poemario llama la atención por la brevedad de los textos. Un ejercicio de forma y contenido que ya podemos encontrar en libros previos del autor como Filacterias (2023) o Incisiones (2024). El autor los sitúa en la tradición del epigrama griego y latino, pues aunque el número de versos es pequeño no dejan de ser poemas, cumpliendo con sus recursos formales. Estos tres títulos, como podemos apreciar en su significado, se encuentran asociados con la brevedad. En el caso de la filacteria, el texto siempre se encontrará inscrito en una cinta representada en lugares tan diversos como la pintura, el tapiz, la escultura o el escudo de armas. Leyendas, inscripciones o “incisiones”, como sería el siguiente título poético, que alude a realizar una hendidura mediante un instrumento cortante sobre una superficie. En el caso del escolio, se trata de esa “nota que se pone a un texto para explicarlo”. La extensión de los mensajes expresados de las distintas maneras explicadas debe ser sucinta. Esos mensajes se traducirán en poemas; por ello López Lara escoge para sus tres títulos el plural, remitiendo a los ejemplos que reúne cada poemario.

Se divide el presente libro en dos bloques: Estigmas —con lo que la palabra conlleva de cicatrices— y Naderías —el más breve—. En total componen un absoluto gabinete de curiosidades lopezlarianas, pues a pesar de su diversidad temática o de origen todos ellos remiten a quien los colecciona, siguiendo su criterio y espíritu. Un estilo ya inconfundible para quienes nos consideramos sus “seguidores”: mezcla de erudición, fina ironía —que tantas veces deriva en humor negro— y crítica a los defectos del individuo —los que provienen fundamentalmente de su necedad—; una visión, pues, existencialista del mundo, que desemboca en el desengaño. Además de lo visible o tangible, está lo mistérico, que se abrirá paso en buena parte del libro. Me gustaría desde este texto abarcar los elementos más interesantes del libro, único en su género. No obstante, cabe detenerse en el análisis de algunos de estos “escolios”, a modo ilustrativo. Puede ser que con ello no esté haciendo otra cosa que pergeñar nuevos escolios sobre los ya existentes…

Comenzamos por “Temor intrínseco”, donde el propio poema crea al progresar su ritmo riguroso —y, me atrevería a decir, su deriva argumental—: “El poema, en su transcurso, sabe / que pudo ser distinto”. Del difícil equilibrio poético y, sobre todo, de la vida que empuja al autor a escribir, trata Balanceo: “Impudicia y mesura tejen en los versos / un tapiz inestable”. De que la escritura puede ser espacio nos habla “Escenario”: “La palabra es un sitio. / En él ocurren cosas”. El poeta nos ofrece su poesía como un “Refugio ardiente”, protector de un exterior hostil: “He aquí en canal mi verso, abierto. Podéis entrar por él. / Fuera, la primavera hiede. Huidores, yo os ofrezco / una guarida frágil, pero todavía en llamas. / Jamás ingresa aquí la rosa, sabe / que en ella pernoctó el infierno”. Como éste, otros poemas se vuelven misteriosos o enigmáticos, fortaleciéndose en su brevedad; tal es el caso de In principio: “Sé cuanto a los ángeles les fue velado. / Estuve en el Principio”. Ese dejar al lector lo que podrá o pudo ser también está en el final abrupto que a su vez se muestra delicado en “Pero sus ojos”: “Cuando el tiempo se borra, creen algunos / su cauce visitable. // Regresan en silencio, pero ya sus ojos”. De modo análogo, lo enigmático de la brevedad se encuentra en “El letrero”, poema de un único verso: “Lo que en la puerta estaba escrito era Entrad”.

El amor, otro de los temas presentes en el autor, se inicia con “Comprobación”, donde se describe el sinsabor sentimental. Prosigue en “Canje”, retornando a la Sherezade de Las mil y una noches, en su bucle dulce y temible: “Entrégame esta noche. A cambio, / yo la convertiré en un cuento, / que tú, recluida en él, querrás oír / noche tras noche, sin poder salir”. La noción de relato aparece también en “Cuento antiguo”, con un juego de palabras donde se cuestionan –y cuantifican– las identidades pasadas de los enamorados: “Ven y cuéntame el cuento, nuestro cuento, / de los viejos amantes. / Pero dime primero / cuántos eran, cuántas eres ahora, / tú qué vas a contarme –ahora– el viejo cuento”. Los juegos de palabras hacen acto de presencia asimismo en el poema “En efecto”, fundiendo temporalidades: “Eran otros tiempos, musitó. / Pero él supo enseguida –años antes: / eran otros tiempos– que mentía”. De Sherezade a otro mito, el de Ulises, recurrente dentro de la poética de López Lara; en “Secuelas” hace derivar el amor hacia la locura: “Pasadas las sirenas, queda / el runrún indeleble de los mástiles, / que deliran aún. / El desvarío inscrito en el susurro, / irredimible ya, de la cera o las cuerdas”.

La concepción mágica del fluctuar entre distintos espacios y tiempos la encontramos, de modo simbólico, en “Nos será familiar”: “Volveremos a vernos. / En algún cielo o en cualquier infierno. / Da igual: hemos estado”. Igualmente en “Nosotros”, donde el paso de un plano a otro lo ofrecen, como en la Alicia de Carroll, los espejos: “Cuando el otro transita por espejos, / los espejos lo aceptan. / Sólo él —pero quién: ¿el espejo, el otro, el otro?— / sabe quién es, quién es el otro”. Ese “otro” tan borgiano aparece igualmente en “Estaba”: “Si dejas de buscarlo, estaba allí. / Lo verás / venir a ti, del todo irrelevante”. Y en “Casi se alcanza”: “Un muerto que se arrastra llega a veces / muy cerca de sí mismo”. Tres poemas que, como apreciamos, transitan de la magia a la simbología; este último concepto acecha en todo momento junto con el de lo temporal, aunque se hace visible sobre todo en determinados poemas: “La casa de fieras” hace alusión al peculiar zoológico que hubo en el Parque del Retiro, asociando una de sus partes y uno de los animales afincados en ella con las trampas y luchas de la mente: “La fosa en la que actúa, / cegado y circular, un antiguo león. / Así nuestra memoria”. Es el mismo león mnemóvoro que “se alimenta de recuerdos”. Un motivo, el de la memoria, que se repite en Entre lápidas: “Prosigue la memoria su camino entre tumbas / de lápidas borrosas, que no siempre descifra”. La figura del diseñador de mundos como habitante del suyo propio, poblado por ciegos y donde él es el tuerto rey, la tenemos en “Deformación profesional”: “Oriundo de un país de cartógrafos, / que no figura ya en sus propios mapas, / aún recuerda o insinúa contornos, / balbucea topónimos”. En “Desinas ineptire”, el poeta recomienda al joven desertar cuando aún está “a tiempo”: “Créeme, luego, todo / se precipitará”. Seguramente se aluda también a la juventud en El decisivo, donde se menciona el “momento en el que decidimos / cultivar el exceso”, y se añade: “será siempre / el doloroso y a la vez el único, / cuando echemos las cuentas, / merecedor quizá de algún recuerdo”. La mocedad comparece igualmente en “Contraoferta omitida”; en esa etapa, dice López Lara, “posaba el mundo para nosotros”. Una oferta que tuvo que ser rechazada: “Debimos declinar su invitación / y hacer en su lugar la nuestra, / nuestra infinita contraoferta: / hablar con él, emborracharlo. // Bailar luego con él hasta las imposibles albas”. En Traidor aparece nuevamente el tiempo, que vence al protagonista del poema, algo que este se reprocha: “Como has podido / dejar que te venciera el tiempo. / El tiempo, / que estuvo a tu servicio, militó en tus filas”. En “Edad de oro” se rememora, no obstante, esa felicidad pasada; “Me acuerdo de cuando era Dios, y el mundo solo / un delirio inevitable. Nunca fui tan feliz”.

Ese paso del tiempo da lugar al recuento de toda una vida, uno de los temas predilectos de López Lara. La vida puede salir a subasta y tasarse en un alto precio; de ello nos habla “Lo clásico se vende bien”. En “Clientes, tasadores”, lo que se valora monetariamente será el amor: “Hay personas que saben lo que cuesta amar. / El precio exacto”. De algún modo, la lucha entre el día y la noche se muestra encarnizada en Revancha, pero puede asimismo asociarse a esa idea del amor donde dos elementos dispares acaban inevitablemente ligados. También se lucha en el día a día, como en Qué vida, donde los individuos se transmiten sus distintas experiencias para acabar afirmando: “Pues sí, qué vida esta”. Algo similar ocurre en “No era posible”: “Qué largo fue el camino hasta llegar aquí. / Qué misteriosamente intransitable”. El no reconocimiento del tiempo perdido debido a la frustración que conlleva, se muestra en “Implicado”: “Si quisiera, todavía podría / —se dice, involucrado—”. Ese paso del tiempo y la fuerza de vivir a costa de la propia dignidad se resuelve crudamente en Acabarás así: “Acabarás pactando. / Con todas las potencias / —las del bien, las del mal—, / contigo mismo. / Acabarás así: pactando”. En “Tango deconstruido” se cuestionan los conceptos del famoso verso, por su optimista visión: “¿Caminito? ¿Amigo?”

Hay también lugar para lo autobiográfico confeso, como en “La editorial (Buero y yo)”: “Hay que vivir, y eso es lo malo. // Pero él no quiso trabajar allí. / Sé que la historia es cierta: / necesité vivir, trabajé allí”. Aunque, por otra parte, el autor “confiese” en algunos poemas la falta de veracidad autobiográfica; así, por ejemplo, en “No te fíes”: “Nada sabré de ti, lector. / En cambio, sobre mí, te he dado algunas pistas. / Partes, pues, con ventaja. // Tan solo en apariencia: casi todas son falsas; o en “A pesar de las apariencias”: “Estuve a punto de ser el que soy. / No lo logré, creedme”. Y puede que lleguemos incluso a no saber nada de nosotros, según se asevera en “Proceso”: “Me desconozco poco a poco. Pronto / llegaré a no saberme”.

En el discurso de este poeta testigo —veraz o engañoso— abundan las expresiones que dan fe de acontecimientos importantes: “Me acuerdo”, “estuve allí”…, en un testimonio constante de los reveses del día a día, que van moldeando la figura de antihéroes o perdedores. En “Qué más da” se describe, por ejemplo, cómo “a cualquier caído / en desgracia o batalla” le es “indiferente averiguar la lona” en que cayó o el material del “polvo que mordió”. Contra la ingratitud de la vida cabe siempre el odio, que posee sus propios “Requisitos”: “El odio ha de ser puro, exento / de las minucias y recuerdos que escoltan al amor // El odio ha de ser íntegro, amnésico”. El odio o el resentimiento brotan también en “Rescisión”: “Vindico mi derecho inalienable / a no esperar ya nada de vosotros”. Y pueden derivar en la venganza desde el más allá, como en “Os voy a dar un susto”, o en “Vuestro peor fantasma”.

El testigo precisa de las palabras —fundamentales como objeto poetizable para el autor—, pero a veces estas de nada valen, son insuficientes: “de poco nos sirvieron, siempre canjeables / por otras cualesquiera” (“Intercambiables”). Y aun así serán lo único que quede “tras nosotros”, según se afirma en “Primacía de la palabra”. Con ellas nos diluiremos, moriremos verbalmente: “Me diluyo en palabras. Moriré verbal”. La vida, en suma, habrá sido un cóctel de dos ingredientes: “una base generosa de tiempo / y, diluyéndose en él, una dosis / —palabras y palabras— de sí misma” (“Su bebida perfecta”). De ahí que resulte comprensible la aspiración a “no escribir nada”, haciendo que sea la propia vida un “bellísimo poema”. Palabras paradójicas en un poemario de cuyo esplendor podríamos dar otras muchas muestras.

Finalizo este texto con una intuición: la de que este no será el último libro de Pedro López Lara. Esperemos la llegada de 2025 para comprobar si la —feliz— predicción se cumple.

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